La obra original de Alfredo Lozano

 


Ser original es volver a los orígenes.

Antonio Gaudí

 

La escultura, en sus orígenes, estaba fuera de las fronteras del arte.  El Arte (con mayúscula) no existía; el escultor era mirado con temor reverencial por los miembros de su comunidad: se consideraba que sus ojos eran capaces de percibir a los dioses.  En el origen, repetimos, toda escultura comparte las esencias de lo sagrado.  Así lo entendieron los pueblos del alba y esta lejana visión perdura en nosotros.

            Al apartarse de lo sagrado, la escultura griega puede considerarse como un descenso, a pesar de su maestría en el ámbito técnico.  El cristianismo volvió a tomar el sendero de los dioses: los trabajadores que moldearon las grandes figuras de las catedrales no consideraban sus esculturas como obras de arte.  Al disminuir la influencia religiosa en la vida del hombre, la escultura optó por la vía social y las superficies del mero adorno.  Llegó así hasta nuestro siglo en avanzada posición estéril.  Era necesario una inmersión en las encantadas aguas de los inicios.

            “Todos somos hijos de Brancusi y de Henry Moore” —me dijo Lozano recientemente.  Las esculturas del rumano Brancusi constituyen un universo donde los dioses vigilan los pasos del hombre.  La misma actitud sacerdotal de Brancusi respecto a su obra nos brinda la llave para su comprensión.  El progresivo alejamiento de toda similitud con el mundo real para ir penetrando el reino de las esencias desemboca en el puro regocijo del vuelo del ave.

            La obra de Henry Moore no ha llegado al final de su parábola: cualquier punto de esa trayectoria puede dar inicio a una nueva escuela.  Desde la idea de lo monumental hasta la percepción del vacío dentro de la misma escultura, su investigación no ha cesado de brindarnos sus hallazgos y encantamientos.

 

Alfredo Lozano intuyó estas verdades desde muy joven y toda su obra ha de ponerse bajo el signo de la búsqueda de lo original.  Sus últimas esculturas forman parte de un mundo propio que el escultor nos va revelando en silencioso ritmo alucinado.  Sobre estas esculturas, abiertas a la interpretación delirante, es posible escribir cualquier cosa.  O abismarse en la contemplación de sus detalles y permanecer en silencio.

 

            Sabemos, a partir de Baudelaire, que las interpretaciones de una obra de arte son infinitas y contradictorias; que una interpretación aniquila las otras.  Por eso preferimos que esta nota no sea más que uno de esos cohetes que iluminan las grandes extensiones antes de las batallas.

            La batalla, en este caso, es entre el escultor que propone su obra y Ud. que la contempla.  Batalla enigmática en que siempre hay dos vencedores o dos derrotados, según Ud. comprenda lo que está ante sus ojos o decida pasar de largo.  Brindemos por la victoria!

            Realidades: ALFREDO LOZANO nació en La Habana.  Ha cursado estudios en México y los Estados Unidos.  En su país natal obtuvo tres veces el Premio Nacional de Escultura.  Salió de Cuba en enero de 1967.  Residió tres meses en Miami y desde abril del mismo año vive en San Juan, Puerto Rico.  Ganó en 1969 la prestigiosa beca Cintas.

 

                                                                                                            J.A.A.