Comencemos por los superlativos: El mundo alucinante es, junto a Tres tristes tigres, Paradiso, Cien años de soledad y Rayuela una de las cumbres de lo que se ha dado en llamar la nueva novela latinoamericana.  Esta novela, escrita en 1966 cuando el autor tenía apenas 23 años, constituye un fenómeno de precocidad literaria sólo comparable con Rimbaud escribiendo a los 19 su Temporada en el infierno o al misterioso Conde de Lautreamont que finalizó Los Cantos de Maldoror a los 24.

            La anécdota visible de la novela es la vida de Fray Servando Teresa de Mier, un religioso mexicano del siglo XVIII, que sufrió persecuciones por parte de las autoridades eclesiásticas de su país por sus opiniones heterodoxas acerca del dogma mariano.  Fray Servando escribió una célebre autobiografía y es sobre esta biografía y otros documentos de la época que Arenas ha volcado todo el poder de su imaginación y todas las astucias de su prosa poética.  El resultado ha sido una obra genial en que el autor, asombrosamente para su edad, está en posesión de todos sus recursos y domina con pericia de alquimista todo su universo simbólico.  Aquí reina la imaginación en todo el esplendor de su fuerza.  Arenas nunca ha salido de Cuba, su mundo es contemporáneo como un automóvil, pero su prosa no lleva a un México, a una España de siglos pretéritos; nos describe con realismo paisajes que él nunca ha visto; todo esto unido a la dificultad añadida de hacerlo en la primera persona del singular: su metamorfosis frailuna es total.

            Cada país de la América Latina tiene una manera especial de enfrentar al idioma español  que nos une.  De ahí la dificultad, digamos, para un escritor argentino de hacernos creer en la realidad de un personaje colombiano y viceversa.  Arenas ha logrado, sin caer en los fáciles clichés, crear un lenguaje a la vez mexicano y poético que nos instaura desde la primera página en una especie de realidad superior donde tienen lugar las aventuras del fraile.

            El largo trayecto entre la escritura de este libro y su publicación está sugerido por el prólogo, donde Arenas se refiere misteriosamente a “que algunos consideren que esta novela debe ser censurada”.  La antigua tradición china de la referencia oblicua en épocas de penuria vibra en cada una de las aventuras y capítulos del libro.  El episodio del fraile en cadenas que lo cubren de la cabeza a los pies, cadenas que se subdividen en cadenitas que le cierran los párpados, es de una realidad atroz para un lector penetrante.

            La novela latinoamericana encontró definitivamente las vías para su esplendor: la fantasía desaforada y la profundización del lenguaje.  García Márquez y Rulfo podrían ser considerados como los maestros en la primera; Cabrera Infante y Cortázar como los más altos exponentes de la segunda.  Arenas siempre se ha movido con igual soltura ante los poderes de este binario.  En su novela anterior Celestino antes del alba logra unir una visión infernal de la infancia con una experimentación lingüística de primer orden.  La figura del abuelo en Celestino y la del Arzobispo en El mundo alucinante constituyen una constante simbólica de la autoridad en la obra de Arenas y una de las claves de su mundo.

            Ninguna obra literaria de valor sale del aire.  Reinaldo Arenas forma parte del esplendor de la literatura cubana contemporánea.  Esta afirmación debe verse desligada de todo matiz político.  A la obra reconocida de Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy y del mismo Reinaldo Arenas se unen aquellas que todavía están a la espera de un reconocimiento inevitable.  Pienso en José Alvarez Baragaño, poeta maldito, autor de El amor original; pienso en Oscar Hurtado y en su libro de vampiros Los papeles de Valencia, el Mudo; pienso, finalmente, en Fernando Palenzuela, cuyo libro de poemas Amuletos del sueño verá la publicación a principios del año entrante.

            Pero temo haberme apartado del tema: es necesario insistir sobre la importancia de El mundo alucinante.  Reinaldo Arenas, cubano, 26 años, residente en La Habana, autor de dos novelas perfectas y misteriosas como una pirámide, se ha colocado con brillo fulgurante en el mismo centro de la constelación literaria latinoamericana.