raimundo fernandez bonilla nació el 5 de septiembre de 1931, en Guantáamo, Oriente, Cuba.  Poeta, historiador y ensayista ha escrito y publicado obras de géneros diversos.  Acerca de sus trabajos sobre la historia económica de su país, piensa que antes que obras de ciencia, constituyen, más bien, poemas épicos, en cuyo ámbito combate, solitario, al mal.  Hay una peculiar sabiduría en esta épica que nos enseña que allí donde la poesía penetra, la ciencia hace el ridículo.  No hace mucho publicó un estudio sobre “El Estebanillo González”, que lo ha hecho célebre.  Sigue opinando que los clásicos más importantes de la literatura en lengua inglesa, a este lado del Atlántico, son Maxwell y Kenneth Robertson, creador de La Sombra, el primero, y de El Hombre de Bronce, el segundo.

Raimundo Fernádez Bonilla

 

ISLA
DE ELEGIAS

 

C a n t o  I

 

Alamo ese desdoblado en su tienda de milagrosos vapores.

Alucinación repentina como agujas líquidas de espejos en su tallo marino.

Móvil para ser roca.  Fija para ser balsa.

Escala que se interna por la senda infinita de la pupila.

Bestia desde el diamante.  Ala desde el granero.

Oro en la invisible uña que señala sus mástiles secretos.

Elástico no fueras si el susurro que tiende su cuerpo significara el alba.

Mas, ha tiempo remontaste la mitad de la noche... y, sin embargo, no es aún lo peor.

El tiene un camello de plata en el fondo del río del idioma...

Y desde allí respira... y se dirige a nosotros y a nuestro pesar nos habla.

Castillo transparente en el centro pluvial de tu reposo.

 

Escena infatigable, inadvertida sobre el ceño ladeado de un solitario rasgo.

Todas las palabras naufragan en tu boca, donde el instante más alto no penetra ni tiembla ni

[musita.

Alamo sin ninguna identidad; álamo acaso.

Te abres si en cántaros ingrávidos habitas.

Te cierras en la clara señal de la isla.

Pero la isla es otra cosa ya... es otra cosa...

Es anochecimiento que avanza cada vez más hacia la noche.

Tal vez alcance a ser tiniebla; pero aún no; tal vez no.  Porque no obstante aún no ha llegado lo

[peor.

Después de la mitad de la noche, todo ha huído.

El destino ensímase negándonos el plástico fuego de lo helado.

Más allá de una vegetación celeste que nada oculta y que a nadie asombra ni alimenta más.

Aquellos animales de luz se nos han desvanecido en la sangre del alma.

Nadie advierte que sus rastros no iluminan, ha tiempo, la soledad creciente de la casa del hombre.

Sin embargo, no es aún lo peor.

 

 

C a n t o  II

 

Ascuas de albas maneras te avecindan, circuncidan tu brillo.

Aguardan sus paletas malignas y embridan los testículos de fuego

para el artesano que asciende desde el trigo, oh Buey.

En tu carne amarilla multiplican los dioses del tiempo las barbas donde pace el engaño.

Doran en la brasa ululante las astas de obscuro viento alimentadas.

Vidrio es el rayo de tu aliento poderoso; tu corazón de alondra se diluye en los ácidos de

[un antiguo barniz.

El cuchillo es el alma de los dioses del tiempo; es la noche la sangre de los profetas de ahora.

Las máquinas golpean las chispas de tus ojos: desean fabricarte un

monigote nuevo, sacrificarte a un flamante fetiche, oh Buey.

Mientras los fabricadores cambian el color de la hierba: rojos

yerbajos tus glóbulos empastan las hojas de la tierra.

No sirve el hombre viejo, ¡el único hombre!

Tu rabo es devorado por los tiempos, oh Buey.

En larga mesa dos dialogan.  Tu piel concede gravitación a un diálogo que en vez de ascender

[se abisma en tu sangre.

Ya es imposible soslayar su color.  Hace tiempo que la yerba expele un vaho viscoso.

Hoy también las fábricas fabrican la libertad, como fabrican nuevos

dioses y hombres nuevos, a la medida de la sensibilidad del tiempo,

de la tiniebla inundadora, oh Buey.  Sensibilidad y tiniebla, un solo

canto, una sola oración hacia el subsuelo.  Farragosa liturgia este

hipo monótono del tiempo, degollador de liturgias.  Seis “libertades”

al umbral, que no lo son.  Seis “mujeres” a la gracia que no tienen.

Seis “hombres” que no se hallan para el hombre.  Es la señal.

Todo ha envejecido para siempre, oh Buey.

 

 

C a n t o  III

 

“Me voy como quien se desangra...”

(Don Segundo Sombra)

 

Un nuevo fabulario respira devorando el oxígeno contaminado.

Canta el monstruo nostálgico su atrayente elegía.

El mundo ya ha pintado su dragón necesario mientras despide el humo de cetáceos antiguos.

Dios, si fue pez, o salvaje paloma, ahora es miés infinitamente seca.

Sin embargo, esa miés, dispersa como el polen en las playas celestes,

revuelta como el polvo del desierto terráqueo, nos depara, todavía, el sostén.

Es cadáver fresco de cuya carne radiante aquí nos regalamos.

Es un río ascendente; un océano en marcha hacia el poniente.

Es la fruta cuna de todos los peligros.  Inventor de las crónicas del hombre, del mito en que

[se ha muerto él mismo.

Inventor de la historia de su muerte: es el tiempo de ahora el tiempo de ese mito.

El es el poderoso fulgor del mito funerario alrededor del cual danzamos

nosotros, hombres de hoy, como si fuera en torno a una hoguera gigantesca.

Se te ha ido de tus cauces fluviales la maravillosa linfa nutridora del cosmos.

Es que te has desangrado en nosotros.  A punto estamos de estallar por tu sangre que ha

[crecido en nuestra alma.

Tu sangre ya no nos cabe en el cuerpo e inunda nuestra alma.

Te has muerto de alimentarnos.  Morimos de tu alimento.

El mundo se fascina con su dragón pintado, con su monstruo cantante.

Sombras de aguas eres devenida tu sangre inmensa.

Muralla agitadora de semillas brillantes

Llega tu sangre a transparentarse e, incandescente, se alza como una

piedra transida en medio del vacío con cegadora luz.