RESCATE DE BARAGAÑO

 

        josé a. arcocha

 

La figura de José Alvarez Baragaño posee el más alto grado de agresividad y misterio de nuestra literatura.  Como en Rimbaud, su vida puede dividirse en dos partes que se oponen y excluyen.  El primer Baragaño, al cual este artículo ha de referirse en su mayor parte, fue, a nuestros ojos, el más grande poeta cubano en lo que va de siglo y uno de los más poderosos en nuestro idioma.  Hablar bien de Baragaño equivale a enemistarse con innumerables personas.  Mucho más ahora que la muerte lo ha clavado en la pared de lo irrevocable.

            Conocí a Baragaño en los primeros meses de 1959.  El poeta habitaba, por aquellos días, una habitación del hotel Presidente.  Me acompañaban en esa visita, como ahora en estos recuerdos, Fernando Palenzuela y Vicente Jiménez.  Yo había leído, a instancias de Palenzuela, El amor original y su libro sobre Lam; yo había escuchado numerosas anécdotas de su época de penurias y de escapes nocturnos de hoteles de mala muerte.  No recuerdo en detalle lo que hablamos en ese primer encuentro, ni cuánto duró nuestra conversación.  La impresión que tuve entonces y que me ha durado hasta estos momentos en que escribo, fue la de haber encontrado, en carne viva, a un poeta.  Baragaño tenía una intensidad demoníaca, una manera de contemplar las nimiedades de la existencia, una férrea voluntad de poetizar su propia vida y con ella todo lo que le rodeaba, que eran perfectamente visibles, desgraciadamente, sólo para nosotros.

            Quizá por esa admiración que le teníamos, las famosas historias agresivas de Baragaño nunca tuvieron lugar en nuestros encuentros.  Al contrario, a pesar de la diferencia de nuestras edades y, por supuesto, de amplitud de lecturas, Baragaño nunca intentó hacer gala de poses profesorales.

            Mis recuerdos de Baragaño son elusivos como los saltos del ciervo: lo recuerdo dando una clase sobre pintura; lo recuerdo en un viaje a través de la Ciénaga de Zapata; lo recuerdo mirándose en los espejos del hotel Ambos Mundos; lo recuerdo caminando por los muelles; lo recuerdo diciéndole a una prostituta que sus piernas semejaban las de Marlene Dietrich.

 

Los primeros años de la vida de Baragaño están envueltos en el misterio.  Se sabe que nació en la ciudad de Pinar del Río; que las relaciones con su padre fueron tempestuosas; que conoció a Wifredo Lam de adolescente y que antes de los veinte años se encontraba en París.  Allí hace amistad con los pintores surrealistas, conoce a Tzara y a Breton, y, en 1952, es decir, a los veinte años, publica su primer libro de poesía, Cambiar la vida.

            Este libro, hoy inencontrable, cuyo título proviene de la frase de Rimbaud, “hay que cambiar la vida”, fue ilustrado por Jacques Herold.  En él inicia Baragaño su travesía poética; a pesar de una influencia rilkeana, negada más tarde por el poeta con gran ironía, puede afirmarse que las claves secretas de Baragaño asoman sus rostros en estos textos iniciales.  La fascinación con la muerte, la soledad de las grandes ciudades, la necesidad imperiosa del amor y el esplendor del destino poético son visibles a un lector atento.  En 1955, ya de regreso a Cuba, el poeta publica su libro más intenso y desesperado: El amor original.  Este libro, visto a la distancia de 15 años, constituye un relámpago, un diamante en la noche cerrada de la poesía cubana.  Lezama Lima, es cierto, había escrito algunos poemas espléndidos; pero su influencia parecía llevar a un callejón sin salida.

            La poesía de Baragaño abría la puerta a todos los delirios, nos dejaba entrar a un universo de resonancias mágicas donde imperaba el más puro esplendor.

 

Debemos continuar cronológicamente: en 1958, Baragaño publica su estudio sobre Lam; por esa época es arrestado por la policía batistiana y decide volver a abandonar el país.  En 1959, como todos sabemos, llega Fidel Castro al poder.  Baragaño regresa a Cuba; comienza a colaborar en Lunes de Revolución, dirigido a la sazón por Guillermo Cabrera Infante; vive en el más grande entusiasmo poético y revolucionario.  En 1960, publica su libro Poesía, Revolución del Ser.  Este libro marca el fin del primer Baragaño.  Muchos de sus más bellos poemas se encuentran en él.  A partir de su publicación, Baragaño se aparta cada vez más de su pasado y se adentra en los páramos de la militancia castrista.  Pertenece a las milicias; participa en las operaciones en la cordillera del Escambray y escribe el “Himno a las milicias”.

            Un poeta cubano ha escrito: “Baragaño es un poeta que la Revolución toma y rehace”.  Yo diría, más bien, que la Revolución toma y destroza.  La calidad de su poesía sufre un descenso en picada; las imperiosas peticiones de poemas comprometidos lo llevan a una tensión que lo amenaza con la impotencia literaria.

            Una anécdota de aquellos días nos lo presenta irritado y quejándose de su imposibilidad de escribir poesía bajo consigna.  Lo cierto es que la muerte lo sorprende después de una discusión con Roger Garaudy acerca de los postulados estéticos de la Revolución; el mismo Roger Garaudy que acaba de ser expulsado del Partido Comunista francés por defender el derecho de la nación checoeslovaca a controlar su propio destino.

            La muerte congela las posibilidades de un hombre: muchos escritores, que en 1962 defendían la Revolución, hoy viven en el exilio.  ¿Cuál hubiera sido el destino de Baragaño si la “parda muerte” no lo hubiera alcanzado?

 

Como decíamos al principio de este artículo, sabemos de los riesgos que implica poner por escrito, de una vez por todas, nuestra admiración hacia la poesía de Baragaño y hacia su actitud hasta principios de los años 60.  En un momento en que nos abríamos al mundo poético, la figura de Baragaño fue la que más nos impresionó; quizá por eso, y por no haber vivido su posterior metamorfosis, es que hemos escrito estas líneas.

            Nos ponemos en su posición.  ¿Cuál hubiera sido nuestra posición si, después de haber escrito Cambiar la vida, El amor original y Lam (y Baragaño estaba sumamente conciente de la importancia de su obra), nos hubieran seguido teniendo en el más absoluto ostracismo literario?  ¿Ostracismo no sólo de las grandes masas, sino de las minorías que controlaban la cultura cubana en aquellos años?  ¿Y, si por ese entonces hubiera aparecido una revolución que prometía cambiar la vida, que ponía los vehículos literarios a nuestro alcance, que publicaba nuestros libros y que todavía no había enseñado su verdadera faz, no le hubiéramos, acaso, brindado nuestro apoyo?  Y ¿con cuánta fuerza nos hubiéramos negado a admitir nuestro error?

            La Historia nos ofrece su gran paradoja: los que están en el ápice cultural de la Revolución son los mismos que dictaminaban en la Cuba de antes.

            Terminemos con una pregunta de fuego: ¿cuál sería la posición del poeta José Alvarez Baragaño ante el actual estado de cosas?