Es tan incapaz de lucrar con su arte como invulnerable a las lisonjas fáciles de obtener.  Creemos que se encogería de hombros si Alacrán Azul lo presentase a sus lectores con ese estilo consagrador de literatura publicitaria que emplean las galerías de vanguardia con intención de deslumbrar precisamente a los que en secreto prefieren, a una innovación plástica, cualquier banalidad figurativa, ¡un lindo cromo tranquilizador!, pero que pagan altos precios por lo que no entienden. 

            Córdova es un hombre secreto, metido en sí mismo, un artista genuino, desinteresado, desprovisto de vanidad, un tipo original que no pertenece a una sola escuela ni explota una sola fórmula y que defiende a brazo partido el rico mundo de sus sueños que ha sabido crearse con intuición poética y fervor.  Es poeta irremediablemente quien así saltó las tapias de la realidad y con la transcripción de sus sueños hace soñar a los que son capaces de soñar.

            No conozco la pintura de Armando Córdova, sólo recuerdo una cabeza que me impresionó por la sobriedad de los medios y un intenso patetismo, al pasar distraídamente, hace años, ante una de las exposiciones al aire libre de la Miracle Mile de este desierto que es Miami para el espíritu.  Aquella cabeza me detuvo y leí el nombre del autor, Córdova.

             El artista, que cuidaba con aire distraído de sus cuadros, y yo, entablamos conversación.  Me asombró la agudeza de los juicios de aquel desconocido, la sensibilidad que revelaban sus preferencias y observaciones.  ¡Era alguien, no cabía duda!  Recuerdo que me confortó el ánimo oírle exponer con una integridad que quisiéramos admirar en cada cubano, el único motivo que lo había impulsado a huir de Cuba, declinando proposiciones que le eran ventajosas.  No podía sufrir la vergüenza de claudicar, de vivir bajo un régimen de terror y esclavitud.  Fue de los primeros en la lista de artistas y escritores cubanos que escogieron con dignidad entre someterse y morir de asco o lanzarse a la aventura azarosa del destierro.  Así escribiría más tarde: “quienes olvidan la realidad del gran Moloch antillano y juegan en esta orilla a la indefinición ideológica, deben saber que nos adelantamos a sus tiempos, descendiendo al único reducto de las épocas oscuras: el individuo y su integridad creadora”.

 

No volví a saber de Córdova hasta que Ana Rosa Núñez, que no pierde ocasión de proyectar una luz donde quiera que se encuentre alguno de nuestros valores, me habló de él con viva admiración.  Otros, como Ana Rosa, reconocían su talento, pero recalcaban que era un bohemio que no se preocupaba por darse a conocer, un solitario, un tímido.  ¿Tímido?  La impresión que me había dejado el artista no era de timidez, sino de una independencia irrefrenable, rasgo que lo hacía profundamente simpático y estimable.          
     Al fin un día Córdova vino a verme a mi casa.  Traía en un sobre un montón de dibujos.  Al mostrármelos, sin darles importancia, lo que creí ver de pronto, en la blancura de las cartulinas que pasaba con rapidez, eran manantiales de una oscuridad brillante que brotaban en complicaciones audaces, imprevistas, y en contrastes siempre armoniosos de luz y noche.  Luego, los ojos encantados iban reduciendo a formas precisas, ingeniosas, llenas de gracia y de elegancia, aquellas quimeras trazadas con mano ágil y segura.
 

 

     Córdova no pone bridas a su imaginación; la vigila, y un perfecto equilibrio reina en la multiplicidad de sus temas.  Domina dos valores con tacto exquisito, el blanco y el negro, para representar a los personajes que pueblan el mundo de su creación, genios, duendes barbudos, dioses presentidos o de su propia arcaica mitología, hombres y mujeres en metamorfosis de animales, árboles o flores.  La tinta china en la pluma de Córdova les infunde tal vitalidad que no sería extraño que en cualquier momento, ante la mirada de quien los analice con detenimiento, escaparan del papel y le diesen un susto.  Como le ocurrió a Fernando Palenzuela con la diminuta “Gran Dama de Guaracabuya”, hoy presa bajo cristal, que bailó un zapateo entre sus dedos.  Mas no son perversos y no hacen daño con sus púas y sus flechas tomadas al dios Osain, que acaso Córdova columbró en los años de su infancia en Batabanó, los más felices de su vida, nos confiesa, cuando se internaba en los montes de tierra roja, cercanos a la costa, cruzados de arroyos y cubiertos de guayabos, caimitos y piñas cimarronas.  De esa infancia visionaria vivida en contacto muy íntimo con la naturaleza se advierte en su obra la marca indeleble, y sobre todo en aquellas en que más se afirma su personalidad, libre de influencias ajenas, la añoranza persistente e inspiradora de la tierra perdida.  De ahí el origen de su pasión por las materias vegetales con las que empezó a experimentar desde que era estudiante en la Academia de San Alejandro y le deslumbraron las posibilidades que éstas brindan a la creación artística.  Rinde culto a las palmas reales y aquí sabe dónde ir a recoger las yaguas caídas para convertirlas en ramos de flores, máscaras hieráticas, joyas y retablos en los que graba signos misteriosos.  Esculpe, talla, ama la artesanía.  Todo habla a su fantasía y se presta a sus transposiciones poéticas.  Y escribe y... piensa.  Cuando habla dice sinceramente lo que siente.  Parece que ha hecho suya una máxima clásica y las cosas indiferentes le son indiferentes, no le hacen perder el tiempo.  Una oración estremecida de fe lo conmueve, los sermones lo dejan frío.  Hay algo de misticismo en este hombre que cree religiosamente en la belleza y que sólo a través de ella concibe la salvación.  Es uno de esos casos singulares en nuestro siglo monstruosamente materialista y caótico, que un hombre de su generación cifre su ambición en adquirir “cosas que no son de la tierra”, como decía Baudelaire, y que haga de los valores espirituales el sostén de su vida.  Eso explica su modestia y su orgullo.  Ha conocido el infortunio y la pobreza, la maldad de los hombres y su estupidez, pero nada de esto ha dejado amargura ni frustración en su alma.  Al contrario, la enriquecieron.  Para algunos el dolor, la pobreza se transforman milagrosamente en riqueza, y son estos privilegiados verdaderamente privilegiados, los que pueden como Armando Córdova descubrir tesoros incalculables donde nadie lo sospecha.  Son más humanos, más bondadosos y comprensivos.  Y los que ríen con risa más fresca porque aprendieron a odiar el odio.  Trabaja en la reducida habitación de un hotel que para él toma las proporciones y se adorna con el lujo de un palacio, cuando la realización de un lienzo, de un dibujo o la elaboración de una yagua sagrada lo satisface o un hallazgo le recompensa la fatiga de una dura jornada, porque “trabaja para vivir”, nos dice, “y vive para pintar”.

            Con la excepción del limitado y escogido número de los que tienen acceso de tarde en tarde a su “reino impenetrable” su producción es poco conocida de un público que la modestia del artista priva de admirar.  Armando Córdova, el desprendido, el solitario, que cultiva con maestría el arte hoy un poco olvidado del dibujo, nos ha prometido formalmente y a breve plazo una exposición de sus obras y recoger en un álbum la serie de sus bellos dibujos griegos, de sus sarcásticos “Monstruarios” y de sus fascinantes personajes mágicos concebidos en purar claridades y densas sombras nocturnas.