P O E M A S

 

 

 

 

PIRANESE

POEME DE PIERRE SEGHERS

(Versión castellana de Ana Rosa Núñez)

 

 

 JUAN BAUTISTA PIRANESE (1707-1778).  Dibujante, grabador

y arquitecto italiano, considerado el Rembrandt de la arquitectura

de su época.  El mundo de Piranese es esencialmente el mundo del

abismo, significando abismo no el lugar donde al caer se tropieza

con la muerte, sino como una región intermedia entre la cima y la

sima, entre la altura y el fondo, entre la plena luz y la absoluta

 oscuridad: el lugar intermedio que simboliza la imposible relación

entre dos extremos que se separan.

 

 

PIERRE SEGHERS.  Poeta y editor nacido en París en 1906.  Sus

obras principales son “Buena Esperanza” (1939), “El Dominio

Público” (1944), “Raíces” (1958)  y “Piranese” (1961).  En 1939,

ante la inminente amenaza de la invasión alemana, Seghers funda

la revista “Poetas con Casco”.  Actualmente Seghers dirige la presti-

giosa casa editorial que lleva su nombre y que, con rara persistencia,

se ha dedicado a difundir la más importante poesía contemporánea. 

Los fragmentos poéticos que publicamos en este segundo número de

ALACRAN AZUL forman parte de su largo poema inspirado en el

 proyecto para las cárceles de Piranese.  Por expresa autorización

del poeta a su traductora, Ana Rosa Núñez, los mismos aparecen

publicados por primera vez en español

 

 

 

 

 

Te escribo con una tinta sin perdón

para la memoria y el estilista.  Una columna engendra la otra,

vistiendo un templo imaginario donde las nubes se desfondan.

Te escribo de una prisión donde los fosos son tan profundos

que se adivinan, entre sus muros, escaleras sin fin, volviéndose

cada vez más negras, como el corazón del silencio.

Te escribo con una voz poseída como un lenguaje de cautivo,

que pide en su soledad, un abismo

donde se estudie la arquitectura de las razones,

de las razones fallidas; de las torres de Babel; de las ideas

plantadas en el agua y a las que el agua les arranca sus reflejos.

 

 

El tribunal, ¿dónde está?  En la luz, bajo los plomos

destripados; a los lados y bajo las ventanas

donde se adivina un sol demente.  El tribunal ¿es el cielo

que ven cada mañana los hombres prisioneros

de sus sueños, ascender y descender los peldaños

de la solemne arquitectura de los rumores?

Hombre, templo beatífico donde el ceremonial

enloquece; selva de hechos donde el inocente procurador,

bajo las rastras y las ruedas, espera.  El sueña

con columnas, con bóvedas gloriosas, con pilastras,

con bloques nivelados para construirse un castillo,

donde podía ser Rey.  Los carpinteros del cielo

colocaron la decoración para sus esplendores, sus fiestas

y bajo un raro resplandor del día, va, conduciendo

una carretilla de silencio donde las larvas

bullen en su difunta grandeza, a ras del sol.

 

 

 

Si improbable era la salida.  Si subterránea,

cortada y profunda era la cripta, donde el sol

no brillaba por la sombra.  Aplastamos a un Dios

bajo los espesos paramontes de piedras solemnes;

y si sólo era él, no le buscaremos más.

Nada había aterrador en este abismo

organizado; pero las bóvedas de los vestíbulos

y las ojivas de los corredores, los pasadizos de escalones

en donde se respira cada vez peor, nos sofocan 

con una ausencia ahogada.  Estrangulamos el día,

la claridad del día en esta fosa

extrañamente desierta y silenciosa.  Como

las sombras, algunas formas se caligrafían sobre los balaustres,

ciegamente, se cuelgan sobre el tiempo incierto 

del que asciende un olor de incienso podrido.  Allá arriba, 

bajo la cuna del maderaje y bajo las losas

de largas hebras, se deshilachaban.  Pero allá,

la luz brilla, bordeando los sepulcros

abierta como un barco al que abandonaran las ratas.

 

Quedan solamente los pilares que soportan 

bóvedas colosales.  Solamente

la sombra exorcisada, sólo una llaga de piedras

abierta bajo el pus de las tinieblas.  Vemos 

todos los engranajes y los instrumentos de un sistema

de terror, los dientes clavados sobre los venablos

en un orden demente.  Vemos la sucesión

de linajes oscuros, las pasarelas

que empujan hacia la vida y hacia el aniquilamiento.

Hemos visto el peso, la fuerza,

y los secretos de la máquina del poder,

sorprendidos y desvelados justamente en sus cimientos. 

Esto no es más que eso.  Los palos de un palacio,

un laberinto de silencio,

donde nadie osaría hablar, la tan nombrada estructura

hecha para petrificar a cada uno con cada uno.

 

 

 

¿Qué infatigables hormigas; qué hormigas

cavarían aquí esta prisión de la luz

que vació los tiempos, e hizo de sus túneles

un enorme castillo de bóvedas y cadenas? 

¿Qué infatigables hormigas; qué hormigas

ligadas una a otra, se cansan, se apresuran

para construir un castillo?  Vemos las teorías

descender lentamente la escalera del Príncipe,

y de las otras no traer más que el viento; convertir

el vacío en un monumento de ecos.  ¿Quién habita

esta caverna?  ¿Quién transforma todo lo que toca?

¿Quién de un gesto alzó el sol

de la iluminación, de los zócalos hasta los capiteles?

Y ellos ¿qué contemplan?  En ellos lo oscuro

es claridad; en ellos, el caos se organiza,

la furia y el ruido se funden en un orden.  Diríase

que han hecho de la nada un templo imaginario,

que no podía morir jamás.

 

¿Es la derrota bien cantada?  Erigimos en los arcanos

un laberinto de grandeza donde la luz se espesa;

un sueño de selvas donde la piedra se anima,

en el enredo de cadenas y ligaduras.

¿Quién ha tallado esos leones; qué magos o qué hombres

han lanzado contra el cielo los arcos de estos puentes,

suspendido estas poleas para no levantar nada?

Un juego de vacíos y prodigios

se acoplan allí, siempre más alto, sin otro fin

que edificar en el aire un palacio gigantesco;

de negociar los trabajos donde la montaña y la roca

surgen de la mano.  Suspendido, los jardines

serán de un orden ingrato ante los templos.  Gradas,

esclavos encadenados cernidos en la luz;

pasado recompuesto que ve siempre

las penas y los ojos convertirse en columnas,

¿qué piensan de nosotros?  Nuestra prisión respira...

 

 

 

Lejos, la gloria de las columnatas bajo los arcos;

los ojos reconstruyen el día.  En lo alto, el friso donde se descubre

al hombre ebrio de ser feliz.  Las cadenas, debajo,

enormes; y los palos, las áncoras y las ruedas,

en el interior obscuro de un dédalo cubierto

de plomos.  El que festeja su triunfo

no es un prófugo, inventa el suelo

y el salto de bosques de columnas.

En el umbral de su demencia, un farol negro;

la razón como una plomada inútil.  El sol

y su sola cordura, vidria y dispone

su inútil beato en un andamio.

No es el asalto del cielo lo que persigue, sino el de sí mismo, 

empresario de iluminaciones, pirotécnico del pleno mediodía

cuando su victoria resplandece y aparece una nube,

que el viento de la lejanía dispersa y reúne.

 

Te escribo al tiempo de las plantas en las ruinas,

al tiempo de la yedra y de la higuera en medio de baldosas de azafrán

donde las columnas se dispersaron rotas, caídas en el cieno.

Hemos trizado el techo del templo ¿y el sol qué ha aclarado?

Un predio agreste, donde los helechos y los hombres

peldaño a peldaño, sueñan y mueren.

En el lecho de un aljibe, por cien mil manos vaciado,

duerme un perro que se espulga, y grandes paneles de noche

caen sobre los arcos, donde los cardos zumban 

sin aire.  Pero oímos como el eco

de una voz conocida.  Escucha, el tiempo pasa...