EL
ABISMO
POETICO

DE

JEAN PIERRE DUPREY

 

 

Carlos M. Luis        

 

 

 

 

carlos m. luis nació en La Habana, Cuba, en 1932.  Vivio en New York en los años 60.  Ha publicado varios libros de poesía, colaborado en numerosas publicaciones y dictado cursos y conferencias en centros culturales del Sur de la Florida.  Fue director ejecutivo del Museo Cubano de Arte y Cultura en Miami.  Escribe, cuando sus muchas ocupaciones se lo permiten, una Historia del Surrealismo.  Cree en el poder de la palabra sobre las realidades del mundo.

 

El suicidio de Jean Pierre Duprey terminó con una de las carreras poéticas más profundas de nuestro siglo.  Todo suicidio se proyecta hacia una solución que nunca acaece, frustrándose, por lo tanto, en su propio proyecto.  La frustración es uno de los instrumentos que cavan el vacío y ya veremos cómo la obra de Duprey está llena de referencias hacia ese “lugar” que llegó a reclamar el fin de sus días.  Que un poeta de la categoría de Duprey escoja el suicidio como solución (no olvidemos que los surrealistas años atrás ya habían hecho su famosa encuesta titulada “¿Es el suicidio una solución?” [i]) parece ser el síntoma de una desesperanza más radical que la que los surrealistas mismos han indicado.  Quien posee la palabra poética, sólo sintiendo el vacío en la palabra, puede elegir la muerte no como exterminio físico de su persona, sino como la extensión natural de una muerte que ya venía cumpliéndose en su ser.  ¿Pero quién puede comunicarle al ser esa muerte?  Jean Pierre Duprey fue de aquellos que parecían encontrarse frente al panorama de un mundo estéril, incapaces de configurar un sitio habitable, tanto en su sentido físico como metafísico.  La poesía —como lo subrayara Heidegger— “hace de la habitación una habitación.  La poesía es el auténtico “hacer habitar” ...de suerte que si “buscamos en esa dirección el ser de la poesía, encontraremos el ser de la habitación” [ii].  Aparentemente la búsqueda de Duprey no tuvo esa dirección.  Parece que el poeta se detuvo en el instante que la poesía le reveló ese horizonte ontológico, seguramente por rechazo íntimo a las conclusiones que le obligaría a tomar.  En esto la actitud de Duprey nos recuerda a la de un Rimbaud determinado a conducir hacia el reverso de la poesía —Harrar— la muerte de una palabra cuyo peso se le hacía insoportable.  Harrar fue otro proyecto sin solución, otra hipótesis de quien había encontrado lo sagrado de la poesía en su forma más aterradora.  Por eso ante la substancia de lo desconocido se sintieron incapaces de “habitar” y escogieron el suicidio.  Rimbaud renunciando a la palabra, comienza en Aden o en Abisinia el lento suicidio que lo llevaría a morir, en un hospital de Marsella, en medio de sufrimientos atroces.  Fue en definitiva una forma desesperada de no resolver —“resolviendo”— la magnitud de una experiencia espiritual como la suya.  Un Claudel más adelante recogería ese desafío que secretamente guiará sus pasos a Notre Dame.  Pues solamente un poeta sustentado en la fe podría resolver la caída ante la muerte, iniciada en Rimbaud y llevada a cabo por Jean Pierre Duprey.  Es así como parece sugerirlo el padre Jean Danielou en su obra “Escándalo de la Verdad” [iii] cuando dice:

“En el fondo Rimbaud es el único poeta que tomó en serio la muerte de Dios de Nietzsche e intentó erigir experimentalmente una mística del hombre absoluto.  El fue quien acabó de dar a la poesía su carácter de mistificación.  Por eso su obra concierne directamente al teólogo.  Levanta una mística contra la mística.”  

            Expresando más adelante algo que aclara el camino de Claudel y el de Jean Pierre Duprey:

...”La poesía, después de Rimbaud, sólo puede conducir a la cárcel, al manicomio o a la cartuja.  Sólo puede hacer monjes, locos o presidiarios: Artaud, Reverdy, o Genet.”

            Tocado por la fuerza magnética de Rimbaud, Jean Pierre Duprey no vio las posibilidades que desde la caída de aquél se le ofrecían como camino de salvación.  Le faltaba la robusta confianza de Claudel en la Creación, la seguridad de su fe que protegía para él la integridad de las cosas tanto en su visibilidad como en su invisibilidad.  Por eso los surrealistas convierten su carrera para encontrar el “punto supremo” en un acto desesperado al ir rechazando, durante su curso, el valor supremo que les pueda dar aliento.  El contacto de Jean Pierre Duprey con los surrealistas es en ese sentido ilustrativo.  Poeta dotado de un agudo poder de imantación, entró en el dominio de los surrealistas, para encontrar allí una entrega a la poesía, un culto sin tregua a ciertos poderes invisibles, pero sin posibilidad de encarnación, como esos “Grandes Transparentes” cuya aparición Breton anunciara en su “Segundo Manifiesto”.

            El hecho que su primer volumen de poemas así como el último fueran enviados a André Breton, con quien había dejado de tener contacto directo por más de diez años, revela su imposibilidad de salirse del ámbito que lo ampara desde su iniciación en la poesía con “Derriere Son Double” [iv].  Este volumen de poemas, saludado con entusiasmo por Breton, es sin duda uno de los más importantes de la poesía francesa de los últimos tiempos.  Por lo que dice y lo que revela constituye el testimonio apasionante de un espíritu (que aún no había alcanzado la veintena) obsesionado por la idea de las tinieblas que nos rodean.  Es cierto que los términos “vide”, “gouffre”, “abime”, habían pasado sobre todo a partir de Víctor Hugo (recordemos su famoso verso “J’interrogue l’abime etant moi-même gouffre”) a ser tópicos de una cierta retórica ajenas a sus verdaderos significados.  Mas en Duprey recobran su revelación.  Como también en poetas de la categoría de Artaud, Michaux, Daumal, Gilbert-Lecomte, con quienes Duprey guarda más de una afinidad.

 

Para rendir cuentas de su visión de las tinieblas, Duprey se inclina a la práctica y a la expresión de un cierto humor negro que llevó a Breton a incluirlo en su famosa antología.  Pero un poeta de veinte años que escoge las vías de ese humor para expresar lo que por el humor sólo no puede resolverse, pues ve:

“...abrirse un hueco bajo los pasos de Quien busca trepar, subiendo hacia lo alto, él desciende a lo profundo...” [v]

no está precisamente dentro de la línea corrosiva que Breton le imprime al humor negro.  O al menos si lo está (en su caso sería autocorrosiva) es basándose en un rechazo anterior —rechazo que ha llevado a tantos surrealistas a la locura o al suicidio— de las consecuencias últimas que exige escribir ese poema.  ¿Por qué ese “Quien” en mayúscula, y esa profundidad?  ¿Será acaso uno de los “dobles” que persiguieron al poeta durante toda su vida, como los “grandes transparentes” a Breton?:

“...ellos vienen, ellos vienen!  Sus colores clavados en el agua, sus imágenes escondiendo los espejos, sólo una ausencia los encarna, y una presencia los desencarna!” [vi]

            Quizás sí sean esos dobles.  Pero puede ser también que ese “Quien” sea Quien descendió, ascendiendo, a las profundidades del abismo para terminar con el reino de las sombras.  La fuerza expresiva de los Evangelio Apócrifos nos relatan la llegada de Jesús a los infiernos y de cómo “todos los antros oscuros del infierno fueron iluminados” y cómo después Jesús “agarró por la coronilla al gran sátrapa Satanás y se lo entregó a los ángeles, diciendo: Atadle con cadenas de hierro sus manos y sus pies, su cuello y su boca.  Después lo puso en manos del Infierno con este encargo: Tómalo y tenlo a buen recaudo hasta mi segunda venida” [vii].  Esa lucha entre las fuerzas de la Luz y las Tinieblas, el viaje abismático del Hijo del Hombre hacia las sombras, ha tenido que depositar su semilla no sólo en el pensamiento religioso, sino también en el poético.  ¿No será, por lo tanto, el verso de Duprey, un reflejo de aquel acontecimiento?

            Es así como esos “dobles” están generados en la fuente de su ser con una fuerza proyectiva tal que los hace encarnarse frente al poeta en una forma alucinada, pero no menos real por ello.  También ocurre así en Rene Daumal o Roger Gilbert-Lecomte, donde la presencia del doble está ligada a la muerte (como lo estuvo también para Duprey):

                        “Quien vea su doble frente a sí debe morir” [viii]

                        “Es a mí a quien hablo y mi doble me mata” [ix]

            Como vemos por estos ejemplos, la situación espiritual de Duprey tiene su correspondencia con la de otros poetas que llevaron a cabo una experiencia similar a la suya.  El surrealismo, por otra parte, no podía satisfacer en su último grado, el ansia de absoluto que movía a estos poetas hacia un más allá envuelto a veces tras las nubes de cierto esoterismo, menos estético que el de Breton.  De ahí que todos ellos, aunque cercanos a él mantuviesen su distancia con respecto a su grupo para entregarse a una aventura solitaria, causante del fin de sus vidas por la droga, la enfermedad o el suicidio.  ¿Será entonces la muerte la ausencia que encarna a los dobles, esa especie de espíritus mediadores?  Mas para asirlos, estos poetas, carentes de fe en el misterio de la mediación, dan un salto hacia zonas que están fuera de su control.  Cuando arriban a ella no encuentran a la realidad esperada.  Por el contrario, allí en esa zona, lejos de verificarse la realidad de sus sueños, una presencia fría y lejana de estatuas les brinda:

“una piedra blanca, demasiado blanca, demasiado lisa, y supe que era la matriz del vacío” [x]

            Una piedra blanca... nos viene a la memoria ese pasaje de los comienzos del Apocalipsis donde el Apóstol menciona:

                        “una piedrecita blanca, y en ella escrita un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe” [xi].

 

Entre ambas piedras, la que lleva el nombre desconocido y la que es matriz del vacío existe una relación evidente.  Al rechazar Duprey el nombre escoge el vacío de manos de quien le entrega esa piedra blanca como símbolo eucarístico, o sea, sacramental.  La encarnación del Verbo es rechazada a cambio del vacío que la estatua, simulacro de lo encarnado, le ofrece.  La piedra blanca, además, daba entrada en los banquetes públicos a los vencedores de los juegos.  Duprey como poeta tenía derecho de entrada a ese banquete, mas no acepta el convite, quedando “afuera” en las tinieblas del vacío como aquellos otros invitados al banquete del rey en la parábola de Jesús.

            Creo que este rechazo ilumina retrospectivamente toda la obra de Duprey.  Al no poder aceptar el diálogo, quien verdaderamente le entrega la piedra se convierte en estatua y la piedra en vacío.  Es el resultado de la pérdida de un estado de “encantamiento” que ocurre dentro del cristianismo, pues o bien todo está amparado por la Palabra o por el Silencio.  Si lo primero, presenciamos cómo las cosas cobran vida, moviéndose en un dominio de aceptación poética porque “La vida era la luz de los hombres” [xii].  Mas el apagamiento de esa luz es el silencio de la palabra.  A partir de ese silencio es posible la aparición de la muerte y su encarnación como un “doble” que comienza a rondar los pasos del hombre.  Porque la muerte, en el dominio de la Palabra, carece de victoria mientras que en su silencio el “vacío se amplifica” y las “cosas cambian de dirección y la tierra de aventuras” [xiii].

            ¿Hacia donde nos conduce esa aventura?  Todo parece indicar que en el caso de Duprey lo llevó un día, después de enviar sus últimos manuscritos a André Breton, a colgarse de una viga de su estudio.

            ¡Extraña elección de un hombre que acababa de hacer entrega de unos poemas!  ¿Por qué no destruirlos?  En ese acto vemos una voluntad de desafío (y, por lo tanto, de continuar viviendo) de alguien que no acabó de ver su verdadero destino.  Porque es cierto que existió en Duprey una rebeldía y una desesperación legítimas, como lo viera Alain Jouffroy en su introducción a la “Fin et la Maniere” pero a diferencia de éste creo que las raíces de su desesperación se encuentran en otra parte, quizás si “junto a la espina clavada en la historia del mundo” que mencionara en uno de sus poemas.  El poema a que este verso pertenece merece ser citado en su integridad:

 

                        Una mano de rosas clavada sobre un objeto negro...

                        ¿Qué queda, qué queda?

                        Del cielo sólo un gran tejido ajado de espectros y

                        los ojos que sólo colman las órbitas del vacío.

                        Una araña desplaza la noche, es el sueño de una muerta

                        La araña lleva en sí el sexo abierto de la noche y sus

                        hijos irán a ennegrecer el sueño de los vivos.

                        Un paso secreto cierra el túnel del silencio

                        y la estrella palidece.

En la cámara nupcial, es la cultura de los corazones negros.  Loreta...  Olim perseguidas por sus sombras.  La balanza se inclina hacia el lado del abismo.  A todo lo largo de los muros se encienden los candelabros que no alumbran, sino reflejan los ojos de los muertos, los habitantes.

—Y ahora a toda marcha—ordena el caporal espectro.  ¡Cuidado! una profundidad de subterráneo, una llamada de lo que esté debajo del mundo hace caer la sonda hacia las Sombras de lo Anterior.

¡Una llamada interminable!  Es la respuesta de las campanas del vacío, a las campanas del vacío, al vacío bajo campanas...

El hoyo-escotadura en pleno corazón de la vida.

¡Oh la espina clavada en la historia del mundo! [xiv]   

 

            El tétrico espectáculo de este poema nos da una idea del clima donde se desenvuelve la interioridad del poeta.  Si Jouffroy, desde su punto de vista, tiene la razón —así como Breton— en ver a este poeta como quien frente a las palabras del Génesis escogiera su contrapartida:  ¡Que las tinieblas sean! es sólo porque ambos no pueden o no quieren ver que esa invocación a las tinieblas está demasiado cercana no a la negación del Génesis, sino a la muerte de quien clavó su espina en medio de la historia.

 

La lucha interior de Duprey es, como la de todos los grandes poetas que han conjurado con la misma fuerza el dominio de lo negro, una lucha de índole religiosa.  No puede sino ser entendida en la tensión de lo religioso.  Un poema como el que he citado anteriormente demuestra por los temas que trata que el espíritu de Duprey se encontraba anegado en la impotencia de vencer la presencia de los dobles, pero que al mismo tiempo poseía lucidez suficiente para comprender que su impotencia lo arrastraba hacia el vacío.  Así quedó prisionero, a pesar de su “llamada interminable”, en las sombras de lo anterior.

            La obra de Duprey representa uno de los instantes más excepcionales de la poesía contemporánea.  Una obra como la suya pertenece a un género demasiado cercano al centro de la vida para alejarla en antologías.

            Creo que en Duprey van a parar toda una serie de dramáticos acontecimientos bifurcados, a partir de Rimbaud and Lautréamont, en dos direcciones principales que merecen estudio aparte.  La primera, la que continuó lo que estas obras testimoniaban como un intento para crear lo que Michel Carrouges ha llamado “una mística del superhombre”.  La segunda, la que intuyó escondida en ese intento, el latido de un verbo que pugnaba para expresar el estupor del hombre de encontrarse a solas frente a Dios.  Entre ambos caminos Duprey perdió su sentido de dirección y fue arrollado por sus dobles.  Si hubiese visto a tiempo la dirección del verdadero camino no se hubiese topado con esos espejos “demasiado poblados donde ya no veo nada”.    

 



NOTAS

[i] Ver “La Revolution Surrealiste” 1925, No. 2, Págs. 8-15.  (Esta revista así como “Le Surrealisme au Service de la Revolution” ha sido reimpresa
por Arno Press, New York, 1969).
 

[ii] “L’Homme Habite en Poete”, Essais et Conferences, Paris, Ed. Gallimard, pág. 277.

[iii] Jean Danielou, Escándalo de la Verdad, ed. Los Libros del Monograma, Madrid.  Págs.

[iv] Jean Pierre Duprey, Derriere Son Double, 2ª Ed. Le Solel Noir, Paris, 1954.  A esta obra le siguen sus poemas inéditos La Fin et la Maniere
publicados por la misma editorial en 1965.  Una obra dramática de Duprey, La Foret Sacrilege, está también anunciada pero aún no ha sido impresa.

[v] Derriere Son Double, pág. 40, en “La Nuit Prise comme Profondeur”.

[vi] La Fin et la Maniere, pág. 119, en “Sante Noire”.

[vii] “Actas de Pilatos” en Evangelios Apócrifos, Bibliotecas de Autores Cristianos, Madrid, págs. 477-478.

[viii] “Testament” par Roger Gilbert-Lecomte en L’Eternité En Un Clin D’Oeil, Gallimard, Coll. Metamorphoses, pág. 56.

[ix] René Daumal, “Poesie Noire, Poesie Blanche” en Breve Relation sur la Mort et le Chaos, Paris, Gallimard, pág. 79.

[x] La Fin et la Maniere” en “La Lune de Sel”, pág. 80.

[xi] Apocalipsis 2:17.

[xii] San Juan 1:4.

[xiii] La Fin et la Maniere” en “La Lune de Sel”, pág. 79.

[xiv] La Fin et la Maniere” en “Rose Des Cendres”, págs. 70-71.