2 CUENTOS

 

LEONARDO 

 SORIANO

 

leonardo soriano toma dictados lo mismo en inglés que en español.  Como taquígrafo prefiere el sistema Gregg, de la primera época.  Su velocidad en la máquina de escribir es de 50 palabras por minuto.  Esto tiende a disminuir, desde luego, por los imperativos de la edad, aunque siempre con la garantía de un trabajo limpio y bien presentado.  Según ha dicho en “El Detalle” puede encontrarse una importante clave; “La Invasión”, por su parte, entronca perfectamente con la mejor tradición de cuentos que terminan tan pronto empieza a llover.

 

“EL DETALLE”

 

                                     

       

Al morir por la explosión del obús, el soldado tenía, bajo sus medias de lana, un par de medias más finas, para proteger la epidermis del roce continuo de sus botas de campaña;

había corrido un agujero del cinturón, para que no le quedaran demasiado sueltos los pantalones, ahora que había adelgazado;

y se había cerrado el primer botón de su camiseta, pues ya empezaba a sentir un poco de frío en aquella época del año.

 

“LA INVASION”

 

 

Aquel grupo de hombres que se bañaba en las duchas de la playa se sintió tan fuerte en su desnudez que salió a conquistar el mundo.  Efectivamente, con gritos estentóreos abandonaron las duchas y se abalanzaron sobre la inerme playa, la que prontamente dominaron.  Ese fue el principio; después de someter a las otras personas a los dictados de su desnudez, los hombres siguieron a la calle hasta apoderarse primero de una manzana de casas, después de la barriada completa, a continuación de todo el reparto y finalmente dominaron por entero la ciudad.  Tal como hicieron antes en la playa, hombres, mujeres y niños, sin excepción, tuvieron que rendir tributo a su desnudez.

        Como a medida que avanzaban se sentían más fuertes, no tuvieron ningún reparo en apoderarse de las ciudades cercanas, que fueron tomadas en un mínimo de tiempo.  Una necesidad crea la otra y así pronto la ola invasora se extendió hasta abarcar tres provincias, ocupadas sin la menor resistencia, ante el terror sobrecogedor de sus habitantes, que impedía cualquier posibilidad de defensa.  Fue cuestión de días para que las restantes provincias cayeran en poder de aquellos hombres y para que todo el país se sometiera a los dictados de su desnudez.

        La necesidad de conquista rara vez reconoce sus propios límites y así no pasó mucho tiempo antes que los invasores cruzaran los mares y abarcaran otras tierras cuyos habitantes los esperaban resignadamente instalados —alguien diría que hasta con cierto confort, inclusive— en su conformismo, prestos a la entrega total.  A un país fue siguiendo otro con notable precisión hasta que después de la conquista del último, una nueva paz, más estable y duradera, sobrevino en el mundo.  Era el triunfo de la desnudez presentida.  Creo que fue entonces cuando comenzó a llover.