NACIMIENTO DE UN POETA

 

 

 

Nació en la romántica ciudad de Pinar del Río, Cuba, en 1932.  Así la llamaba Baragaño, y añadía que era el sitio escogido por los ocultistas como el centro de la verdad y de la muerte.  Murió, en un acto de suprema virtud poética, en La Habana en 1962 rodeado de misterios y acosado por los fantasmas de su destino agonizante.  Sabido es que en la preexistencia ya Baragaño había escrito su obra poética, de la que apenas ofrece una simple muestra en este mundo.  En París, así como en La Habana, descubre espíritus que ya había conocido en el principio.  También establece una íntima relación con Rilke (a través de quien se comunica con Dios) que, sin embargo, es interrumpida por un tiempo sólo para reaunudarse aún más vivamente después de la muerte.  Nace, pues, entre analogías imprevistas siguiendo el llamado de las claves prometidas, con los ojos encandilados por la alegoría del sueño, para crecer lentamente confudido por los espejos de fiebre y las combinaciones secretas, azotado por vientos de ciclón amarillo y orígenes espurios, en busca incesante del amor original.  No supo, en fin, conservar el segundo estado y, por lo mismo, estos días cambiaría la vida que le espera ominosamente por la vuelta a la víspera del eterno nacimiento. 

Baragaño entre nosotros

 

EL SUEŇO DEL POETA

Soñó: todos los poetas habían sido citados al Consolidado de la Poesía.  Habló el responsable, Nicolás Guillén.  La situación exigía medidas de control extraordinarias: entre otras, el racionamiento de las palabras.  A este fin, se les entregó una libreta.  Todos los martes allí, en el Consolidado o en la Imprenta Nacional, se servirían las palabras, y los poetas tendrían que acudir con sus libretas.  Palabras como libertad, amor, sueño, vida, laberinto, poesía, nacimiento, amuletos, reino habían sido eliminadas totalmente y no aparecían siquiera en la libreta.  Sólo se leían palabras como revolución, pentágono, milicia, partido.  Despertó y rápidamente se puso en pie, sobresaltado.  Era martes, y se le hacía tarde.

 

 

EL FIN

Había asistido a una reunión de escritores con motivo de la visita de un intelectual europeo.  De pronto, se había acordado que él era Baragaño, el poeta surrealista, el manifestante del Lyceum, el anti-Lezama.  Se había puesto de pie y, con pretexto de las palabras del visitante, había dicho las cosas que hacía tiempo silenciaba.  Habló de la poesía, la creación, la libertad, el sueño, el hombre.  Todos le escuchaban en silencio, y lo miraban más bien tristemente, con ojos cansados.  Vió, sin embargo, que algunos se complacían secretamente con el pensamiento repentino de su caída en desgracia.  Se supo condenado.  No le importaba.  Aquella noche escribiría un largo poema lleno de imágenes violentas, con palabras de belleza convulsiva, como solía poder hacerlo en otros tiempos.  Salió a la calle.  Pensaba en el poema que habría de escribir.  Sentía que la cabeza le estallaba con el esfuerzo que realizaba por sustituir las palabras miserables que habían poblado sus últimos poemas, la poesía de consigna que entonces escribía, con las otras de vasto aliento poético y auténtica riqueza que ahora le ocurrían.  Se le atropellaban las ideas, las palabras, las imágenes.  Quiso enunciar unas de las líneas del poema, proferir las palabras que le venían como en un sueño, decir en voz alta la metáfora de belleza definitiva que había concebido en aquel instante.  La muerte le alcanzó con la palabra libertad atravesada en el pecho.

                                                                       

                                                                                                                V.J.

Foto: Jesse Fernández