el poeta

 

 

mijares

 

 

            El título de estas notas quizá sorprenda a muchas personas, entre ellas al propio Mijares, ya que su nombre pertenece a la historia de la pintura cubana y no a la de su literatura.  A primera vista este último encasillamiento  parece justo, si nos atenemos a que la mano serpentina de Mijares nunca ha escrito un verso.  ¿Por qué, entonces, el nombre de poeta asociado a su persona?  Expliquémosnos.

            Desde hace varios siglos existe una conspiración tenebrosa que pretende levantar fronteras —como una muralla alrededor del bosque— contra esa actividad libre del espíritu que es la poesía.  Sus epígonos quieren limitar el campo de acción de la misma al producto elaborado por los fabricantes de versos.  Pero la poesía se resiste a todo enclaustramiento: brota y fulgura lo mismo en los antiguos textos precolombinos que en los tratados de alquimia; en las relaciones de la conquista de América y en ciertos escritos alucinados que saltan los muros de los manicomios del mundo; igual se nos revela en las danzas, costumbres y utensilios de tribus primitivas que en la vida y la acción de algunos hombres; en los libros de Lydia Cabrera sobre los negros de Cuba o en la conversación y la obra del pintor José María Mijares.

                                              

            Conversar con Mijares es hacer irrupción en un mundo donde el más genuino delirio poético corre como un río mágico inundándolo todo.  Confieso que en más de una ocasión he lamentado no poseer una de esas diminutas grabadoras de bolsillo con la cual registrar en cinta magnetofónica todas sus palabras, o mejor aún ser Funes, el memorioso, con su implacable memoria, para asegurarme de que nada sería olvidado.  Pero si fascinante resulta Mijares, el hombre, que vive exilado aquí en Miami, mucho más lo es su obra que ha ido creciendo, madurando, parejamente con sus huesos.  Esa obra que responde a un solo signo: “el ojo que existe en estado salvaje”.

            Ver las cosas, detenerlas, apoderarse de ellas en su esencia original borrando la herrumbre anecdótica de una mal llamada realidad (¿qué es la realidad?), reconstruyendo sus incandescentes escamas elementales desde adentro, todo eso lo ha conseguido Mijares con las cabezas que ilustran estas páginas.  Máscaras que hinchan las velas de la imaginación a ras del deseo, como misteriosas Evas primitivas de flora transparente, ellas han comenzado a andar después de un largo sueño en el bosque imantado del espíritu para iniciar un nuevo magnetismo terrestre.  La armonía plana de estos gigantescos volúmenes no ha sido expresada sólo por las líneas de su contorno, sino por un extraño y obstinado uso de los verdes, azules, negros, violetas y amarillos que se aproximan y rechazan, con toda su rica distribución de tonos y matices, hasta obtener su síntesis definitiva en la pirámide del ojo que los contempla.  Es como si en estas telas se hubieran dado cita la constelación de los arpones de cristal del mar Caribe, las altas hierbas nocturnas de las islas, y los soles que caen perpendicularmente en lanzas de luz negra: un enlutado trópico radiante transpirando su lenguaje más puro y verdadero.

            Estas imágenes virtuales, de una intensidad alucinante, responden a un modelo puramente interior que trasciende los límites de la conciencia.  Sus raíces habría que buscarlas en los oráculos del sueño.  Hay algo en ellas que escapa a la simple contemplación retinal, a la alegoría del color o de las formas.  Quizá sea el enfrentamiento con una memoria anterior lo que levanta la piel y descorre el velo de sombras que nada por el cráneo, cuando nos acercamos a una de estas telas.  Entonces, la oscura fiebre de la poesía estalla ante los ojos, produciendo un inesperado estremecimiento semejante al del primer hombre que dibujara con sus manos en el barro.  Mijares ha conseguido articular el mundo de lo maravilloso en imágenes plásticas que hablan por sí solas, con un lenguaje duro y transparente como el cristal de roca.

 

                                                                                                   J.A.A.                 F.P.