EL VUELO DE JICOTEA

LYDIA CABRERA

           
Jicotea quería volar.  En una esterilla de sol, miraba al cielo desde el patio oloroso a hierbabuena y albahaca, mientras su moana torombola refunfuñaba y barría más que escoba nueva de palmiche, sacudía sus muleles y, a grandes chorros de plata, baldeaba el suelo.  Era su orgullo que la vecina, una negra tajalana, piojosa y moñuda como caraira, oyera la charracacharra de su furibundo trajineo mañanero acompañado con algún canto de pulla:

 

                                    —¡Ay sí!  Por la mañana jaraganzú,

                                         por la noche jaré, jaré.

 

            Cielo claro de enero de suavidad extrema: Jicotea ascendía y se perdía en las alturas navegando inmensos lagos tranquilos.  Sin cuerpo, sin mal, todo en sus ojos desprendido, Jicotea cruzaba transparencias, alto, hondo, lejos, en gran vuelo dormido e infinito.  Pero la moana revencuda e infatigable, de una pedrada de sus voz abatía a Jicotea, y ésta acordaba en la tierra, pesante y sin alas.

            —¡Pronto, levántate!  Tráeme cebolla, ajo, perejil; manteca de chicharrón y harina de maíz.

            De vez en cuando se comentaban en el pueblo las fiestas que las aves celebraban en el cielo.

            Ngomune y Mayimbe eran siempre las primeras en llegar de un solo vuelo.  Chechengula se veía obligado a hacer altos en las nubes; Gondubiola se detenía y desalteraba en las siembras de estrellas blancas antes de llegar al último cielo; y las puntas de las estrellas se llenaban de pájaros que bebían la trémula gota de luz que vierten incesantemente sus corazones.

            De estos viajes se había traído el Azulito un lucero en el pecho; Chegüe, el Zun-Zun, el resplandor incesante de sus alas.

            —Están cantando los pájaros y las estrellas, decía entonces el portero, San Pedro-Sarabanda, asomándose el postigo.  Tendremos fiesta.

            Estas eran muy del agrado de Sambi y su familia.  Contento el Padre Eterno, abría de par en par su Cielo a estos hijos suyos que venían del cielo de la tierra.  Pronto se formaba una gran Mumboma, con Mula, Cachimbo y Uákara.

            El pájaro Kreketé tenía la tristeza enconada de saberse feo.  Un día, en una fuente, acompañado de Gonogono, vio su cara repugnante reflejarse en el agua.

            —¡Qué horrible pajarraco se asoma ahí dentro!  ¡Me asusta!

            —Eres tú mismo, le dijo Gonogono.

            Ahora, para ir a la fiesta del Cielo, andaba buscando alguien bien parecido que le prestara su cabeza porque le daba vergüenza presentarse ante Sambi con su cara repulsiva, o malquistarse con él al recordarle que también era obra suya y no le hacía favor.  Esto fue lo que oyó decir Jicotea.

            —Kreketé pide emprestada una cabeza para ir a la fiesta del Celo.  Hace ocho días que la busca y no encuentra ninguna disponible.  Mañana tendrá que ir con la propia...

            Hablaba Temboakala y contestaba Nchókal.

            —Más vale andar toda la vida sin cabeza que una sola noche con la cabeza de Kreketé.

            Y con esto, Jicotea, habiendo concebido fuertemente el deseo de ir al cielo con los pájaros, subió a un cerro que encercaban los vuelos cada vez más ceñidos de unas Auras.  Mayimbe picoteaba con bastante apetito en la carroña de un chivo muerto.

            Rodilla en tierra, Jicotea pidió respetuosamente la bendición de la Tiñosa más vieja: —La bendición, Mamá.

            —Dios te haga un santo.

            —Un empeño me trae aquí, Señora Mayimbe.  Tengo un favor que pedirle.

            —Tú dirás.

            —Desde niño la veo volar y ¡la admiro tanto, tanto! que es la ambición de mi vida que su mercé me conceda el honor de darme un paseo por el espacio.

            —En las alturas soy reina, afirmó Mayimbe, ¿lo habías reparado?

            Con el entusiasmo contagioso continuó Jicotea.

            —¡No hay pájaro en todo el mundo que vuele con tal elegancia y majestad!  Mirándola me quedo lelo...

            —Todos piensan lo mismo, dijo el Aura Tiñosa con irreprimible coquetería, contoneándose y entornando sus ojos purulentos.  Mañana tendremos fiesta allá arriba, en el último cielo, y siempre llego antes que nadie.

            —¡Escucha mi ruego, Señora Mayimbe!  ¡Llévame contigo y seré tu esclavo toda la vida!

            —Jicotea, respondió la tiñosa repentinamente seria; tu fama, sin que yo quiera ofenderte, no es de las mejores.  Nunca se dice de ti nada bueno; nadie confía en tu especie.  Con toda franqueza, si te complaciera, ¿no tendría más tarde que arrepentirme?

            —¡Arrepentirse!  ¿De qué, Señora?  ¿Qué mal podría causarle mi admiración?  ¿O lo que teme su modestia es que venga afamándola después por todas partes?  Se convencerá de mi buena fe...  ¡el tiempo dirá!  Vaya, póngame el con qué y condición, ordene, obedezco y... lléveme al Cielo por su gloria.

            El tal Jicotea era gran embaucador.  Tan merecidos le parecieron sus eulogios al Aura Tiñosa que lo llevó al Cielo cómodamente sentado entre sus alas.  Cual lo había soñado tantas veces, rozó las nubes espesas de merengue que dejó Mayimbe a barlovento; vio a Tangu, carrilludo, sus pelos, cejas y pestañas de oro ardiendo, muy redondo y orondo en el medio medio del cielo, candelera que cegaba y abrasaba inmensamente.  Y de cerca, en la región más silenciosa del espacio, donde vagan los muertos sin memoria, a Ngonde, helada y verde.  Birló a vuela mano las flores de luz más sorprendente, y dejando muy atrás los prados de estrellas, cubiertos de un polvillo resplandeciente, en el etéreo palacio de Sambi, Jicotea bailó y se regaló.

            A una hora dada los pájaros empezaron a decirse con tristeza: —Se acerca el momento de volver a la tierra.  Al Ave María, el Mayoral restalla el cuero y llama a fila a los negros; los pájaros debemos estar en los campos.

            —¡Ay! suspiró una tojosita escuchando al Totí que decía: —El cazador despierta: Nsila uara kilanga nkele moka muran mensu cheche uanga la musenga... (¹)

            Cesó la música y fue la señal de partida.  Primero descendió la paloma, Yembe Diampembe.  Los tristes, los puros de corazón se regocijaban al verla tornar, aún más blanca, de la fiesta del Cielo.  Yembe Diampembe siempre les traía un consuelo, una esperanza.

            Partieron las aves todas y la Tiñosa se retardaba, pues Jicotea se negaba socarronamente a acomodarse entre sus alas: —¡Bien se está en el Cielo! y remoloneaba.

            —Ya es hora, Jicotea.  No ha quedado nadie.  ¡No sea majadero en casa de Dios!, suplicábale Mayimbe.

            San Pedro-Sarabanda, aunque cortés y tambaleándose un poco a causa del malafo mamputo que había bebido, sonaba su clavero, impaciente por atrancar el portón; pero fue menester que el Santo Portero pusiese una escoba detrás de la puerta y recitara tres veces con su lengua torpe:

 

                                    “Una cucaracha muerta

                                    anda por aquí volando.

                                    Visita, véteme andando

                                    que quiero cerrar mi puerta”.

 

            Descendía Mayimbe, las alas quietas, a dulce modorra abandonada.

            —Comadre, díjole de pronto al oído Jicotea, eres hedionda.

            Despertó Mayimbe sobresaltada.

            —Comadre, de Viento Norte y de Viento Sur me viene una pestecita...  ¡Fufi!

            —¿Eso lo dices por mí?

            —De Este y Oeste me viene otra pestecita...  ¡Fufi! 

            Un silencio.

            —¡Comadre: muy mal te huele la cabeza!

            —Jicotea, ten en cuenta que la tierra está muy lejos...

            —Comadre, tu boca hiede a cadáver.  Tu aliento empesta los cielos.

            —¡Jicotea!, dijo Mayimbe que enrabió al escuchar tales verdades e insolencias.  —Esas palabras... vivo no las repetirás.  Y súbito, de un furioso volteo, se deshizo de él precipitándolo al abismo.

            La tierra estaba aún lejos, lejísimo; a medio dormir, aparecía como sumida en hondo cielo, la cara velada por brumales que un sol naciente y pálido doraba débilmente a trechos.

            Jicotea bajó tan desalada que apenas tuvo tiempo de gritarle a un peñasco: —¡Apártate peñasco!  ¡Corre, que te aplasto!

            La peña frontuda no se movió.  Todas las peñas son sordas.

            Jicotea dio en ella.  Se despanzurró; su concha bruna, antes bien pulida, se quebró en pedazos.

            Se le acercó una hormiga oficiosa, sabia en curandería.

            —¡Ay! lloví del Cielo porque la Tiñosa hiede, explicó Jicotea.  Cúrame y en lindos luises de oro te pagaré.

            —Prefiero escudos.  Para la contusión: sanguijuelas, cataplasmas emolientes, bálsamo de Samsuquino... díjose en alta voz la Hormiga recetando, afilando y silbando las eses; y tentándole todo el cuerpo con sus seis manos mínimas y expertas, le sanó las heridas.

            Cuando Jicotea, libre de ungüentos e hilas, se palpó los hombros y los costados:

            —¿Qué son estos bultos duros que toco?

            —Tolondronesss...

            —¿Tolondrones?  ¡Muy mal remendado estoy!  ¡No te pago!

            Y se marchó cubriendo de injurias a la Hormiga, demasiado pequeña y asustadiza para entrar en discusiones.

            Cuando llegó a su pueblo apoyándose en un bordón como Tata Fumbe, todo cribado, enjibado y renqueando, alma en boca y huesos en costal, muchos de buena fe le compadecieron.  El hacía la historia de su descendimiento del Cielo, lanzado al abismo por crueldad o burlería de la Tiñosa malvada.  ¡Ay! porque su boca habló verdad.  La Má-Mayimbe, enhoramala le preguntó: —Jicotea, hijo mío, ¿es cierto que hiedo?  Y él, con sinceridad y respeto, respondió: —Sí, Señora.

            Su desventura e inocencia conmovieron al Mulo Masango, que si era terco, tenía en consecuencia un recto sentido de la justicia; y Masango y Jicotea encompadraron.

            Conviene saber que en aquel entonces no era moronda la Señá Mayimbe, aunque sí legañosa.  Tenía hermosamente emplumada la cabeza.  Que cuando hallaba en escampado un animal muerto —no se olvide este detalle importante— lo primero que hacía era introducir la cabeza hasta la base del cuello en el orificio de la bestia y de un tirón magistral, extraía las tripas, que siguen siendo su manjar favorito.

            Procedía luego, con calma, a despedazarlo; comía lentamente y lo último, el postre, —postre ligero y delicado— eran los ojos.  Nadie ignoraba estos pormenores. 

            Así el Mulo Masango creyó idear un castigo que Jicotea sutilmente le sugirió.  Fueron a un llano solitario y Masango se tendió cuan largo era sobre la grama tupida.  Entiesó las patas, cerró los ojos y descubrió los dientes.  ¡Muerto estoy!, dijo.

            —¡Ganas me dan de rezarte! aplaudió Jicotea; y se escondió cerca, entre unos hierbajos, y desde allí pudo contemplar y gozar a sus anchas del engaño.

            No tardó en aparecer una gran Tiñosa.  ¡Era ella, Má-Mayimbe!

            —Mulo, ¿su mercé está muerto? preguntó cortésmente la gandida.  Sí que está muerto; tiene las patas rígidas, comienza a hinchársele la barriga.  Quizá para mi gusto está un poco fresquecito todavía.  Alertemos sin embargo a mis hermanas que están hoy en ayunas.

            Voló Mayimbe y a poco volvió con seis tiñosas más.  Se posaron en torno al cadáver.

            —Lindas carnes tiene, hermana.  Sea con el respeto debido, comentaron.

            —El Diablo desgaja con violencia el alma de los feos y de los malos.  Los Angeles de seguro que tomaron con dulzura infinita, con toda clase de miramientos, el alma de este Mulo tan bien formado, dijo una de las Tiñosas que era señorita y muy beata como sus hermanas.

            —Aunque dista de estar podrido enteramente, engulliré con deleite un buen trozo de sus ancas tan redondas...

            —¡Hermoso!  ¡Hermoso!

            Y todas lo miraban golosamente y ya se lo repartían con los ojos.  Dijo Mayimbe, la mayor de todas:

            —¡Bendito sea el Señor que nos lo ha dado!  Su Majestad se lo dé al pobrecito que no lo tenga y a nosotras salud para ganarlo, —que con estas palabras, en el tiempo viejo y santo, grandes y chicos, ricos y pobres, daban gracias a Dios al sentarse a la mesa y partir el pan de cada día.

            —Amén, amén, repitió el ruedo de Tiñosas.

            —Empecemos, dijo la hermana mayor.

            —Primero tú...  Y Má-Mayimbe fue a ejecutar la primera operación que al comer realizaba con tanta maestría y rapidez.  Hundió la cabeza en la entraña del Mulo.  Masango apretó con todas sus fuerzas y se alzó sobre sus rodillas, redivivo, relinchando triunfalmente.

            Mientras el fúnebre corro de hermanas se dispersaba aleteando y se oían las bascas del susto que les volvía al revés los estómagos vacíos, Mayimbe, fuertemente cogida por el pescuezo, se asfixiaba en una oscuridad viscoza, intentando en vano librar su cabeza de aquella trampa.

            Jicotea bailaba de contento.  ¡Aquello valía enjeco, jiba y tolondrones por la eternidad!

            Creyó el Mulo, apretando, apretando concienzudamente que había estrangulado a Mayimbe y al fin soltó la presa: su noble rostro expresaba una satisfacción inefable.

            Ciega, a medio ahogarse, calva la cabeza que fue moñuda y pelado el cuello y ensangrentado, Aura Tiñosa resbaló por entre las patas de Masango y cayó al suelo dando brincos y aletazos.

            Entonces, aprovechando el último aliento, juró la Tiñosa en su agonía, en el nombre de su especie y por los siglos de los siglos:

            —¡Juro, juro —juró— que en adelante, primero comeré los ojos y después el culo!

 

            De las estrellas de entonces muchas ya no se ven desde la tierra de puro viejas, consumidas.  Sin embargo, ninguna Tiñosa olvidó esta historia, y lo primero que devoran son los ojos de los muertos.

 

 

(¹)  Tomó el camino del Monte escopeta en mano.  Apuntó y le disparó al pájaro en la cañada.