MI

AMIGO

BARAGAÑO

Vicente Jiménez

 

Yo conocí a Baragaño en el verano de 1955, con ocasión de un debate público en la Universidad de la Habana en torno al tema del arte y la sociedad, donde se exhibiría una película basada en un relato de Faulkner.  Curiosamente, sin embargo, se había anunciado que la discusión sería sobre el tema del arte y la realidad.  Poco después de empezado el debate, Baragaño se pondría de pie y comenzaría, imperturbablemente, a enumerar los elementos de la realidad —con énfasis, por supuesto, en el más importante, el sueño.  Así, citaría a sus amigos de París, a quienes nadie conocía, y también, claro está, a los surrealistas de antología para halagar algún que otro oído medroso entre el público.  Más tarde se sentaría, inquieto, para casi inmediatamente erguirse de nuevo a poner las cosas en su lugar.  Quería, sin duda, que le entendiesen pero, al mismo tiempo, se le veía molesto con la estupidez de los panelistas—críticos de cine o periodistas, casi todos—, tal vez cansado como aquel que sueña que es Demóstenes, mas, no obstante, secretamente divertido con la absurdidad del empeño.

            Vuelvo a ver su brazo extendido, el cuerpo ligeramente echado hacia atrás, la cabeza erguida con el mentón señalando a su pobre víctima; vuelvo a ver cómo, de cuando en cuando, mira a ambos lados, bruscamente, como para sorprender al enemigo; vuelvo a oír su voz mediocre, más bien extraña, como extraída de un sombrero; vuelvo a ver sus ojos que se miran a sí mismos; vuelvo, en fin, a escuchar su risa corta como de niño triste y a contemplar, minuciosamente, sus dientes pequeños en perenne sonrisa cargada de misterios y goce secreto. 

            Luego seguí a Baragaño y sus amigos, de cerca, sin saber aún quién era, a ver si podía descubrir las claves secretas o escuchar siquiera, por descuido, la palabra de pase.  Mas pronto mi presencia fue observada y se me empezó a mirar con sospecha, por lo que decidí que la proximidad era acaso peligrosa y, prudentemente, me alejé.  Al otro día, indagaría entre mis conocidos que habían asistido al simposium y alguien me diría su nombre con aire inocente, más bien desentendido como quien no quiere saber nada.  No pasaría mucho tiempo sin que el azar, acaso, hiciera que me encontrara con él en una librería.  Ya había aparecido El Amor Original, y yo hojeaba un ejemplar cuando observé que se me vigilaba.  Cuando supe quién era demoré el acto de examinar el libro cuanto pude, en tanto que trataba de imaginar con gozo qué pensaría el poeta mientras esperaba mi decisión.  Al fin, me le acerqué con el libro en la mano y me presenté, señalándole en qué ocasión lo había visto por ver primera.  Me recibió con desconfianza pero también con entusiasmo.  Así se inició mi amistad con Baragaño.

            ¿De qué hablamos aquel día?  Para empezar, del azar; sobre la poesía y los poetas, política y revoluciones, Cuba, el arte, Europa.  Ya habíamos abandonado el establecimiento donde quedó acordado que yo no comprara el libro sino que él me obsequiaría con un ejemplar en otra oportunidad.  Caminábamos por la calle O’Reilly; entramos en un café a tomar una cerveza.  Allí su atención se fijó en una vendedora de billetes, a quien Baragaño insistía en que debía retener todos los números ya que, él lo sabía, uno saldría premiado.  Seguimos, y, de pronto, al pasar por otra librería me hizo un gesto apresurado indicando la presencia de Lezama Lima; entramos —Baragaño se acercaría a Lezama, tomaría un libro en sus manos y comenzaría en seguida a emitir comentarios en voz alta sobre la poesía y los poetas en Cuba, a lo que Lezama replicaría con un acto de escamoteo magistral al desplazarse casi inadvertidamente hacia el interior del establecimiento, adonde sólo ciertos clientes podían llegar.  Partimos, riendo calladamente.  En particular, recuerdo cómo Baragaño aquel día deploró el que en Cuba no pudiera realizarse una revolución jamás ya que no existían clases lo bastante definidas como para que el ataque a la burguesía dominante pudiera articularse felizmente.  Citó la clase militar, la nobleza, existentes en cualquier país europeo en tanto que en Cuba o no existían o apenas podían aislarse eficazmente.  Cuando partió se encaminaba hacia el mercado de Carlos III a comprar frutos de la tierra.

 

Poco tiempo después yo le visitaría en su apartamento del Hotel Palace, donde me mostraría con cautela sus últimos poemas: tres poemas experimentales, como él los llamaría — Un canto de amor humano, Alucinaciones y Libertad, mi eterno nacimiento (este último, por cierto, sería revisado más tarde y publicado en los días de la revolución como, simplemente, Eterno nacimiento: él explicaría esto alegando que no quería provocar las iras revolucionarias al sugerir que la libertad, para él, era más que otra cosa experiencia íntima o aventura personal).  Asimismo, me permitiría llevar conmigo aquel día dos relatos que había escrito mucho antes.  Uno, en parte autobiográfico, contaba los días de París en que el poeta se estudiaba a sí mismo durante el proceso de la invención poética y visitaba asiduamente las librerías donde solía encontrar al espíritu de Artaud, con quien discutía puntos de vista sobre la vida o el arte.  El otro relato tendría para mí más tarde una significación especial, ante el espectáculo desconcertante del poeta en trance de adaptación revolucionaria: describía la experiencia de un intelectual, quizá escritor o profesor universitario, que organiza y estructura un movimiento político que a través de la acción revolucionaria pone el poder en las manos del pueblo, que conoce la popularidad al lograr el reconocimiento público de sus esfuerzos en pro del bienestar social, para terminar, sin embargo, en una celda, prisionero de su propia gente y víctima de la revolución, donde reflexiona sobre el absurdo de su vida en tanto que observa, a través de la ventana, el muro ante el cual en la mañana su cuerpo será traspasado por las balas.  Luego, Baragaño me dedicaría un ejemplar de Cambiar la Vida, “en memoria del que fui” y, por supuesto, una copia de El Amor Original, “entre los iniciados pocas palabras bastan”.  Conversamos largamente: sobre Lautréamont, Hérold, Lam, el anarquismo, Marx, Peret, Magritte, Horace Walpole, Max Henríquez Ureña, la Epístola Moral a Fabio, la fuerza en la poesía.  Quiso saber de mí.  ¿No estaba yo asociado con nadie?  ¿con ningún grupo? ¿era cierto que yo no escribía?  ¿Cómo, entonces, me había iniciado?  Creo que nunca penetró el misterio.

            Una noche, más tarde, coincidimos en el Palacio de Bellas Artes, con motivo de una charla por Guillermo de Torre.  Allí conocí a Cabrera Infante, quien se burló de don Guillermo durante toda la noche hasta casi lograr que nos echaran.  Luego, nos sentamos en el aire-libre de 23 y 12 hasta bien entrada la madrugada y, de este modo, asistí al espectáculo singular de Cabrera y Baragaño dando rienda suelta a la imaginación y la palabra, inventando temas posibles para Borges, Kafka, Breton; Baragaño atacando, como siempre, el interés absurdo de Cabrera en el cine y los cuentistas norteamericanos, y Cabrera, por su parte, acosando al poeta y embistiendo la poesía con pie firme y candor exquisito.  Una minuciosa teoría del universo quedó allí expuesta, el proceso de la creación artística examinado cuidadosamente y definido de una vez, y la solución de todos los problemas del mundo enunciada solemnemente.  Para mí, fue una noche memorable.

            Pasó el tiempo.  Ahora vive en La Trocha y pasa sus noches en el café El Jardín donde logra, de cuando en vez, tomarle algo a un amigo o comer en compañía de gente reciénvenida.  De allí salimos una noche a buscar en su apartamento, en La Trocha, el libro que un mediocre poeta joven ha osado enviarle, con una cursi dedicatoria, el cual ofrecemos en sacrificio a los dioses apócrifos de la poesía y contemplamos, con alborozo infantil, cómo es extinguido por las llamas.

            Supe después que se había marchado de Cuba.  Ya no vería más a Baragaño hasta la noche, en los comienzos de 1959, en que iría a saludarle a los estudios de la radioemisora CMZ en Marianao.  Allí le encontraría, para mi sorpresa, dedicado asiduamente a tareas de vulgarización de la cultura.  Creo que no habría de verle entonces sino una vez más solamente en su apartamento del Hotel Presidente.  Ya no es el poeta de la rebelión, como lo llamara Fernando Palenzuela; el poeta extraordinario que yo había conocido se sitúa, inexplicablemente, al servicio de la revolución.  No seré yo quien intente razonar su posición.  Sucede, más bien tristemente, que en realidad Baragaño aún entonces, y hasta el momento de su muerte, sigue sin poder penetrar el círculo infame de los insumergibles de la cultura cubana, a pesar de los cargos y el cierto grado de aceptación oficial que parece alcanzar.  Aún entonces, quiero decir, no tiene amigos.  Y su obra queda, asimismo, tan brutalmente ignorada como siempre.

 

Así, mi amigo Baragaño muere en 1959 y se transforma súbitamente en un cadáver más que, trágicamente, no se resigna a su destino y continúa danzando la danza interminable de los poetas huecos.  Breton (Primer Manifiesto, 1924) observó: “El surrealismo no permite a aquellos que se entregan a él abandonarlo cuando mejor les plazca”.  He aquí, pues, que Baragaño asume el papel más inusitado: ahora es, de pronto, el anti-Baragaño.  Por lo demás, el anuncio oficial de su muerte en 1962 no es acaso sino el acto por el que su salvación queda establecida.  Ya no podría escribir poemas de encargo, meras declaraciones de envilecedor sometimiento político.  Ya él no será sino una memoria inextinguible; ya su obra no será más que una oscura pieza de mármol latente, oculta en el océano más próximo.  Ya su poesía, al fin, se instalará en el reino de los sueños, por siempre jamás.