FOTO: Néstor Almendros


Esta entrevista con el autor de Tres Tristes Tigres fue hecha por el periodista Kjell A. Johansson para el diario sueco “Expressen”, donde apareció publicada el verano de 1969.  Alacrán Azul obtuvo de GCI el texto original (inédito) en español, que a continuación reproducimos.

Kjell A. JOHANSSON

 

Quisiera que me contara algo de sus primeras experiencias como escritor en el ambiente cultural de Cuba en los años cincuenta.

            —Mis primeras experiencias en los años cincuenta tuvieron que ver más con la ley que con la literatura.  En octubre de 1952 fui encarcelado por publicar un cuento que tenía unas cuantas malas palabras —y estaban escritas en inglés!  Más tarde dediqué casi todo mi tiempo a ganarme la vida como periodista y a jugarme la vida en conatos políticos.  No sé cuál de las dos actividades puede ser más catastrófica para un escritor.  Pero de tener que eligir hoy día, escogería por supuesto el periodismo.

 

            ¿Por qué?

            —Porque el periodismo exige facilismo y frivolidad, y entrega a cambio un estilo transparente, inmediato.  (Pero ¿quién quiere escribir claramente?  Es fácil comprobar que detrás de la “clara prosa” —cf. Maugham, Hemingway, Pavese— hay siempre una triste chatura de pensamiento.)  Mientras que la política obliga a desarrollar el sentimiento nacional, el patriotismo y el concepto del deber (o peor aún, de la obediencia ciega, el espíritu de partido) como imperativos categóricos.  Ya sabemos que al final de tales prácticas históricas (es decir, contra natura) puede encontrarse Auschwitz —o sus equivalentes siberianos y tropicales.  Es evidente que prefiero que el escritor naufrague entre hojas de periódicos a que el intelectual se realice en comisario o en burócrata o en verdugo de intelectuales.

 

            ¿Pero qué hizo usted como escritor en esos años?

            —De 1953 a 1960 fui un crítico de cine tal vez demasiado popular.  Una ocupación concurrente fue la de jefe de redacción del semanario Carteles, cargo que en otro tiempo había prestigiado —o tal vez hollado— Alejo Carpentier.  Desde el 1 de enero de 1959 se añadió el vertiginoso trajín revolucionario, ocupando simultáneamente diferentes cargos en la cultura y el periodismo oficiales.  Así al terminar la década solamente había escrito una veintena de cuentos —de los cuales apenas una docena valía la pena recoger en un tomo— y construido un laberinto de opiniones críticas.  Este balance se llama Así en la paz como en la guerra y Un Oficio del Siglo XX, libros publicados en 1960 y en 1963, y que son respectivamente una colección de cuentos y una suite de críticas de cine.   

 

            ¿Por qué empezó a trabajar —como diplomático— para el gobierno de Fidel Castro y por qué lo dejó?

            —El cargo de agregado cultural en Bruselas —que acepté en octubre de 1962— fue lo que se llama en inglés un “consolation prize”.  La consolación de la diplomacia, que es más triste que la de la filosofía.  Como usted sabe, el magazine Lunes de Revolución, que yo fundé y dirigí, se vio envuelto en una polémica con los dirigentes de la cultura y el gobierno revolucionario.  Este acto de desobediencia culminó en las hoy famosas Conversaciones de la Biblioteca Nacional, a raíz de las cuales fue clausurado Lunes —“escasez de papel” fue la razón oficial, aunque el suplemento fue inmediatamente suplantado por tres! publicaciones controladas directamente por el gobierno y el partido— a finales de 1961.  Desde ese momento hasta septiembre del año siguiente estuve sin trabajo porque en un país comunista todos los cargos son oficiales, aunque hay cargos más oficiales que otros.  Durante esos ocho largos meses me dediqué a vivir del sueldo que ganaba mi mujer, entonces actriz de teatro y de televisión.  No me cansaba de decir dondequiera que era el primer proxeneta creado por el socialismo.  Otras opiniones como éstas y el hecho de que en mi casa se reunieran todos los disidentes —pintores abstractos, homosexuales perseguidos, beatniks visitantes, trotskistas amateurs, poetas herméticos— que caben en un apartamento moderno, me consiguieron esa forma de exilio oficial que es un cargo diplomático para un partidario en desgracia.  Como usted conoce, esta es una fórmula clásica para construir un puente de plata al enemigo que huye en los países de América Latina —i.e., Caamaño de República Dominicana, Asturias de Guatemala, Paz de México, etc.  Aunque esta práctica ha terminado oficialmente en Cuba, no es difícil encontrar hoy día extraños becados de organismos fantasmas que viven en París o en Ginebra o en Madrid, quienes aunque privadamente critican al régimen de Castro con más violencia de palabra que yo, no faltan en la celebración de cada 26 de julio en la embajada cubana de turno.  Las reglas del juego obligan más que la nobleza.  Estas respuestas mías a sus preguntas son un testimonio más de que detesto cualquier compromiso —o engagement.  Otras francas entrevistas anteriores me costaron el cargo diplomático, me empujaron al exilio y me han ganado la enemistad de muchos agentes (pagados o gratuitos) de la internacional comunista.

 

            ¿Cuál ha sido su actitud frente a la revolución cubana desde el principio hasta ahora?

            —Mi actitud ha variado siempre frente a cada maniobra (democracia burguesa, nacional-socialismo, socialismo pro-soviético/pro-chino/pro-soviético, socialismo “en un solo pueblito!”, etc.) de navegación histórica de ese Titanic político, la nave insumergible destinada a hundirse.  En un principio la revolución fue justa y necesaria y como tal tuvo el apoyo de la casi totalidad del pueblo cubano.  Fíjese que digo pueblo y no “proletariado”, “campesinado”, “burguesía” o “inteligentzia”.  (Parafraseando a Mark Twain puedo pedirle: No me hable de pobres ni de ricos, hábleme del hombre—no puede haber animal político más torpe!)  Esta revolución fue imprescindible, impostergable y si viviéramos en un año platónico, al llegar otro 1958, mi otro yo escogería otra revolución de 1959.  Cuando, como dijo el Mexicano, la revolución degeneró en gobierno, mi actitud se hizo primero dubitativa, después desencantada, después desalentada, después desengañada, luego ajena y finalmente hostil —es que habíamos llegado a la etapa del poder absoluto de Fidel Castro.  Si es cierto que el poder corrompe, el poder subdesarrollado corrompe subdesarrolladamente.  “Un solo hombre libre” hay en Cuba.  Como no pueden haber dos, escogí el exilio.  No escogí la libertad, sino que rechacé la libertad absoluta (y por tanto opresiva) del otro.  En cuanto a la filosofía oportuna adoptada por Castro (recuerdo, sin ánimo de analogías, que Perón de Argentina y Trujillo de Santo Domingo escogieron en su tiempo los modelos nazi y facista) hace rato que es letra tan muerta como los números-clave de los pitagóricos.  Cada día estoy más convencido de que toda ideología es reaccionaria.  Para mí, el comunismo no es más que el facismo del pobre.  El hecho de que Cuba haya apoyado tan decisivamente como Alemania Oriental la invasión rusa de Checoslovaquia demuestra que Castro es otro avatar de Ulbricht —con más suerte que este último, porque no ha tenido que construir su muralla china: lo hizo por él la Naturaleza, esa providencia de los materialistas: el mar Caribe es nuestro muro de Berlín.

 

            ¿Tiene algún comentario a hechos como la discusión en torno a la poesía de Heberto Padilla en Cuba últimamente?

            —El corresponsal comunista de Le Monde, Saverio Tutino (quien fue enviado a Cuba originalmente por el diario italiano L’Unité) dijo casi la última palabra sobre el caso de Padilla et alii: “... es una muestra de que la tregua de diez años entre el régimen de Castro y los intelectuales ha terminado”.  (Le Monde, nov/8/68.)  A estas rivelazioni d’un partigiano quiero agregar nada más la respuesta de un amigo divorciado “después de siete años de feliz matrimonio” según la desconsolada esposa.  Le pregunté que cuándo se había iniciado tal proceso disolvente y me confió: “Cuando pronunciaba la del que le di al cura”.

 

            ¿Qué tipo de influencias literarias y extra-literarias han sido decisivas para lo que ha escrito y está escribiendo?

            —De mis influencias literarias tal vez la mayor ha sido el cine.  Entre las extra-literarias puedo nombrar una niñez pobre y feliz, una adolescencia infeliz y pobre, ya de adulto: la timidez, el exhibicionismo, la fluencia, la tartamudez, el ingenio, las respuestas de la escalera, el coraje, la cobardía, la facilidad para jugar con las palabras, la dificultad para expresarme, las ganas de contar cuentos, detestar la literatura narrativa, el lenguaje, el silencio, el amor, las mujeres, el miedo al sexo, la obsesión con el sexo, la sensualidad, la noche, los terrores nocturnos, el miedo al sueño, los sueños, la memoria, la nostalgia que es la metafísica del recuerdo, el olvido, las ganas de vivir, el miedo a vivir, el odio y la pena por los muertos, la fascinación de la muerte, la imitación, el afán de originalidad y si el espacio me condenara a una sola palabra diría el ser —para añadir inmediatamente, pero también la nada.    

 

            ¿Le parece que hay razones para hablar de una nueva novela latinoamericana?

            —No creo que se pueda hablar de “nueva novela latinoamericana”, sino de otra encarnación de la novela.  Esta metempsícosis se ha producido otras veces, en otros lugares: Inglaterra, Francia, Rusia, USA, Italia, Japón, etc.  Pero es posible decir que la novela latinoamericana no existe, que solamente existen algunas novelas escritas por latinoamericanos.  O mejor dicho, escritas por escritores que viviendo en continentes distintos y pertenecientes a pueblos diferentes, comparten ese degenerado linaje que es el español hablado en vastas zonas geográficas unidas por lo que sería un fenómeno raro, a recoger en los anales de una ciencia que no existe: la genética de las lenguas.  Ese monstruo es un mismo mestizo de diferentes razas.  Nuestro híbrido asombraría más fácilmente si supiéramos que un mismo mulo es hijo posible no sólo de burro y yegua sino también de caballo y zebra.  El espanto del futuro de la novela latinoamericana sólo lo alcanzo a expresar con un verso de mi compatriota, Lezama Lima.  He aquí lo que dijo el vate cantándose en apariencias a sí mismo cuando en realidad profetizaba el vía crucis de la novela en América Latina: “Con qué seguro paso el mulo en el abismo...”

 

            ¿Cómo ve a los escritores latinoamericanos de generaciones anteriores: Gallegos, Asturias, Borges, Carpentier, etc.?

            —De acuerdo con las leyes (y las costumbres) anglosajonas, el delito de libelo termina con la vida del difamado.  Eso le quita toda la diversión al juego de las reputaciones.  Muerto Gallegos hace poco no vale la pena hablar de él ahora.  Prefiero ser caritativo a ser despiadado —o mentiroso, que es peor.  Asturias ha sido difamado (en privado siempre, muchas veces en público, a menudo en letra impresa) por un gesto político que ha sido muy celebrado en Carpentier: aceptar un cargo diplomático en París enviado por un gobierno que no representa a un pueblo.  Esa figura retórica de las sinecuras se llama exile doré.  En honor a la verdad tengo que decir que no he venido a estas páginas ni a enterrar ni a alabar a Asturias, sino a desagraviar a Borges.  Es bueno que un periódico sueco me permita decir a mí lo que pienso del premio Nobel de 1967.  Tengo que empezar por decir que mi primer cuento, mi primer intento de literatura escrito y publicado lo hice imitando, copiando servilmente, plagiando casi a El Señor Presidente.  Conocí a Asturias en Cuba, sé de las penurias que sufrió en su ostracismo (lo sé mejor que nunca ahora) y me alegro por su persona que haya obtenido el premio sueco y todo lo que representa en dinero contante y en fama, que es dinero sonante.  Pero lo siento por la literatura, latinoamericana y las otras.  Dar el premio Nobel a Asturias por encima de Carpentier es una ceguera literaria, ya que no puede ser política —Videlicet Sholojov.  No dar ese premio a Pablo Neruda es un atentado contra la Academia, es decir, un auto-atentado.  No dar nunca el premio a Borges es un crimen contra la literatura.  Para decirlo más explícitamente, si Jorge Luis Borges no merece el premio Nobel de literatura es que el premio (como se ha dicho tantas veces) no tiene nada que ver con la literatura o que la literatura, según la definen los cánones del premio, no se merece a Borges.

            Creo que fue Carlos Fuentes quien dijo que los dos únicos escritores originales de la vieja generación eran Borges y Asturias.  De no haber tenido que decir lo que dije más arriba, tal vez suscribiría esta opinión osada.  Carpentier es la respuesta cubana a Herediá: un escritor francés que escribe en español.  El hecho de que este heredero directo de Hugo haya escogido el español de América me llena del mismo asombro con que debieron ver los italianos la editio princeps de la Commedia.  Tal sincretismo novelístico y haber visto —y oído— los discursos del general De Gaulle me convencen de que el francés comienza a ser una lengua literariamente muerta.  De Borges sólo se puede decir lo que él dijo (injustamente) de Quevedo: no es un escritor, es una literatura.  Otra literatura —para los académicos.

 

            ¿Qué lugar ocupa usted entre los escritores de la vieja y la nueva generación?

            —Si lugar en esta pregunta es sinónimo de alineación en el ranking literario latinoamericano, la inmodestia, la modestia y aun la falsa modestia me impiden responder por triplicado.  Si por lugar debo entender posición estética, estado anímico o dirección espiritual puedo responder así:

            Estéticamente estoy situado al norte-nordeste de Borges, en el mismo meridiano creador que Cortázar pero en otro paralelo, y en un cuadrante a veces coincidente en las cartas pop con el de Fuentes.  García Márquez está decididamente en otro hemisferio, mientras que Vargas Llosa se coloca en mis antípodas, de mutuo consenso.  Carpentier, me han dicho, piensa que yo habito en la anti-novela.  Creo que si dijera meta-novela llevaría mejor rumbo.  Los mismos frescos vientos alisios de frivolidad que acarician constantemente a Sarduy y a Manuel Puig, refrescan mis costas orientales de vez en cuando.  Como se ve me describo como una isla, aunque flotante o tal vez volante, como Laputa.  Mi brújula es demasiadas veces Nabokov, esa estrella de primera magnitud que, desaparecida la stella polaris joyceana, sirve para orientarse en la larga noche del exilio.

            Pero no me asombraría nada que algún erudito latinoamericano decidiera, algún día del siglo XXI, que mi único aporte de mérito a la literatura serían, imitadores reales del fingido manuscrito de Mono y Esencia, mis screenplays que jamás llegaron a la screen y se quedaron sólo en plays.  Es decir, juegos de palabras (inútiles puesto que éstas estaban destinadas a convertirse en imágenes, en lucha incierta contra una proporción de 1000 a 1) escritos en inglés!       Anímicamente, me siento muchas veces como Calvert Casey, ese pobre hombre y gran escritor cubano exilado en Roma que acaba de suicidarse el mes pasado.  Me rescatan de ese destino no sólo las adquiridas obligaciones de padre de familia, de exilado político y de cabeza de fila literaria, sino tres pasiones innatas: la curiosidad, el humor y el miedo.  Me salva también ese instinto de la historia que es el amor.  Es decir, el sexo.  Es decir, las mujeres.  Es decir, mi mujer.

            Espiritualmente me siento cada día más escéptico, cada día más libre. 

            Finalmente, si lugar quiere decir clasificación para los tratados de literatura (latinoamericana) puedo afirmar que soy el único escritor (latinoamericano) que declara que sus libros no son más que una broma que dura un número dado de páginas.  Mi primera y última intención al escribir es conseguir la diversión —primero la propia, después la de ese prójimo que se llama lector.

 

            ¿Es un problema para usted como escritor vivir fuera de Cuba?

            —Vivir fuera de Cuba le plantea problemas a mi cuerpo, que, como se sabe, contiene y sostiene y detiene al escritor.  Pero son problemas solamente de latitud: soy un hombre del trópico.  No tengo problemas de tierra o de patria porque (como dice Juan Goytisolo) el hombre no es un árbol y (como dijo el doctor Johnson) el patriotismo es el último refugio del pícaro —cf. Retamar, Lisandro Otero.  La primera declaración podría completarla diciendo que si un hombre necesita tierra, ya no la necesita.  La segunda se complementa diciendo que el patriotismo, muchas veces, suele ser también el primer refugio del pícaro —viz. Mussolini, Hitler, Fidel Castro.  Vivir en Cuba planteaba problemas a mi psiquis, porque me contagiaba ese mal de los estados policíacos asumidos —que no es la paranoia sino la esquizofrenia.  Todavía peor, me inducía ese cáncer del espíritu que es la mala fe y la hipocresía, una enfermedad más atroz que las de la mente o del cuerpo porque es un mal del ser.

 

            ¿Podría decirme algo de lo que está escribiendo ahora?

            —Hace muchos años que escribo una novela (todas las noches en la cabeza, algunos días sobre el papel) que se titulará o titularía Cuerpos Divinos.  Sugiero que no se traduzca este título porque una visión central del libro lo explica.  Es la alucinación del héroe cuando zambulle desde un alto trampolín a una piscina que a medio camino se llena de mujeres desnudas.  Al no poder nadar el que sueña se ahoga entre piernas, senos y nalgas.  Mi libro (y su título) intenta hacer de esa pesadilla un sueño.

 

 

                                                                                                Londres, verano de 1969.