META-FINAL

Guillermo Cabrera Infante

 

               

 

“… El fragmento de novela que les envío es el final de Tres Tristes Tigres, que nunca incluí en el libro porque había demasiado simetría ya para añadir esa parodia.  Por casualidad hace poco que me llegaron unos baúles dejados en Bruselas que tenían muchas notas y fragmentos míos.  Ahí venía ese pedazo.  Solamente lo he pasado en limpio para ustedes, añadiendo una ortografía nueva aquí, un malapropismo allá, alguna dosis de anacoluto y el título, que es posiblemente lo único nuevo realmente.  El texto a mí me gusta ahora pasado en limpio, con su ferocidad humorística y su homenaje torcido a Monk Lewis, a Melville y a Conrad”. 

GCI

Copyright © Guillermo Cabrera Infante, 1970.

 

Te equivocaste en un dellate en un detalle me dijo Walter Socarrás, socarrón, para añadir socorrido, corrido, corriendo, corrigiendo, te equisbotaste.  Lo que éste quería decir es que no era verdad lo que dije de la Estrella, el tercero en decirme que no era verdad lo que dije pero él no hablaba de la mentira de su vida sino de su muerte.  No de su muerte sino de la muerte de La Estrella.  A lo que Silvestre replicó cómo es posible, hay vidas inauténticas pero todas las muertes son auténticas.  Y ahí se paró, dándose cuenta demasiado tarde para su ser de que no daba pie porque le había dado pie al muy cabrón de Socarrás para que dijera socorriendo, No todas las muertes son auténticas, Silverio.  Hay muertes ortodoxas.

            Pero tenía razón Walter Socarrás, de verdadero nombre Gualterio Suárez, que es el marido de Gloria Pérez cuando ella se llama Cuba Venegas, ése que no sé si ustedes saben que es director de orquesta o un conductor como dicen sus peores amigos queriendo decir que éste está mejor en una guagua de pie cobrando el pasaje que orquestando un pasaje parado sobre el podium o podio o poyo o como se llame esa tribuna de gestos, salvado en el último rollo por el Difunto quien solía decir solito que en definitiva ir en guagua de pie, con aquello de la velocidad, los tumbos y las maneras de ser de los guagüeros no es más que estar sobre un podium que camina.  Lo cierto es que Dobleve Ese es arreglista y él mismo dice de sí mismo en el mismo disco de plomo de La Estrella para el que debía de haber una goma de borrar sonidos, escribió él de él: “Walter Socarrás reclama, al lanzar este disco, el puesto de el mejor arreglista de América”.  Discóbolo que le da la razón a Carpentier (o a la Condesa de Marlín, no sé: tal vez a los dos) cuando dijo que los cubanos estaban todos grisés, diciendo así quizás en francés que Cuba es una isla rodeada (por todas partes) por un mal de genios o genios del mar.  Aunque Silvestre cuando él se llama Isla dice que las islas siempre terminan por (o al menos tratar de) dominar al   continente, como el líquido que contiene una botella.  A lo que el Diphunto respondía citando, recitando a las islas del Maregeo, a esa isla de Cretinos, creta, a Sí-cilia, a Ingalaterra y ultimadamente dijo El al Japón, conocido también como Nipón, Nihón o Imperio del Sol Na Siente.

            Pero volviendo a dar vueltas a este disco o mejor a su envoltura o cuadratura del círculo donde se dicen o dice WalSoc cosas como éstas que hay que leerlas para creerlas y sic sic sic La cadena de avocaciones que llega a cada amante de la música del acento auténtico de Cuba, lo lleva al público una voz de mujer, la de La Estrella.  La Reina, la Monarca absoluta de la música cubana en todas sus manifestaciones.  En las modalidades y estilos dentro de un mismo ritmo, en la expresión definitiva, en el alarde acentuado de una realidad indiscutida desde el ayer lejano al presente y, quizá en el futuro, hay una sola estrella: La Estrella (del carajo! más que del pobre Gualterio Suárez que después de todo quizá no ha escrito esto porque interrogación lo permitiría Cuba cierra interrogación cierra paréntesis y punto y seguido  Pero sí fue WSeguro quien escribió lo que sigue sobre sí sobre la cubierta encubierta del disco “En este album Walter Socarrás hace un alarde inusitado del perfecto dominio que tiene sobre las distintas combinaciones orquestales imaginablemente (así mismo!) posibles y traza pautas en la orquestación moderna” mierda, trazar pautas en la orquestación!  “Así vemos cómo logra magníficas combinaciones de cuerdas y metales, quintetos de trombones con piano, bajo y ritmo” para terminar diciendo que comillas actualmente dirige la orquesta de un lujoso Casino habanero para la cual hace los arreglos orquestales además de hacer los arreglos orquestales para otro fastuoso Casino siempre con c mayúscula cierra comillas y cogiendo al todo por el culo de la parte hace de la orquesta casino (no confundir por favor con la Orquesta casino de la playa) y convierte o se convierte a sí mismo en sus notas nada musicales en Walter Socarrás el dealer que orquesta, además de que me cago!  TODOS grisés.  Hasta los casinos o Casinos.  Cacasinos.

            Estás equivocagado, me dijo Walter Socarrás en esa o esta ocasión.  (O Casino!)  La Estrella no está enterrada en México, me dijo aunque no así sino con jota.  No, le dije, le grité yo: NO?  no, me respondió él, no está enterrada en México con jota.  Entonces dónde pregunté yo interrogante.  Ella no está enterrada en Méjico ni en ninguna parte.  ¡Cómo!  dije yo preguntando con signo de exclamación doble, por delante y por detrás, la palabra cogida, como el general Custer, entre flechas.  Ella no está muerta entonces?  Que NO está muerta!?! me dijo él interrogante asombrado aunque no estaba asombrado ni interrogante sino más bien arrogante, abrogante, atorrante.  Está más muerta que el mar muerto me dijo y se rió.  Lo que después de todo no es tan mal acorde, me dijo, no señor.  Aunque sería mejor hacerlo un acorde invertido, muerto el mar, así y en este caso es un acorde perfecto o mayor si se dice muerta en el mar.  Porque así es me dijo y me dijo mucho más.

            La Estrella se murió de verdad en México y su secretario con el neceser hizo lo imposible por traerla a enterrar en Cuba, y ya se sabe lo que pasa cuando se hace lo imposible posible que todo termina en el caos.  La cosa o el caos empezó cuando intentaron embalsamarla y unos amigos del amiguito de La Estrella buscaron al embalsamador  adecuado, de nombre Inocente Adecuado, que era el que tenía más fama en México porque no era otro (es decir que era el mismo) que el que embalsamó el caballo de Zapata.  Pero resulta ser que este embalsamador Adecuado era ahora una momia él mismo, un viejo viejo pero muy viejo que apenas si veía a quien embalsamar y tal vez hasta había empezado a autoembalsamarse, y como todos los embalsamadores estaba bastante tocado o tal vez todo lo contrario: es decir, intocable.  Lo cierto es que este taxidermista mexicano tenía la teoría de que la mejor manera de embalsamar es la natural, que no es tan desatinado como suena o como se lee sino que es más, porque este doctor en taxidermia de Oaxaca dice o decía o tal vez dice todavía (nunca se sabe cuando un embalsamador está del todo embalsamado), decía dice que la mejor tajidermia, así dijo, la hace la Madre Natura y ahí están los mamuts, dicen que dijo y los amigos del amiguito y el amiguito que no era otro que el necesario con su secreter se volvieron agitados para eludir el alud de mamuts, la estampida, antes de que el viejo tuviera tiempo de agregar “que aparecieron en Siberia” Y con esta confidencia más el suspiro aliviado de la concurrencia comenzó su conferencia con la inferencia de que era una teoría a tomar en consideración por la congregación.  En una palabra (que es un decir: ya verán) su texis era embalsamar a la gente tal y como están, es decir, muertas, pero sin destriparlas ni limpiar sus vísceras (que el viejo pronunciaba víseras) ni formolizarlas pero teniendo cuidado de colocarlas en una tartera de zinc ad hoc y echándoles encima celofán derretido pero no derretido al calor sino al frío, licuado, dijo el viejo, y con este plástico hacer un molde transparente rodeando al cadáver por todas partes menos por una que se llama tarta.  Isla incorrupta en un mar de plástico, dijo el viejo.  Sí, dijo un amigo entre los amigos, como la Bella Durmiente.  Y para qué lo dijo porque el sectario recordó a La Estrella antes de haberla olvidado y se cubrió los ojos con una manita, así, como diciendo Que no quiero verla pero dijo Ay no! locual el viejo momificante puso punto final a su charla diciendo, Y eso es lo que cuesta, hijito, un ojo de la cara!  Ahí no estaba el punto final de la charla sino un poco más adelante cuando el viejo dijo su precio, este taxidermista poniendo el taxis por delante de la dermia y ver que nadie tenía dinero suficiente siquiera para iniciar el proceso que después de todo era absoluta y totalmente experimental en el sentido de que, como decía el Dinfundido, es perimental toda tioría sin prajis.  (Entre paréntesis) si los amigos de La Estrella no tenían dinero.  La Estrella misma no tenía mucho tiempo y ya se sabe que time is money como money is time y lo que es peor todavía y terrible: time is time:

            De manera que, la momia aconsejó que después de todo él estaba por lo positivo, que era aquí lo natural y que tan bueno como el hielo plástico era el hielo verdadero y si no se podía conseguir hielo glaciar o siberiano el hielo aunque fuera seco hielo era y mejor que nada o que la Nada.  Acto seguido le dio dos inyecciones de caballo (zapatista) de formol a La Estrella que estuvo allí de cuerpo presente todo el tiempo y recomendó (el viejo taxidérmico) que aceptaran la oferta de enviarla por mar, que después de todo el mar es salado y la sal cura.  Además de ser el transporte marítimo mucho más barato, dijo.  Y luego habló de la calma oceánica, del yodo, del aire puro y de cómo se gana perspectiva cuando uno se rodea de horizonte y se hace isla.  Terminó.  Pero antes, una mención comercial.  Son diez pesos.  Digo dólares, al cambio actual.  Por la consulta.  Ustedes la pasen bien.

            El secresectario de La Estrella la embarcó por tren hasta Veracruz donde la caja o como dice el Gran Be no un ataúd sino un alud, un cataratafalco, el esféretro, donde sería embarcado rumbo a La Habana.  La CompañíaNacionaldeTransporte Ese A había quedado en que en la aduana mexicana después que abrieran la caja para la inspección (ya ustedes saben: plata posible, el Sagrado Patrimonio Artístico de la Nación Azteca siendo saqueado seguro, mariguana que fumar) se le pondría más hieloseco, antes de cerrarlo claro está.  Y en Ver-a-Cruz abrieron y cerraron el, el, el cajón sin más problema que el pequeño, casi insignificante, deleznable olvido de un adjetivo que, a quién se le va a ocurrir joven que haga daño que falte dígame usted.  Es decir que enviaron a un mandadero a echarle hieloseco dentro y éste fue y compró hielo a secas en el bar de enfrente y lo regó bien por todas partes de la isla de acero macabro que tenía adentro la perla negra barrueca.  Fue cuando le preguntaron (no a la perlada sino al pelado) si era hieloseco que dijo, Qué seco niqué seco.  Pero tiene que ser hieloseco!  Seco o mojado, joven, todo es hielo, y siguió echando el hielo, si bien frappé, alrededor del estuche de metal que encerraba la suma mortal de La Estrella.  Luego cerró la caja y dijo que ya podían embarcarla gritando, Arriba con La Escarchada! 

                No sé si ustedes saben que cuando se dice que hace calor en Veracruz quiere decir que la olla del golfo hierve bajo el sol y que de la selva viene un vaho tórrido que convierte al puerto en agua a baño de maría.  Ese día hizo calor en Veracruz y el barco estuvo atracado desde por la mañana con el ataúd con la Estrella encerrado en la bodega, una caja con hielo dentro de una marmita en agua a baño de maría cociéndose a fuego violento en la olla del golfo calentada a vaho selvático.

            El barco zarpó a las quince dos puntos cero cero horas.  Dos horas mar afuera el hedor se sentía en todo el barco cubriendo todas las zonas de la rosa de los vientos fétidos y supieron que el barco era el centro universal de la peste.  En sus entrañas encontraron la caja chorreando agua pútrida, soltando vapor hediondo, chirriando mefítica.  El médico de abordo declaró que no llegaría a La Habana y si llegaba el ataúd no llegaba el barco.  La disyuntiva impresionó al capitán quien haciendo uso de sus prerrogativas navales rompió en pedazos el manifiesto de carga fúnebre y ordenó lo único posible, echarle el muerto a otro.  En este caso al agua.

            Izaron con gran trabajo la caja a cubierta y la dejaron sobre el puente mientras, en deferencia a su condición de mujer (la del cadáver no del féretro), buscaban una bandera cubana, con respeto a su condición de tal, con que cubrirla (la caja no el cadáver), acciones que fueron gestos innecesarios o sentimentales porque dentro de la caja no había un ciudadano cubano ni una mujer sino una increíble masa de carroña al vapor.  Casi como quien dice carne asada.  Para añadir grotesco al absurdo ocurrió que nadie a bordo sabía cómo era una bandera cubana, cosa nada extraña en un barco canadiense fletado por un armador griego que navega bajo bandera panameña con una tripulación compuesta de mexicanos, argentinos, un gallego, un liberiano, la morralla de siete continentes y cinco mares (o es al revés? la morralla de cinco mares y siete continentes?) más el capitán, polaco exilado y un polizón de Pernambuco nacido en la isla de Malta que nadie detectó hasta llegar el barco a Madeira.  Finalmente, el capitán decidió o dictó que la bandera de Havana, así dijo, debía ser color habano ya que ese era el nombre y el color de un buen cigarro, y de la bodega trajeron un pedazo de lana color chocolate sucio en que envolvieron el ataúd, de acuerdo con la tradición marina.  Pero todavía no lo echaron al mar.

            Antes de hacerlo decidieron buscar lastre.  Qué lastre ni qué lastre!  dijo uno de los mexicanos o el otro.  No están viendo nomás que no hay cristiano que levante ese fardo!  Se val fondo, dijo, predijo, al mero fondo que se va como van las arengas al mal!  Le hicieron caso, siempre se hace caso al hiperbólico: en todo caso mucho más caso que al parabólico.  Toda la tripulación, menos el capitán, el timonel y el polizón, tuvo que dar una mano y luego la otra para levantar el ataúd, mientras el mexicano decía, declaraba, gritaba, Quéles dije, quéles dije!  Quéles dije, quéles dije!  Quéles dije!  Quéles dije!, varias veces y finalmente exclamó: ¡Qué les dije! justo antes de tropezar con un cabo, caer hacia delante, empujar al cocinero gallego en su caída que en la propia se aferró la caja al tiempo que también caía (como todos los cocineros gallegos cuando son empujados por detrás mientras llevan en andas un ataúd pesado a bordo de un barco de carga para echarlo a la mar porque hiede) hacia delante, logrando en su gestión cayente tumbar al primer andero y ambos servir de propulsor al cuerpo inerte convirtiéndolo gracias al impulso en proyectil y hacer que saliera disparado sobre cubierta mientras los demás anderos, en acción refleja tardía, agarraban primero aire hueco y finalmente lienzo vacío y todavía color habano entre las manos, mirando inútiles cómo la bala de lata envuelta en madera, el balón cuadrado, el misíl inverso caía de regreso a la cubierta, cepillaba las planchas de hierro, se deslizaba libre y rompía la varanda del puente para volver a ser cohete segundos antes de decidir convertirse en torpedo y zambullir en arco de trayectoria y caer al agua con un ruido de barrigazo tan alto como la columna de doce metros de altura por cuatro de ancho que levantó agua, rocío y salitre hasta las caras aliviadas del peso y la responsabilidad de los anderos y su capitán mientras el marinero mexicano, en pie de nuevo y asomándose al agua, gritaba otra vez Quéles dije, jijos de la, quéles dije!  Ay Chihuagua!

            Ya se iban a ocupar sus puestos los miembros de la tripulación, a reparar el puente algunos, el capitán a fumar su pipa, el cocinero al caldero, cuando el silencio abrupto del mexicano entre dos Quélesdije!                                    Que les di-je! les hizo volver la cabeza y luego los cuerpos respectivos hacia donde estaba éste mirando con la boca abierta debajo del arco de sus bigotes mexicanos.  O séase, hacia el arco abierto debajo del barco.  Vieron, como el mexicano, un poco después, un poco más, surgir primero un extremo oscuro y agorero y después todo el féretro como un submarino de madera, como un pez muerto y obsceno y no es verdad que bien narro? preguntó Socarrás, socarrando, mirando a Silvestre.  Nadie le respondió ni nadie tuvo tiempo de hacerlo porque enseguida explicó, otorrrinelaringólogo, que evidentemente, así dijo, con el agua del hielo hecha vapor dentro del vapor se había hinchado la madera y ahora el estuche del féretro técnicamente era impermeable, navegante y flotaba.  Es decir, dijo, era una nave del tiempo exterior.

            Los mexicanos Quélesdije y su carnal y un estibador liberiano vieron en el ataúd flotante un castigo si no del cielo por lo menos del mar insultado, un seguro signo de mal agüero, la señal de la profecía y decidieron por su cuenta (y riesgos) que había que hundir aquel navío satélite que insistía en navegar junto a su rampa de lanzamiento.  Sin consultar con nadie empezaron a tirarle varias cosas, todas lanzables: un pedazo de varanda del puente roto hecha flecha, lanzas de trozos de madera del mismo origen, un zapato de baqueta, un huarache, un chorro de insultos, varias balas de saliva y finalmente su desesperación individual y colectiva y su odio ciego y mudo.  Finalmente, alguien los socorró trayendo una escopeta con que dispararle una, dos, varias descargas.  Pero las balas (de plomo) o caían cerca o muy lejos y no daban nunca en blanco tan visible y oscuro o daban todas en diana si el blanco era el mar.  Por fin un plomo pegó en el paquebote y rebotó hacia el agua, la madera no sólo hecha impermeable sino también impenetrable.  El capitán contagiado (ese no era su nombre, su nombre, completo, era capitán Jozef Teodor Achabowski, nacido en Korzeniev en la Ucrania Rusa, entonces bajo dominio polaco, el 3 de diciembre de 1857, por lo que contaría, mediante ábaco, con 101 años de edad, según el nuevo calendario.  Su padre, un terrateniente de literarios gustos, fue exilado al norte de Prusia por participar en los movimientos por la independencia rusa del yugo polaco.  Los padres de Achabowski murieron antes de que éste naciera, por lo que fue dado a luz por sus abuelos.  Después de navegar muchos años por las aguas que rodean los continentes, decidió españolizar y apocopar su nombre por lo que era conocido ahora o antes, es decir en el momento en que ocurre esta historia como el Capitán José Acá o Capi Acá o Pepe el Poloco, pero esa es otra historia) decidió ordenar bajar un bote cuando vio a los tres en cuestión descendiendo en otro bote y dejó su orden sin efecto o con efecto retroactivo.  Los mexicanos y el libariano embarcaron con las hachas de incendio en mano y luego de alguna indecisión decidieron depositarlas en el fondo de la embarcación para remar, cuidando de que no quedaran filo abajo.  Como el barco tuvo que aminorar la marcha para arriar el bote, cuando éste tocó agua ya el féretro les llevaba algunos largos de ventaja hacia la proa y se vieron obligados a remar duro y contra el viento, logrando con su pericia y esfuerzo disminuir la ventaja del ataúd bogante.  Ya le estaban dando alcance a éste cuando un golpe de mar, el cambio de viento, la estela del barco, la corriente, el trópico de cáncer o el azar (o todas esas cosas juntas) hicieron que el ataúd barloventeara bruscamente, se volteara en redondo y embistiera al bote, abriéndole un boquete de tamaño regular antes que nadie pudiera evitar el choque de los cuerpos y mucho menos descargar un golpe de hacha salvador o bueno para paralizar al agresor, y fue el bote el que hizo agua, se inclinó y se iba a pique entre el silencio del mar y los marinos.  Silencio que duró poco porque otra embestida del ataúd raspó con un chirrido como un chillido triunfal la popa del bote que se hundía al mismo tiempo que los dos mexicanos nadaban con furia hacia el barco y el liberiano chapoteaba, tragaba agua, parecía que se ahogaba y finalmente nada también hasta el barco, ansiosamente.  Los otros marineros no pudieron hacer otra cosa que recogerlos a los tres con cabos y salvavidas mientras el capitán Acá ordenaba, Llámenme a Ismaelillo el médico de abordo antes de volverse a ver alejándose a La Estrella en su tumba flotante que para él era un destino envidiable: el insumergible, el navío perfecto, el anti-Titanic o tal vez fuera el mito: un María Celeste de carne y hueso y madera, la holandesa errante, y fascinado la miró primero a ojo limpio de lobo de mar, después con ojos de marino, después con ojos sucios de llanto, después con su catalejo, después con su catarata y vio como la Nao se hacía Nada: primero fue ballena de madera y grasa, luego pez fúnebre, después cresta de ola negra, luego mosca de los ojos hasta que se la tragó la distancia y se perdió en el mar, en nuestra eternidad Silvestre, navegando viajando flotando en el Gulf Stream a 13 nudos por hora con rumbo nor-noroeste.

            Eso fue lo que me nos contó Walter Ego antes de anunciar lo inevitable, que no era el anti-climax sino el clima, Y por ahí debe andar todavía, dándole la vuelta al globo, y añadió, Un matías pérez marino.  Bueno, dijo Silvestre, una posdata es una forma de epitafio.  O viceversa.  Lo que es es un retoque dije yo.  O séase, dijo Silvestre, permiso para un leve sobresalto.  Casar la verdad con el final.  O como diría el Huno, un epitalafio.

            Pero el verdadero epitafio, la epifanía, la epifonema, la epístola, el epígrafe, el epigrama o la epítasis no la dijo el epifito ni el Epígono, sino menda.  Cité, re-cité: Sicus Vita Finis Ita.  Sólo que realmente pronuncié Si Cubita Finisita.  

 

Gibara-La Habana-Bruselas-Madrid-Londres, 1929-1969