:Cortázar y Fuentes


            Desde hace poco más de un año, vienen haciéndose notables, ciertos signos que bien podrían considerarse alarmantes, con respecto a la evolución de la así llamada “Nueva Narrativa Latino-Americana”.

            En tren de confirmar la hipótesis de un agotamiento prematuro, presuntamente por desgaste temático, vale la pena tener en cuenta ciertas características llamativas, que son comunes a las cinco o seis más conocidas figuras de este movimiento.

            Queremos dejar bien explícito que no nos anima intención peyorativa alguna con respecto al movimiento literario latino-americano, y mucho menos contra ninguna de las figuras que lo constituyen o lo constituyeron.  En rigor de verdad, aunque hoy escribimos para denunciar los que a nuestro juicio constituyen los estertores agónicos de toda una generación de creadores, hemos sido, en otros tiempos, ardientes defensores de los hombres que ahora criticamos.

            Pero volvamos a lo anterior: ¿cuáles son esas características comunes a los escritores de este movimiento?

            Obviamente, no vamos a referirnos a nosotros, a todo aquello que caracteriza la forma expresiva de estos hombres.  La revitalización de las raíces folklóricas del lenguaje, la ambientación telúrica de las anécdotas, la introducción de elementos pertenecientes a la categoría del razonamiento mágico, el peculiar tratamiento de la dimensión temporal (pérdida del desarrollo lineal), el carácter testimonial y presuntamente comprometido, etc., constituyen todos tópicos exhaustivamente estudiados en centenares de ensayos editados en los últimos años.

            Evidentemente, son estos puntos de contacto entre sus respectivas obras, los que han permitido considerar a estos autores como representantes de un mismo movimiento literario.

            Pero cuando hablamos de características comunes, no nos estamos refiriendo al estilo, sino a algo quizás menos notable, pero seguramente más decisivo: la evolución individual de cada uno de estos hombres en tanto que escritores.

            Detallamos ya algunas de esas similitudes que son ciertamente sugestivas.

1)      Todos surgen a la luz en la década de 1955 a 1965.

2)      Todos debutan con éxitos de crítica, y con poca repercusión popular.

3)      Todos los libros posteriores de estos autores desmejoran en calidad, pero alcanzan éxitos editoriales jamás antes alcanzados por autor americano alguno.

4)      En todos los casos el declive se produce dentro de la primera década a partir del momento de la aparición de las obras consagratorias.

5)      Todos ellos se deterioran progresivamente después de los primeros éxitos.

6)      La mayoría de estos hombres están trabajando en el exilio (algunos por razones políticas, pero una gran parte por causas personales).

Quizás no fuera del todo descabellado suponer que uno de los agentes responsables de la catástrofe sea precisamente esta desconexión con la fuente nutricia, la pérdida de contacto con esa tierra natal que fertilizó las obras iniciales.

Es probable que para esta altura algún lector comience a oponer ciertos reparos a la exactitud de estas apreciaciones.  Trataremos de demostrar, con ejemplos, la causa de nuestras inquietudes.

Uno de ellos, y por cierto que bien demostrativo, lo constituye Carlos Fuentes, escritor mejicano que ha venido sufriendo un acelerado desgaste de sus virtudes como creador.

Este hombre era autor ya de dos novelas bastante convencionales cuando en 1962 es bruscamente catapultado a la fama por su novela La Muerte de Artemio Cruz y ese hermoso cuento hipertrófico que es Aura.

Si bien en sus obras anteriores Fuentes ya prefiguraba su estilo y se sumergía, con bastante eficacia, en el turbulento pasado de la revolución mejicana, es indudable que recién en La muerte... halla este escritor su modalidad expresiva más plena y comunicativa; por otra parte, la opinión de la crítica en este sentido fue unánime.

Sin embargo, cuando por considerarlo ya maduro abrigábamos todos la esperanza de seguir constatando sus virtudes, aparecen, entre otros, libros como Cambio de piel y Zona sagrada, dos obras en las que resulta indisimulable la pérdida del vigor original, y en las que los temas se agotan por la reiteración.

Creemos que uno de los primeros en advertir esta falla fue el mismo Fuentes, cuya primera y poco feliz reacción fue tratar de encubrir esta debilidad esencial de sus anécdotas con una complejidad progresiva de sus estructuras formales.  Así, esa siempre maravillosa dinamización del “tempo” que se produce por la eficaz interpolación de los recuerdos del moribundo Don Artemio, se ve reducida en Cambio de piel a una estéril alteración cronológica que sólo contribuye a diluir los efectos de una historia poco convincente.

De la misma manera, la exquisita minuciosidad con que se describe el sombrío caserón donde transcurre Aura, y que constituye un elemento fundamental  en la creación de esa atmósfera alucinada, se transforma en Zona sagrada en un barroquismo enumerativo y asfixiante, que inevitablemente aburre y satura la paciencia de los lectores.

Otro ejemplo lamentable de esta serie de derrumbes de características casi epidémicas es el que ofrece Julio Cortázar.

Podría decirse que el germen de la muerte ya andaba en algunas páginas de Todos los fuegos el fuego.  Es curiosa la textura de este libro.  Frente a la casi perfección de algunos cuentos como “Autopista del sur” o “La Srta. Cora” que junto a Los premios y Rayuela constituyen quizás los puntos más altos en la narrativa de Cortázar, se anotaban ya relatos con fallas estructurales no muy marcadas para el lector desprevenido, pero siempre evidentes para los que hemos seguido la obra de este autor, con amor e interés, casi desde sus principios.

Conocimos después La vuelta al día en ochenta mundos, un folleto impecable y costosamente editado, en el que ya tuvimos la palpable sensación de que no todo era digno de elogio.  Era aquella una colección de ideas inconexas, donde pudo apreciarse que las más lúcidas casi siempre pertenecían al pasado.  En las de cuño más reciente, además de la falta de rigor, una especie de insufrible vanidad deterioraba, en nuestro criterio, la figura del escritor.  Parecía como si por por su propia decisión se hubiera otorgado, inmerecidamente, el derecho a apoltronarse en el sillón de la posteridad.  Reclamaba para sí esa cierta condición de infabilidad que tanta antipatía generara en la obra de Borges.

Sin embargo, sus admiradores de la primera hora pudimos todavía, mediante una especie de escamoteo intelectual, relegar esta obra a un segundo plano, y considerarla, piadosamente, una instrascendente travesura del genio.

Pero hoy el desencanto es ya una presencia maciza.  Leer 62 Modelo para armar constituye una experiencia desalentadora.  Comprobamos con verdadera pena que el desorden constructivo y meticulosamente administrado de Los premios, esa metodología del caos que nutre y valoriza a Rayuela, están aquí reducidos a un formalismo incoherente que no sólo motiva el fracaso de 62 Modelo..., sino que, de paso, agravia inmerecidamente y caricaturiza a sus obras anteriores.

Es como si las últimas chispas del talento lo hubieran impulsado a sumergirse en un mundo oscuro y confuso, del que ya no tuvo genio suficiente para salir.

La novela, estructuralmente fallida, se demora así en la ingenua introducción de elementos autobiográficos, en el infructuoso afán de enriquecer personajes congénitamente débiles.  Como siempre sucede con los hijos de la vejez, estas criaturas están mal paradas para la vida, y Cortázar no logra evitar que sucumban bajo el peso de una historia abrumadora, por mal concebida.

La postulación de una segunda realidad paralela, en esa ciudad onírica compartida por varios de los personajes, reitera una tesis totalmente gastada de Cortázar: esa especie de paradigma del idealismo de Berkeley, que consiste en negar la vigencia real de todo, para instrumentar un nuevo todo, que es en el fondo tan cuestionable como el primero.

 Por supuesto, estos dos casos no son únicos, pero de alguna manera desencadenaron en nosotros la necesidad de expresar estas ideas, ante la trascendencia de estas dos figuras en el panorama de la literatura americana contemporánea.

Es probable que se advierta cierto tono emotivo en el comentario que hemos hecho sobre Julio Cortázar, y aun a riesgo de atentar contra la objetividad de que presuntamente debe estar imbuída toda apreciación de este tipo, hemos preferido no disimular nuestra reacción emocional, en beneficio de la honestidad de estos renglones.  Ocurre que, de alguna manera, y hasta hace no mucho tiempo, Julio Cortázar representó para nosotros una de las figuras más características de la creación literaria del siglo XX.  Hoy ha perdido ese sitial y, aunque constituya una esperanza irracional, desearíamos verlo reanudar el camino ascendente.  Que ese cerebro, que alguna vez fue el dueño absoluto e indiscutido de la magia, el misterio y la belleza, rechace esa vejez prematura que, aunque incipiente, parece preludiar un eclipse irremediable.

Estos, y otros pequeños y siempre imponderables detalles, nos autorizan a presumir que el ciclo de la “Nueva Narrativa Latino-Americana” ya se ha cumplido.  Falta ahora comprobar qué otro movimiento asume los controles de nuestra narrativa, surgiendo desde las profundidades donde, seguramente, ya se está gestando.

 

 

 

CLAUDIO B. CHAROSKY