calvert casey

 


Alberto Baeza Flores

 

 

“La comprensión del pasado ha sido para mí una especie de obsesión.  (...)  Recuerdo a la Isla de Pinos de mi adolescencia como un lugar vago, sin límites, de cabalgatas interminables y generosa lluvia.  (...)

 

Cuando la humanidad esté libre del hambre y del miedo y haya esclavizado a la máquina, y el hombre aprenda por primera vez a jugar, comprenderá mejor lo que quiso decir Henry Miller al hablar de la libertad”.

 

                                                                                                                Calvert Casey, “Memorias de una Isla”

 

 

    Después de los días veloces, las noches ásperas,

y esa ventana a la circulación de las horas

(Es decir a la circulación de sí mismo)

—Roma o Ginebra, Nueva York o París, México o La Habana—

rincones donde la existencia se consume paso a paso de las estaciones

o a capricho de las galaxias que ya no tendrás tiempo de visitar,

peldaño a peldaño de lo transitorio.  Entonces, ¿dónde ir?

Al ciclón de las horas acumuladas más allá de los sueños veloces

o a la redacción de la revista calcinada en el amanecer de los años,

o nuevamente a Nueva York —¿cuál es el piso de esa metafísica de ascensores?—

donde llueve desde adentro hacia afuera de las costumbres

mientras las noches son carnívoras y cuando llueve

Dios dibuja sus signos en el universo de cualquier calle o avenida.

 

    Estabas siempre de regreso sin saber cómo.

Regresar era la sola costumbre de la angustia —¿a qué?—

mientras los otros regresos se acumulaban.

Entonces —como en la adolescencia— ¿quién se hace cargo

de ese fantasma de la lluvia sobre Pinar del Río sin cerrojos,

mientras cabalgabas más allá de ti mismo y la memoria

sin saber aun si todo el país se llamaba Misterio?

 

   Toda la vida humana es partir y llegar, despedirse algún día

para luego, otro día, regresar.  Así se vive a empujones de la eternidad.

Así volviste tú con un extraño pasaporte de fe

que había sido acuñado por la inseguridad.  —¿por qué?—

Hasta que las manos de la dicha fueron un día extrañas

después del delirio de los espejos múltiples,

de las pantallas de TV en que se había convertido el interior de las personas.

(Los radares oscurecían las calles y el ojo del adiós vigilaba al adiós y todo a nada).

 

   Quedaron los viajes del prisionero de su angustia,

las interrogaciones del destino que giraban como oídos mecánicos de infinito.

Los buzos bajaban silenciosos al corazón acribillado a descargas al amanecer.

La Habana se iba vaciando de los sueños que le pertenecían

¿pero quién podía comprenderlo?  El ay llovía por dentro de las personas.

No era posible pedir a las pantallas de la televisión dos pesos de tregua o de silencio,

pesar el hambre en el tiempo que dura un adiós

o comprender que el desencanto tiene compartimentos familiares

que en un instante nos son extraños,

que la máquina de la muerte está allí como cualquier computadora electrónica

y saber que todo fue de niebla y silencio

como los pasos adolescentes entre la lluvia de Isla de Pinos hace ya tantos siglos en los años.

Entonces, la necesidad de partir.  Las antesalas delante del adiós,

las noches de preguntas desveladas para que el olvido no delate.

 

   Los demás se habituaban a sus trajes de ausencia sistemática.

Todo estaba atomizado en el alma.

La arena cubría el rostro de la poesía.

Las catástrofes nucleares ocurrían sólo en el interior de las personas.

Ya no vendrían a buscarte de madrugada las máscaras azules,

 ni de noche te perseguirían los ojos detenidos del olvido

detrás de cuya pupila aun puede divisarse el mar o Nueva York en el amanecer

cayendo de rodillas ante cualquier soledad.

 

   Aquella silla en el café de Saint Germain des Pres esperaría en vano por ti

mientras andabas detrás de los paraísos de los idiomas extraños.

Ya no quedaban países en tu cartera.  Y te fue negada esa puerta

detrás de la que circulaban viejos quehaceres de media vida.

Las salidas de escape habían sido marcadas por manos ciegas

con contraseñas imborrables.  Y era preciso persistir.

Roma con una puerta entreabierta al foro de las fieras,

hasta que aquel dolor desde la Isla ya sin lluvia (sólo la muerte no estaba racionada).

En fin.  También a ti te correspondió la marca del segundo diluvio para que no pudieras aceptarlo.

¿Quién puede caminar así por Isla de Pinos, bajo la lluvia, desde Roma?

Y aun mejor que el teléfono de Cesare Pavese para decir unas palabras a cualquiera

 y luego morir.  Un simple papel sonámbulo, noctámbulo de adiós —Pero ya sin atreverse a llorar—

“No se culpe a nadie, etcétera...”  ¿A quién?  ¿A la literatura?  ¿A Dios?  ¿A cada uno?  ¿A todos?

 

   Ahora, querido Calvert Casey, ya no te dolerá el largo exilio de los siglos.

Tus amigos —Severo o Guillermo— esperarán allá, alguna llamada que puedas hacerles por teléfono.

Habrá que conversar de tus libros recién aparecidos.  Celebrarlos contigo en ese afuera de los mundos.

Y hasta podrás dedicarnos algún ejemplar retrasado

desde esa mesa donde ahora cenas

y donde todos son recuerdos.