Todo lo que está aquí

—dice la boca del sabio

señalando con un dedo

el ojo de su corazón—

está igualmente allá.

 

Y en las horas

que los dos pasaban 

en aquel cuarto pobre

abrazados a la flor

del amor desnudo

de improviso bebían

la ebriedad de ser

sobrevivientes únicos

en una tierra que renacía

por abolida.

 

A las horas de siempre

y jamás que en el pobre

cuarto aquel

los latidos de los dos

convocaban

la entera raza del arca

acudía, antiguos animales

y mariposas, árboles

de olor, hombres en sombra

y piedras de fuego,

llegaban, se los oía

respirar hondamente,

rescatados.

 

Y lo que no está aquí

—dice la boca del sabio

señalando con un dedo

el corazón de su mente—

no está en parte alguna.

 

Pero dígase también

que todo aquel que atravesando

una ciudad o un campo

o detenido mirando la lluvia

espectral del tiempo

por piedad hacia lo otro

es capaz

de llorar calladamente 

sobre su más honda felicidad,

ése consuela

al mundo que no lo conoce

ni lo ve, pero lo siente,

su secreto beso reconcilia,

ése es santo.

 

 

H. A. Murena