GUSTAVO SAINZ nació en México, D.F., en 1940.  En 1965 publicó Gazapo, su primera novela, y en 1966 su Autobiografía.  El fragmento que a continuación reproducimos forma parte de su novela Obsesivos días circulares, próxima a ser publicada por Joaquín Mortiz.

GUSTAVO SAINZ

Copyright © Joaquín Mortiz, 1970

 

            Donají no quiso visitar al gordo en el hospital.  Pensó que íbamos a presenciar el momento en que los cirujanos vaciarían de grasa el montgolfiérico cuerpazo, o que Sarro estaría erizado de sanguijuelas, o sumergido en disolventes, o alimentado por lavativas, envuelto en gasas y desinfectantes o algo peor.  Y la verdad es que yo, para alarma de Lalka, creía lo mismo, pues soñé que tratamientos así eran adecuados para acelerar la recuperación de paralíticos.  Y pucha, Yin tardaba en comprender que no habíamos soñado lo mismo, sino que Dona había aceptado mis métodos como naturales, haciéndolos suyos.  Y preocupada, deprimida más bien, inició la marcha sin temor, aceptando con gran interés mi compañía y pidiéndole a su hermana que arreglara, ordenara, las camas sobre todo, las tiendes bien antes de mi regreso y estudias, no dejes de estudiar.  Sí, aceptó ella.  Of course hubiera dicho Sarro.

            En la cama del sanatorio lucía completamente distinto: aumentado y demasiado oval, un mucho ballenato o pez globo dormido en el lecho de burbímpido acuario.  O Humpty Dumpty si no fuera tan deprimente, la cabeza hundida entre rollos de grasa que borraban quijada orejas cuello nariz y demás; apenas los ojos bajo la calva como impresos en una rodilla: los ojos sorprendidos y tiesos.  Y no era Sarro, no en ese silencio del Hospital.  Faltaban las toses, las exclamaciones, los pujidos: un Humpty Dumpty anquilosado entre almohadones y conectado a botellas de suero; nosotros revisándolo desde lejos, puerta de por medio, con advertencias y explicaciones a cargo del enfermero de guardia, quien aseguraba que pronto podría mover tres dedos de la mano derecha, o todos, parte de la cara, parpadear digamos, la pierna correspondiente a, y yo no despegaba la vista de aquella bola de pliegues sudorosos.  La parálisis afortunadamente, seguía el tipo entre latinajos y modos adverbiales, afectamente solamente parcialmente.  Luego intentó distraernos: que si queríamos ir a disección, a la sala infantial, a tocoquirurgia.  Y es que un verdugo de bata blanca había aparecido en el acuario y se probaba manos y brazos de goma.  ¿Prefieres quedarte?  Sí dijo Yin mordiéndose los labios y viendo intrigada cómo lo descubrían y ladeaban sin esfuerzo dada su redondez, y cómo le metían la mano para limpiar sus intestinos.  Reparé en la alfombra del pasillo, bien firme de pared a pared y guinda, coloreada por la sangre de sacrificios humanos.  Espectacularmente deber continuamente seguía el enfermero y lo dejamos allí, el otro sádico hundiéndose en Sarro como si saqueara el costal de Santa Claus.

            Y esas escupideras enumeraba Yin, afuera, y las plantas carnívoras en la entrada.  Sorteábamos árboles que nos aislaban del Monumento a la Madre, sin reparar en la gente ociosa pero sí en nuestros zapatos llenos de tierra, en las veredas fuera del itinerario.  Y el raro carácter del médico que redactó el diagnóstico...  Reflexionamos más de una vez sobre lo intempestivo del acontecimiento...  El mal gusto del accidente: era algo propio de Sarro, había sido, y en mi opinión ese derrumbre no tuvo nada de espontáneo.  Toda su historia estaba sembrada de rebuscamientos, dobleces, trampas, sorpresas; y sus salidas a la calle parecían forzadas para vencer la monotonía, el miedo de que detrás de cada árbol, del automóvil que se detuvo a unos pasos de nosotros, estuvieran amas de casa en camino del mercado y no enemigos armados hasta los talones.

            Jobías, o Dona, o yo hubiéramos estirado la pata de un jalón, pero Sarro no, él tenía que rodar perlático, o con 80 balas en la panza pero el corazón rehabilitable.  Y ¿no preparaba algo, puesto que en los últimos días se mostró ajeno a todo, haciendo salidas misteriosas e insistiendo, con particular saña, en contar unas tras otras y en aparente orden las principales aventuras de su vida?  Cuántas piches cosas ignoramos de esas arrugas que tasajeaban sus expresiones, de sus intereses, esos rapés por ejemplo, cuántas...  Como nosotros entre sí, comenté para Yin ¿a partir de qué gesto, de qué elucubración, de qué acto nos fuimos acercando inevitablemente para reunirnos aquí, ahora, en esta calle?  Y sonreí al recuerdo de Yin desnuda en su cama esperando la primera arremetida del gordo.  Húmeda y comprensiva y cálida y amorosa y necesitada de un orgasmo epiléptico pero al mismo tiempo aterciopelado / El gordo vestido en mi memoria y ya no Yin, sino otra mujer atada a una mesa y abierta de piernas, abroquelada, apretando la vagina cuando el gordo anunció que iba a husmear por allí, la herida avergonzada y atrayente, pero no él, of course, sino el íncubo que sujetaba de la cola mostrándolo para que la víctima recordara esos movimientos nerviosos de los roedores y / Puedes gritar lo que quieras decía el gordo.

            ¿Qué te pasa?  Tomé del brazo a Yin para cruzar Villalongín y sentí el peso de uno de sus senos.  Nada, es buena educación, qué quieres.  Y presioné hacia arriba, dulcemente, contando con su complicidad pero sin prevenir, claro, que al llegar a la otra acera iba a separarse, adusta, orgullos, muy, muy consciente de caminar representando su viudez, complacida en ese papel de séquito procesionario.  Y todavía falta que esto haya sido una balmoriada, una farsa.  Entremos, dijo, desoyéndome.  ¿Adónde?  Aquí, hay que comprar café, un frasco, o dos...  Mejor vamos a ese restorán, te invito una copa.  Luego, y antes de repetirlo arrugó la nariz, luego.  Me sorprendí pensando café en grandes letras de gas neón.  EL MEJOR CAFÉ.  Y el sádico aquel, metiéndole mano a mi gordo.  No te preocupes dije, al final siempre los vulcanizan.  ¿De veras?  La tomé del brazo otra vez, condescendiente.

            ¿Otras gracejadas?  Teníamos necesidad de Sarro, de algo contundente que acabara con él o nos lo devolviera, no que ese compás de espera, semejantes puntos suspensivos, este paréntesis: coño.  Y qué tal si una gigantesca máquina pulverizahuesos le hubiera caído encima...  En vez del espectáculo guiñol que nos tocó ver hubiéramos recibido un recipiente con el gordo adentro, metamorfoseado en gramos de ceniza.  Yin soportó esas frases con desagrado; no hay ofertas, dijo, nada más uno, y se dirigió a las cajas registradoras.  Espérate ¿no te gustan los supermercados?  Ese gesto, esos ojos entrecerrados no le iban a durar mucho tiempo.  Son mejores que los museos: hay colores, sorpresas, catálogos; ¿alguna vez se te ha hecho agua la boca viendo una exposición en el Palacio de Bellas Artes?  Nunca he ido a Bellas Artes opinó Yin sujetando un frasco de Nescafé.  Y además está el poder de adquisición, la oportunidad de elegir y sobre todo, mil y diez cosas que no podrás encontrar en ninguna galería, por artística que sea, comenzando por la carga testimonial o lúdica de estos carritos, columnas, estuches, carteles, cajas, el diseño de los pasillos y los stands, las murallas de duraznos en conserva o piñas maduras, como para que venga Josué con su bíblica trompeta y / También hay que pagar dijo Yin, ajena a mí y avanzando hacia las cajas registradoras, jaladas por números y timbres.  O párlame con quién andas y te diré qué hora es, susurré dirigiéndome al frasco, y dime con quién taloneas para ver si te acompaño, y pendejadas así, arañando la etiqueta.  No gracias, no queremos bolsa, gracias /

            En el bar el frasco ridículo junto a nosotros, a un lado de la azucarera y del desayuno que no engulliríamos pero que era necesario pedir para que pudieran servirnos vino.  Y a la hora y media las confesiones, el deseo que sentíamos hervir en algún sitio, la lujuria evidente, y luego el estupor de estar juntos, una sensación muy extraña que se complicaba con imágenes fugaces de Dona, Leticia, el sanatorio y Lalka, más la certidumbre de que en la escuela no encontraríamos oportunidad para besuquearnos, y mucho menos para coitos, ni aunque fuesen furtivos, y por consiguiente tendríamos que seguir una vida normal, sin otra alternativa que simulaciones y neurosis / Los ojos enrojecidos de Yin y su interrumpida felicidad.  Veinte o más orgasmos al mes y ahora cero, un enorme cero, The Wonderful O y la amargura de su sonrisa.  Luego quizás olvidamos el frasco.  Había muchos peligros alrededor nuestro, en nosotros mismos también, en el bar y en todos los sitios adonde pudiéramos ir en la inmensidad del valle de México.  Pero nada era especialmente castrador y seguíamos besándonos, cada uno con la idea de no quedar satisfecho, pensando en una muralla de honor y decoro enlatados que iba a elevarse entre los dos al desaparecer el sabroso mareo de esos martinis, pensando en el amor que haríamos  algún día, dentro de un mes, dentro de un año, y en la cara de la Sagan tal y como salió en algún número de Paris-Match; pero un mesero presentaba la cuenta con insistencia y nos separaba de ese embriagador abrazo enfrentándonos a razonamientos de moralista.  Ok, ok, ok, pago la cuenta pero traiga dos güisquis.  Para mezclarlos con Sarro en polvo propuso Yin señalando el frasco de café, o los polveamos.  Y me puse a perforar la tapa con un tenedor.  Y vas a ver obeso, ahora sí te desinflo.  Y se dobló el cubierto, llegaron las bebidas y cafeteamos el mantel, vinieron a limpiar y se cayeron las copas, gritamos.  Total: un desgarriate.

            Afuera Yin quería comprar helados de limón.  Quiso entrar también en una peluquería llamada Las glorias de Cuauhtémoc, pero resultó prohibido el acceso a menores de edad, mujeres, policías y militares uniformados.  ¿Cómo se uniforman las mujeres?  Nos acariciábamos y por favor, respétame, no me hagas caer en tentación.  Estas palabras acompañadas de suspiros: un jadeante fervor.  Maldito gordo ¿no?, tan orgulloso de su volumen, tan feliz con su millón de kilos de peso.  Y comenzamos a cernir su pesada ceniza sobre la calle...  Queríamos creer que el pasto ya no crecería allí donde lo derramábamos...  Y luego los deseos de seguir bebiendo, la garrafita de ron comprada en una tienda de dueño pamplonés, el calor y Yin pegándose a las paredes sombreadas.  Una figura tímida y casi doliente que no me atrevía a captar como disponible.  Tendremos que dejar la escuela, se amargaba.  No creo, no necesariamente.  Y ¿aquí es donde se alquila un departamento? dijo sacando la lengua de una bola de nieve seudoverdosa. Sí aceptó un tipo patibulario y yo pensé que teníamos que comprar helados de limón, que habíamos terminado con sendos barquillos hacía rato, o que Yin quería un poco de intimidad para arreglarse el liguero, o volver el estómago, o proponerme la instalación de una casa chica, y me acerqué lo más posible a sus muslos en el ascensor, sus piernas cálidas, su grupa firme, animal.  Y qué hermoso, comentó al entrar en el departamento, mira eso querido, qué vista más impresionante, y puf, huele a pintura, aquí podemos poner el sillón azul y cuánto renta, si no es indiscreción.  No se graznó el encargado con impertinencia, pero Yin no lo oyó, distraída en tirar un poco de nescafé en cada cuarto.  Lástima dejarlos a usted ¿eh?, pero si tengo que poner un departamento mejor ponerlo cerca de la escuela, por mi hermana.  ¿De qué vas a vivir?  Primero hay que esperar unos días ¿por qué no vamos a Acapulco tal y como estaba planeado?, ¿qué tal si vamos, eh? Así la espera será más fácil y entonces / Era ella la que se me apretaba en el ascensor, ocultándose del portero.  Tenemos que ir a la playa, no creas que voy a guardar luto o alguna otra mamada, poco ganamos con amargarnos la vida ¿aceptas?  Me da gusto que pienses en esa sousandrádica manera, o sí, dije, ok, llanamente. 

            Después un periplo por diez once doce o trece inmuebles desocupados porque Yin, cada vez que leía SE RENTA, no perdía oportunidad de asomarse en esos espacios deshabitados, uno en Estocolmo y Paseo de la Reforma, todos en la colonia Juárez o en la Cuauhtéoc, malolientes a familia, con pedazos de periódicos desperdigados por pisos que pronto cafeteábamos, o botes de pintura, una escalera abandonada por allí, una brocha en la caja fuerte empotrada en un closet.  Y Sarro va a penar por todas estas habitaciones, caj, imagínatelo a media noche, caj, flotando fantasmal como globo metereológico y disparando una pistola de fulminantes; o en ese ropero, bamboleándose cuando abran para colgar las gabardinas, o escondido detrás de una pared medianera, la panza descubierta; o en aquel balcón, venadeando.  En fin, no cesábamos de calcular posibilidades, de sarraer esos espacios mal ventilados, enyesados a medias, o de preguntar los precios, la calidad del agua, las facilidades para instalar teléfono, las profesiones de los vecinos; o descubríamos olor a bebé o a pecado en la textura de un muro que Yin rápidamente salpicaba de polvo descafeinado.  Y en un departamente sobre la calle Río Papalaopan, y en otro desde donde se veía el Castillo de Chapultepec, tomé sus senos, sus senos tomé, sopesándolos desde su senospalda, espalda, hasta que un ruido o una presencia nos hizo recorrernos hacia habitaciones más alejadas, hablando de la ciudad con sus capas de smog y polvo, espléndida desde los ventanales de esa estancia corrompible si dispusiéramos de varios miles de dólares al mes, y deprimente abajo, pisoteadas por oleadas de pobres, anuncios, tránsito y vendedores, al regresar a la banqueta sin aludir a las caricias no correspondidas pero soportadas pacientemente por Yin, quien poco a poco fue perdiéndose en la disculpa de la embriaguez para quedar así, locuaz y descuidada, abordable.  Maldito gordo gritó al consumir el último trago de ron, y arrojó la botella con fuerza hacia una barda.  Plof.

            Habíamos ingerido una mixtura pavorosa, era cierto, pero nos inclinábamos a creer que no podía afectarnos a tal grado.  Al grado, decíamos, de haber parado un taxi para que nos llevara una calle más allá, y lo que es peor locura: Yin abrió una portezuela, entró al auto y salió por la otra; la tomé del brazo y perdió el equilibrio.  Y sobre eso la necesidad de la adustez, una estúpida solemnidad de llorona o de turista de luto.  Y al llegar a la escuela, la confusión, las aclaraciones.  A los borrachos, vino, decíamos.  Lalka y Dona corrían desde el final del patio hacia la entrada, sorprendidas pero más serias que empleadas de agencia funeraria.  Y vámonos a Acapulco aulló Yin e improvisó una carrerita e imitación de otra mediante la cual, según ella, alcanzó coches y camiones para lanzarles puñados de cenizas del gordo.  Lalka estaba absolutamente desconcertada, con el frasco de café en polvo en las manos, vacío y casi limpio pero todavía con la etiqueta, sostenida sin estremecimientos.  ¿Y la tapa?  Una tierra gruesa y gris, llena de implicaciones.  Dona nos veía con sospecha.  ¿A qué hora murió?  Caminábamos hacia el departamento.  Y al final quedaron algunos pedazos de hueso que chocaban contra el vidrio con un tintineo repugnante.  Ave María Purísima suspiró Lalka, y Yin dio una vuelta completa sobre sí misma.  De afinación variable agregué.  Olía a pasto recién cortado gritó Yin y corrió escaleras arriba.  Yo hice un salto dramático, impidiendo la entrada de Dona y la niña.  Recuerdo el ruido y también cómo destapamos el frasco y arrojamos los huesitos frente a la embajada, sobre el pasto recién cortado.  Ser o no ser sentenció Dona, sumándose a la confusión.  Qué le vamos a hacer: yo, caviloso.  Lalka clavó su mirada en el fondo del pomo.  O como dijo Heidelberg: cae primero un hablador que un muerto.  Dirás Hindemith porque Heidelberg es una ciudad, y lo que dijo Hindemith fue antes cae un ciego que la Torre Latinoamericana.  No ese fue Heidegger.  Ah, así, lo que dijo Hindemith fue Guten Morgen Herr Wagner /

            En eso unos pantalones negros de Sarro salieron zopiloteando por la ventana.  Y tras ellos, pares de calcetines y unos calzones enormes, casi paracaídas.  Lalka me dio automáticamente el frasco vacío y quiso subir, quiso levantar el resultado de esa lluvia de pertenencias, y al compás de algo incomprensible que cantaba Yin, allá arriba, agitó varias veces la cabeza, y no tengo ropa de luto, lloriqueando, y habría que rezar, los ojitos sin maquillaje abriéndose desorbitados, no entiendo, sus manos crispadas ante las carcajas histriónicas de Yin que Siboney, Siboney yo te quiero, y mi aliento alcohólico, por qué ríen, por qué, Dona aclarando que Wagner lohengrinaba cuando Holthusen arribó y dijo Guten Abend, o Guten Morgen, o Gutemberg a secas, Yin a punto de tropezar por la escalera y canturreando se wag caimán, se wag caimán, se wag paga Sibonquilla, esquivando a Lalka que descubría a su tortuga desfondándose entre los brazos de, Donita y yo doblados de risa, Yin cagando tortugas al arrastar su maleta semideshecha, una suave brisa arrastrando las cosas más ligeras que andaban por el patio, Lalka enajenada en una serie de porqués sucesivos y gritando también, pateando el suelo, histérica, al comprender nuestra borrachera, regañando con su hermana, alejándose.  Y nuestra torcida manera de explicar hospital, atención médica, sueros, gordo hemipléjico; y su carrera visiblemente nerviosa hasta la dirección, luego desaforada hasta el otro lado de la escuela, sus cabellos alborotados a la Einstein.  Y el viento...

            ¿Lloverá?  No creo.  Pero las vejigas bravas, mira, anunciando vienen: un nutrido destacamento de jorobados nubarrones; tendríamos que comer y recoger todo esto antes que / Demonios, me siento muy mal, no sé, perdóname...  El aire polvoriento arrastraba sin dificultad a los hijos más pequeños de Jack el destripador: giraban sobre el piso de cemento, levantaban un vuelo lleno de tumbos y aterrizaban por etapas, para después otra vez / Oh no, se alarmó Yin soltando la maleta.  Y será mejor que la ayudemos dijo Dona.  ¿Lloverá?  Voy al baño.  Yin corría tras las tortuguitas.  Realmente me dieron ganas de orinar, o de volver el estómago, y pese a eso me puse a levantar cosas del gordo.  La perversa apátrida había sacado de las valijas todo aquello que no le pertenecía, y esas cosas estaban allí, ofreciéndose, implorándome casi que no las fuera a dejar a la intemperie.  Un ataque de tos.  ¿Yin o Dona?  Me esforzaba en recoger aquello y comencé a sentir un poco de cansancio.  La luz del sol bajó de intensidad.  Y ya no podía cargar con más prendas de ropa y hallaba más y más: parecía que no iba a acabar nunca, que se reproducían.  Una camisa eran dos camisas que eran tres camisas, y otra más, una camisa y un par de tirantes.  Y algo como sueño.  Ya otras veces me había invadido ese cansancio general, bueno, no exactamente cansancio, sino esa lasitud, esa proclividad al ocio.  ¿Y por qué general?  Coronel o mariscal por lo menos.  El viento arreciaba.  ¿Sabes por qué son tan bestias los generales?  Y me orinaba, me orinaba, así que subí al departamento, recordando una fisonomía desvanescente, Elizabeth quizás, las piernas delgadísimas de Elizabeth siempre con listones alrededor del mulso izquierdo ¿o era el derecho?  Un departamento por fin y mi política de puertas abiertas, las ventanas azotándose, la ventana, el polvo y la foto donde Sarro saluda a Papá la Oca descuadrada ¿o Papuchas saluda a Sarro?  Y la tierra.  Arrojé todo aquello sobre un sillón con la funda fuera de lugar.  Tres pasos más y / Qué buena puntería.  Y la espuma.  Terencio gritaba Dona, abajo.  No es fácil sentirse borracho, no era fácil.  Calculaba la distancia que habría hasta la cama de Lalka cuando subió por la escalera el ejército confederado con más estruendo que en las películas de John Ford.  Y ven, apúrate, Yin se cayó en la alberca, pícale.  Dona descendiendo delante de mí.  La alberca sucia y seca desde noviembre, junto a las palmeras.  Coño: y excesiva luminosidad.  La explicación de Dona se la llevaba el viento.  Y de pronto Yin desapareció y no me animo a verla destrozada.  ¿Se caería?  No más faltaba esto ¿no?  La cubierta de plástico manchada de tierra y hojas secas agujerada en un extremo.  ¿Yin?  No estaba a la vista.  ¿Yin?  La escalera tubular de aluminio coincidía con la rotura.  Me asomé otra vez.  Claridad de claustro materno, bueno, ambiente así, y Yin al fondo, engurruñada en un rincón, su regazo lleno de tortuguitas.  ¿Y Lalka?  Mira dijo Dona, yo voy a convencer a esta loca de que éste no es su cuarto, y a curarle la borrachera, ¿qué tomaron?  Dos o tres cosas.  Y luego vamos a comer algo, si ustedes no quieren yo sí.  Ok, ok, ok.  Sus piernas habían desaparecido, las caderas.  Y no voy a andar sirviendo a la hora que se les antoje.  Voy por Lalka y nos vemos arriba, hipeé.  Y ve pensando cómo tapas este agujero: la voz amplificada, fantasmal, como si viniera del fondo de la tierra.  Y venía.  Yin ¿estás bien?, un cuchicheo ininteligible.

            ... Marañas de nubes se disolvían por el rumbo del Pedregal: jorobados volando sobre la Ciudad Universitaria...

            Lalka estaba en la cooperativa y en cuando me vio comenzó a caminar alejándose.  Mi confianza se desvanecía y recordé a Leticia en el aeropuerto, su cara obstinadamente enojada, igual que esta niña: Amphetamine Annie...  Tenía que hacerla reir para reconocerla mejor.  ¿Sabes por qué son tan bestias los generales?  Continuaba andando, ahora hacia la dirección.  Repetí la pregunta.  No, dijo, los músculos de su cara tensos.  Porque los escogen los coroneles sonreí, y reí con facilidad.  Ella siguió enojada.  Mira, y la tomé del brazo acariciable, sabroso al tacto, casi comestible.  Estábamos frente a los cuadros de honor de fin de año.  ¿Sabes?  Las niñas que obtienen las mejores calificaciones y todo eso.  Silencio.  El papá de ésta es piloto aviador, el de ésta licenciado en la Secretaría de Salubridad, el de ésta gerente de algo exótico, no recuerdo qué diablos.  Seguía el silencio.  Te regalo diez pesos por lo que estás pensando.  En navidad, y dame los diez pesos.  La navidad ya pasó.  ¿Y mis diez pesos?  Luego te los doy.  Por qué no pusieron arbolito de navidad.  Porque se murió Sarro.  No se murió.  Quiero decir que le dio el ataque y al otro día nos olvidamos de todo.  Sí, pero yo digo antes.  Antes de qué.  Antes, como toda la gente.  Cómo sabes que estas niñas tienen pinitos navideños.  Así se usa.  Y por qué.  No sé, así es la costumbre.  Bueno, conoces el departamento ¿ok?, es tan pequeño que si metiéramos un árbol tendríamos que salirnos.  Torció la boca por fin, en disimulada risita.  Además tenemos palmeras.  Sí, pero no están adornadas.  ¿Dices lucecitas, esferas y todo eso?  Sí.  Bueno, si quieres las adornamos.  ¿Cuándo?  Mañana mismo.  Bueno, pero primero dame mis diez pesos...  Y mil frases más de esa calaña.  Además vinieron borrachos, por ejemplo...  Es que aspiramos amoniaco durante dos horas, allá en el sanatorio.  ¿De veras?  Si lo has olido tú te desmayas.  ¿En serio?  El timbre era el de Yin, la cadencia quizás, el ritmo, pero no la expresión.  ¿Qué pasa?  Nada.  Quizás quedé petrificado mirándola, sólo mirándola.  Y ¿ves a esta con cara de hipocampo?  Atacaba de nuevo los cuadritos de honor.  ¿Qué tiene?  Es muy creativa.  ¿Qué?  Es muy creativa repetí; el año pasado encargaron composiciones sobre perros y ella inventó un poodle que fumaba cigarros de veinte marcas distintas y reía de veinte maneras diferentes, sin contar la normal.  ¿Y?  Cómo ¿ay?, ¿no te parece genial?  ¿Qué tiene de genial?  Y ésta preguntó qué diferencia había entre la reproducción del hombre y la metamorfosis de las ranas.  Qué estúpida.  Y ésta tiene una amiga que no sale nunca en los cuadros de honor pero que es muy inteligente, y esa amiga, una niña, claro, de ambientación, que es como decimos aquí preprimaria, esa niñita decía, me preguntó cómo se reproducían los hombres primitivos si en esa época no había doctores.  Qué imbécil, y desviaba la mirada, se sonrojaba; pero la obligaba a enfrentarme, sujetándola ya no de uno, sino de ambos bracitos, obstinado en provocar su buen humor sin que importara el procedimiento.

            ¿No te gusta escribir composiciones?  No.  ¿Odias escribirlas?  No.  ¿Te importa?  No.  Porque aquí había una maestra que imponía muy buenos temas: las pasiones secretas del benemérito de las Américas, por ejemplo, o la verdad sobre la expropriación petrolera,  o ¿estaba circunciso el soldado desconocido?  Que que qué.  Bueno, depende del año en que estés; en primaria hablan de las ranas y esas cosas.  ¿Por qué dijiste había?, ¿la despidieron?  No importa.  Con un solo movimiento rompió mi abrazo y comenzó a caminar.  ¿Volvemos?, ¿no tienes hambre?  Me acercaba lo más posible a ella, hipeé otra vez.  La reproducción de la rana es algo fabuloso.  El viento renació para llevarse parte de mis argumentos: nuestras sombras se confundían.  La señora rana tiene ajolotitos que nacen sin patas y con larga cola; con el tiempo la cola se les va encogiendo y les salen patas y manitas.

            Sudaba al explicar aquellas composiciones de las alumnas de tercer año: patio por todas partes, la alberca al fondo y la luz solar, tímida.  Continuaba.  Luego se desarrollan completamente y se hacen ranas lo mismo que sus papás y tienen ajolotitos; perdón, se hacen ranas y hacen lo mismo que sus papás y tienen ajolotitos, sí, así era ¿qué te parece?  Reparé en la ventana de la recámara de Yin, abierta de par en par; ella y Dona todavía en la piscina, con seguridad, pues no se les veía por ninguna parte; Lalka avanzando delante de mí.  No escuché bien ¿cómo era?  Que los ajolotitos nacen sin patas y con larga cola; pero con el tiempo la cola se les va encogiendo y les salen patas y manitas, y cuando se desarrollan completamente y se hacen ranas, hacen lo mismo que sus papás y tienen ajolotitos que nacen sin patas y con larga cola; pero con el tiempo / Ya, ya decía Lalka, está bien.

            Habíamos llegado a la escalera.  Diablos, había que barrer y dejar todo limpio antes de salir.  Y mi Ulysses.  Lalka desapareció.  ¿No vas a comer?  Al rato subo, gritó a través de la puerta.  Podía espiarla, pero el hipo otra vez, y Yin, a lo peor se descalabró realmente.  Y fui hasta la alberca, tambaleándome de puro gusto, pues lo que es equilibrio lo conservo perfectamente hasta mil decilitros de tequila después, hasta cantidades industriales de coñaquitos, güisquitos y cuanta alquimia cantinera se nos ocurra.  Oh, la alberca defondada comiendo tierra y el sol mirándose el ombligo: la horrísona luminosidad.  Y el sudor, las palabras automáticas de Yin, que como hipnotizada se perdía en su propio reflejo, cuadriculado por los mosaicos, y en la frescura de aquel mausoleo repetía que a su santa madre la llamaban cada media hora para decirle las barbaridades que hacía, y a sus abuelos también, por larga distancia inclusive, y que a ella la traían loca con los buenos consejos.  No crean que ignoraba la fama de Sarro, su afecto por la violencia, el alcohol, sus crímenes probablemente pura mitomanía, y lo que arruga el alma, sabía que todo eso no estaba en absoluto alejado de la verdad, en absoluto.  Y lo reducía a la nada, no permitía intentos de absolución, pero me dejaban una escapatoria una sola, y neciamente impugnaban, perdón, qué estoy diciendo, y sacudía la cabeza, miraba las tortuguitas y volvía a dudar, qué decíamos, en qué iba, ah, sí, ya estaba harta de los malditos consejos, harta, harta, definitivamente harta, y mandé a mi familia de regreso y me quedé aquí, no es que yo importara un silbato, pero estaba loca, me traían loca, otra vez loca, con cuántas palabras hablo Dios mío ¿cien siquiera?, ¿doscientos?  Y Terencio, reclamaba, darling, dime cómo explico que no era nada, que yo sabía de antemano que nunca le importé ni le importaba ni le importaría, pero que él me importaba a mí / El viento sopló por la abertura, un saxofonazo desinflado, y oímos correr la tierra sobre la lona de plástico.

            A Dona le resultaba todo eso demasiado desagradable: se instalaba en su expresión favorita de enojo y veía sin ver.  No es que a mí me gustaran las confesiones, también me sentía un poco molesto, pero teníamos que dejarla hablar guardando un prudente silencio.  Y Yin no desaprovechaba oportunidad.  Meses de silencio y monosílabos que se convertían en una telenovela con teléfonos que sonaban y ¿sabe que su hija anda con marihuanos?, ¿sabe que el amante de su hija mató a mis hijos?  Y no había nadie en la casa, se habían ido todos y ya lo había pensado un poco mejor, esa vez no le abriría dije, y el timbre se retorcía en mi cuerpo, me latigueaba y hacía hervir la sangre, las manos y ya estás grandecita me decías, ya estás crecida, ya puedes respetar una decisión, no puedes comportarte como una recién nacida, se trata de no abrir y basta con eso.  Y ¿si no fuera Sarro? pensaba ¿y si fuera mi hermana que regresó?  Pero el maldito timbre no descansaba nunca y me iba a enloquecer, ya estaba loca de exportación, ya estaba por gritar, se los juro, loquísima, y eso era todos los días, sin contar el teléfono y las llaves maestras, las ganzúas, su fuerza / Y se pasó una mano por la frente como alejando esas ideas de la cabeza y pidió un cigarro.  No tengo aquí dije, registrándome.  Ni yo agregó Dona.  Vamos arriba ¿quieres?  Te tomas un tecito o algo así.  ¿Qué hacemos aquí? y se planteó más preguntas acerca de nuestra estancia, y oh, qué resbaloso, al ascender la pendiente bajo el trampolín, no se me vayan a caer estas moñas y ¿podremos nadar?, ¿cada cuándo la llenan?, y de qué hacen el ron en este maldito país, y qué buenos son conmigo, unas monjas, deveras queridos, deveritas, cómo voy a adaptarme a vivir sin ustedes y con mi gordo allá, encerrado; me gustaría que lo vieran así, todas aquellas huacaleras ancianas que conocían su biografía de memoria y lo que es del carajo, mi número de teléfono, malditas, que todo lo que toquen se vuelva menstruación, y cuánto pagan aquí por una mecanógrafa.  Habíamos llegado a la escalera tubular, con el agujero arriba como una claraboya.  Dona subió primero.  ¿Por qué no seré de aluminio?  Casi cargué a Yin, que arrugaba los ojos y los apretaba porque la luz del día era ácida y corrosiva.  Malditas viejas ¿no?, que la sangre se les vuelva cagada, y la saliva pus, a ellas y a sus hijos y a los hijos de sus hijos, y pucha, qué sueño tengo.  Voy a prepararte un caldito de pollo dijo Dona.

            Llegamos arriba y la abracé de la cintura ayudándola a caminar.  Dona se adelantó y Lalka vino a reemplazarla.  Ve por mis cigarros dije.  Ahorita.  Ve, tu hermana quiere uno.  ¿Qué pasó?  Nada.  Y a Yin ¿te duele la pierna?  Cuál pierna.  ¿Por qué cojeas?  No sé, y se enderezó, pero no dejes de abrazarme dijo, y te necesito muchísimo.  También yo murmuré y tomé su cara de la barbilla que se ajustaba exactamente a mi mano.  Iba a besarla, pero estábamos en medio del patio, que es como decir en la pista del circo, y Dona podía vernos desde la ventana del comedor y Lalka desde su recámara.  Levanté la vista para checar sus posiciones y en efecto, la niñita venía brincando sobre una pierna y con los cigarros.  ¿Sabes cuántos libros tienes?  Como dos mil.  No.  Qué viento gruñó Yin y encendió otro cerillo.  ¿Cuántos crees?  No tengo idea, pero más de mil.  Estás loco.  Chingada madre escupió Yin y arrojó la cajetilla al suelo y los cerillos, que se desperdigaron instantáneamente.  Di un número dijo Lalka y se inclinó, gustosa, a recogerlos.  Mil trescientos.  Di otro para que veas que te doy varias oportunidades.  Mil quinientos ochenta.  Di otro si quieres.  Mil novecientos uno.  Tampoco.  Yin suspiró al alcanzar la protección del quicio de la puerta.  Setenta y cuatro gritó Lalka y regresó contentísima con su botín.  ¿Mil setenta y cuatro?  Qué mil ni qué narices, setenta y cuatro a secas.  Pero no contaste los de las valijas.  Claro que los conté, son cuatro.  Y los que están en tu casa.  También los conté.  Pues no sabrás contar, porque tengo más de mil.  ¿Apostamos?  Lo que quieras.  Diez pesos, aparte de los diez que me debes.  Me siento dura, dura...  Era Yin: había encendido su cigarro y me arrojaba el humo en la cara.  Dame uno, sugerí.

            Doce dijo Lalka, trece, catorce, quince, etcétera, hasta sesenta y tres, uno que tiene Donají, otro que está en tu cuarto, cuatro que van a llevar a la playa y tres que están en casa y dos que tienes escondidos arriba del ropero.  Creo que me disgusté, no podía aceptarlo, no, era imposible.  ¿Valparaíso es muy diferente de Acapulco?  Dona ya se entretenía en la cocina y Yin se derrumbó sobre el sillón, durmiéndose muy pronto.  Y de qué se trata éste.  Ah, es muy interesante.  Y éste.  Ah, tiene un protagonista gordísimo, y el autor dice que es el personaje más gordo de la literatura.  ¿Cómo se llama el gordo?  No recuerdo, pero lo puedes ver aquí, en la portada.  Oh, quiero unas botas así ¿me las comprás con lo que me debes?  Desde luego, aseguré bajando la voz.  ¿Acapulco es muy distinto de Manzanillo? 

            Dona se apoyó en la puerta de la cocina, apuntándonos con un tirabuzón.  ¿Por qué no pegan esos recortes?  ¿Del otro lado?  No, búsquenles un rinconcito dijo, dominando con su voz el ronroneo de la licuadora.  Y entre la curiosidad de Lalka y su buena voluntad, mis miradas constantes a Yin, el pegamento, las tijeras y el olor a comida, nos perdimos entre Kremennaia (URSS) y Tel Aviv (Israel), pues mientras Anastasia Plotnikova se extraía una aguja del pie, el señor Moshé Vardim recuperaba 875 mil dólares en diamantes que le habían robado...  La policía no encontró pista alguna para descubrir a los malhechores, leímos, pero en los suburbios de la ciudad unos niños vieron que muchas hormigas en hilera llevaban piedrecitas brillantes.  Por curiosidad los muchachos recogieron algunas y los padres —lerdos—, al ver que eran gemas avisaron a la policía, quien encontró en el hormiguero la fortuna sustraída...  Anastasia Plotnikova, en cambio, bordadora de profesión, hace treinta años, al hacer un movimiento brusco, se clavó una aguja en la palma de la mano.  Al intentar sacarla se le rompió y quedó la punta de acero dentro de la carne.  Cuando llegó ante un médico, el trozo de aguja había penetrado más.  Tuvo miedo de una sencilla operación y así quedaron las cosas, pero la partícula de metal se deslizaba dentro del cuerpo, y en ocasiones Anastasia sentía piquetes en la espalda, en las costillas y hasta cerca del corazón.  Recientemente sintió un dolor punzante en el talón del pie derecho, se quitó el zapato y vio la punta de la aguja, y con unas pequeñas pinzas se la extrajo ella misma. 

            Viaje fantástico y misterioso rubricó Dona, y su voz ascendió en el aire caliente del comedor junto con el penetrante perfume del tomillo.  ¡Mis tortugas! aulló Lalka y corrió escaleras abajo.  El color le subió a las mejillas, eme, y se llevó las manos a las orejas, i ese te o ere te u ge a ese.  Y faltaba Yin.  Unos minutos más y se incorporará con los ojos sorprendidos, aseguré ante Donají, murmurando quiero agua, rubia arriba de la arrugadísima ropa de luto, o dónde estoy.  Pero perdí, bien pronto perdí, pues preguntó por sus maletas antes de pedir algo comestible, y se conformó con un cigarro que estuvo a punto de encender por el lado incorrecto.  Nos revisó a todos mientras fumaba, como desde atrás de una puerta de vidrio, de una cortina de humo, hasta que empezó a lagrimear.

            Jeremíadas.