ENCANDILADOS

Fausto Masó

                                                                                                      

fausto maso nació en Cuba y reside en Venezuela.  Ha escrito novelas, cuentos, poemas, ensayos y crítica cinematográfica.  Sin embargo, su verdadera vocación es la de eminencia gris de las catástrofes cósmicas.  Hacia ese fin se encaminan sus actividades nocturnas, permaneciendo en éxtasis ante las Torres del Silencio.


Tenemos supermercados, monumentos, aparatos de aire acondicionado, largas autopistas, campesinos hambrientos, norteamericanos, inversiones, periodistas; gente que camina en cualquier dirección, parques, catedrales, fechas, islas, océanos, bosques, exposiciones.  Somos un continente y no tenemos un buen infierno.  Arrancamos diariamente las páginas del calendario, los días se contabilizan como la existencia de granos.  Llueve, abunda la cosecha.  Si hay sequía se preocupa el gobierno.  Se respeta al último ciudadano, incluído en algún porcentaje analizado por un sabio que quiere mejorar su vida.  Por las mañanas el sol se levanta más hermoso en el campo que en las ciudades, ya esto se sabe desde Juan Jacobo.  Por la noche la gente anda con machetes por la carretera.  Se ha divisado una fogata a lo lejos.  El ejército registra los automóviles.  Los pasajeros se inquietan.  ¿Violarán a las mujeres que andan solas?  Es tan fácil imaginarse la escena en la oscuridad entre los matorrales.  ¿Para eso fuimos a la playa?...  ¡Dios mío, vivimos en un continente!... 

¿Y a quién le preocupa entre nosotros el infierno?

            Los visitantes se maravillan del orden en el infierno de los caballos donde las torturas se suceden armoniosamente.  Los relinchos se escuchan sinfónicamente.  Nuestros turistas han arruinado las mejores playas del mundo, confunden lo artificial con lo genuino.  El otro día uno arrojaba desperdicios en una playa de Margarita.  Qué canalla...  Comen sandwiches fríos por ahorrarse unos bolívares.  Era un hombre grueso, de seguro algún médico.  En traje de baño recordaba un carnicero que se sumergiera en una piscina: ¡un carnicero en una piscina! (qué imagen).  Caminaba torpemente como esos ginecólogos que alzan en el aire a los recién nacidos por los pies como renacuajos.

            Semejante tipo no comprende las fogatas que se ven a lo lejos...

            Al menos reconozcamos lo monótono de nuestras postrimerías.

            Nosotros sabemos que nuestras opiniones expresan el amasijo de nervios, huesos, vasos sanguíneos y heces fecales que somos (agréguese tejidos descompuestos, cédulas adiposas, virus, líquido viral, plasma y otras sustancias).

            Los turistas como ese maldito médico, se amontonan en las excursiones detrás de un guía que los lleva al teatro, a un espectáculo inmoral, según el día de la semana.  Abundan los médicos canallas.  ¿Quién no los ha conocido en alguna convención o despojando de los ahorros a una pobre viuda?  Oh los médicos son la sal de la vida. 

            Conozcamos sus hábitos, estudiemos sus diversiones: copular, elegir representantes, cobrar; y podremos decir, conocemos a la humanidad.       

            Los animales irracionales nos han superado (¡derrotados por los brutos sin alma!).  Nuestro infierno nació del furor, y como toda obra ajena a la reflexión ha andado dando tumbos.  Mefistófeles, el bueno, moderniza los tormentos, pasa las horas mirando a la calle desde un balcón o tomando el sol en una piscina.  Se entretiene viendo trabajar a los amoladores de tijeras  y como un maniático colecciona mariposas.

            Viejo lector de Ghandi, ha prohibido que se mate cualquier insecto en sus recientos; cucarachas, moscas, y ladillas se han multiplicado en una proporción superior a la geométrica, esos malditos animales copulan a cualquier hora.

            Hace siglos en un intento heroico, albañiles, decoradores y músicos organizaron las llamas del infierno.  Relucientes láminas de acero inoxidable reemplazaron las viejas paredes de ladrillo.  Delgadas cadenas de oro entretejieron las muñecas de los condenados.  Los periodistas excitados multiplicaron crónicas, análisis y comentarios.  Con un gran martillo se clavó a la entrada una placa conmemorativa y a los pocos años inexplicablemente el infierno decayó en los viejos hábitos.  ¡Qué bochorno!... y nos decimos civilizados.  Lentos quitrines se pasean con avisos metálicos descoloridos del infierno.

            Se escucha por la noche caer las tejas desprendidas por el viento.

            El infierno, el famoso, aquel de que nos hablaban nuestros antepasados, sólo existe en la imaginación de los limosneros, limpiabotas y cuidadores de automóviles.

 

Los condenados viven desordenadamente.  No circula el aire por los pasillos.  En vez de llamas se encuentran cenizas.  Los visitantes se ríen del decorado; naranja sobre negro es la combinación más frecuente, copiada del aviso de un refresco en carretera en el siglo pasado.  Parecen un kindergarten algunos salones del infierno con tantos violetas, rosas y naranjas.  Se han desechado normas elementales de relaciones públicas.  El verdugo llega con horas de retraso.  No hay jerarquías.  Se juega, se bebe y hasta se cobra por ciertos privilegios que mejor no mencionar.  El banco de ahorros pro-fomento de casa propia es un bochorno.  No se puede hablar de beneficios sociales en el infierno; y menos de una mentalidad moderna hacia el empleado.  Y ya sabemos que el capital más preciado de una empresa es el hombre.

            ¿Y por qué no confesar la verdad?

            En nuestra época la hermandad, la justicia, son conceptos para escolares, que desgraciadamente todos los días pisotean las botas del despotismo y de la incultura.  No desesperemos.  Surgen nuevas generaciones.  Grandes banderas desfilan por las calles de nuestras ciudades.  La pintura fresca de las consignas se borra en segundos.  En el infierno la juventud también es la esperanza.  Alguien desde su torre de marfil ha dicho que jamás hemos vivido tan bien como ahora.  Abundan los folletos para los turistas.  Se viaja, se conocen hoteles lejanos.  Nos extasiamos viendo lagos a cinco mil metros de altura.  La medicina avanza, quedan vivos demasiados niños.  La explosión demográfica nos asfixia.  Un vaso alzado en el aire ilumina al mundo, como un camarero vestido de negro, un automóvil que se estaciona y una librería que se clausura.  Los peatones aprenden.  ¿Por qué desesperarse?  Son las seis y media de la mañana, buena hora para amar a este continente.  El infierno mejorará.  Que desfilen los jóvenes con banderas cantando los himnos de siempre.

            Sin ellos, sin su confesión jamás nos llamaremos con propiedad civilizados, seguiremos siendo indios con levita, mulatos, mestizos, la chusma de la tierra, y necesitamos creer en lo que brote de nuestros intestinos.  Leer los clásicos y soñar con nuestros nombres impresos en una cubierta de lujo a un octavo.  Si ellos pudieron, a nosotros, con más imprentas, nos será más fácil.  La historia evoluciona hacia la noosfera.  La civilización barre a la barbarie; y fuertes, convencidos, con el poder de la sinceridad (esta generación ha visto dos guerras mundiales, sólo quiere que no la engañen), con la verdad en un cuerpo y en dos almas, abrimos los ojos a la luz (Goethe).  Se han visto llamas a lo lejos...