granito gráfico
Roger Caillois

 

roger caillois es uno de los más fascinantes escritores de la literatura francesa contemporánea
Casi toda su obra gira en torno a lo fantástico y lo extraordinario, tanto en el arte como en la
 literatura.

 

 

Existe por lo menos una especie mineral que evoca por su apariencia una página escrita.  La evoca al punto de darnos la ilusión de que lo es realmente: el granito, llamado por esta razón gráfico.  Una vez pulido un trozo de este mineral, aparece salpicado de mil figuras de una nitidez singular, comparables a los signos de cualquier alfabeto geométrico: el cuneiforme, por ejemplo, o más bien aún a los caracteres hebraicos.  Así un soñador (o un iluminado) ha podido conjeturar Śno sé con qué esperanza de que la convicción prevalecieraŚ que fue un bloque de esta piedra el que Moisés, al descender del Sinaí, haría reconocer como las Tablas de la Ley que Jehová acababa de entregarle.  En dicho bloque, bastoncillos y escuadras son de cuarzo translúcido engarzados en un feldespato opaco, que lo mismo semejan huecos que perforaciones practicadas en una sustancia rígida y resistente, de suerte que la superficie del granito recuerda los cartones que en los organillos y pianos mecánicos transformaban la partitura de algún estribillo en una serie de notas chillonas, extrañamente solitarias.

            Los signos afloran desordenadamente a la superficie de la piedra.  Esparcidos y revueltos: ni una línea, ni una columna es perceptible, ni una sola disposición es regular.  Un tumulto, una lluvia de agujetas, de cabrios, de astillas menudas en forma de comas o macillos inducen a pensar, no obstante su desorden, en un sistema de símbolos convenidos que no son necesariamente letras, pero que resultan al menos símbolos coherentes a los cuales una distribución más correcta permitiría, de seguro, trasmitir la información sospechada.  Me pregunto qué es lo que en este chubasco de signos inclina tan fuertemente el espíritu a imaginar un alfabeto misterioso en vez de una multitud de dibujos fortuitos.  Supongo, en primer lugar, el hecho de que sean más o menos de la misma dimensión: en efecto, en ellos no se distingue más diferencia de tamaño que la que existe entre una mayúscula y su minúscula correspondiente.  Sobre todo ellos pertenecen, de manera visible, a una misma familia: son fragmentos o pedazos de una totalidad dispersa y restaurable; nada hay en ellos que no sea breve y rectilíneo.  Además son sencillos: los trazos se acodan una vez, de rareza dos, nunca más.  Los signos nos remiten a una figura única a la que una deflagración hubiera roto o algún análisis hubiese últimamente descompuesto, a partir, por ejemplo, de un polígono banal.  Nos imaginamos a un hábil especialista que se impusiera por tarea recortar el contorno en tantos fragmentos, diferentes y característicos, como le fueran necesarios, para dibujar y combinar la infinidad de temas del mundo, que para ello es, precisamente, para lo que sirven las veinticuatro letras del alfabeto.

            Mirando más de cerca, observamos que la apariencia del desorden nace más bien de una diferencia en la densidad de los signos, apretados aquí, más espaciados allá, que de su disposición misma.  En efecto, no es difícil descubrir que estos se repiten, que al mismo tiempo son paralelos entre sí, y que su parecido con los caracteres de imprenta, los cuales también se sitúan paralelamente sobre la página, se encuentra acentuado.

            Continuando el examen descubro de repente que las letras de cualquier alfabeto responden a una condición que no es absolutamente indispensable a la función que ellas realizan: éstas están emparentadas y componen un sistema cerrado, es decir, una escritura original.  Nada impediría, después de todo, constituir un alfabeto compuesto, mezcla de alfabetos en uso o caídos en desuso, y que estaría constituído por caracteres tomados del alfabeto latino, el primero; el segundo, del cirílico; los siguientes, del árabe, el hebreo, el gaélico, el siriaco, el devaganari, el fenicio, o aun con signos inventados que no recordaran nada conocido.  La operación sería fácil: existen más alfabetos que letras.  El resultado, es verdad, sería no sólo absurdo sino monstruoso, porque rompería la unidad latente, casi secreta, que confiere a cada alfabeto su estilo, como posee el suyo un juego de barajas o las piezas de un juego de ajedrez.  Esta unidad de orden arquitectónico no es necesariamente obligatoria para cubrir la variedad de sellos y puntos principales de articulación, ya que ella es la que confiere a una escritura su aire especial.  Los signos del granito gráfico, por presentar esta unidad de factura, hacen pensar irresistiblemente en una escritura, aunque es evidente que no poseen ningún valor fonético que permita remontarnos a través de ellos, no ya algún lenguaje, sino al menor grito, al menor sonido.

            Entonces, ¿de dónde viene ese simulacro de alfabeto?  El pulular del cuarzo en el mineral que lo acompaña no es producto del azar, sino que responde a las leyes de sus estructuras respectivas: el cuarzo romboédrico se ha opuesto, según los yacimientos, a la ortosa y la microline, cuyos juegos de simetría son diferentes a los suyos, aunque no menos fijos y rigurosos.  Eran imposibles todas las intersecciones que no fueran aquéllas, poco numerosas, y solamente aquéllas que dibujan cristalizaciones concurrentes.  También los modelos se repiten en la piedra de manera ciega e inevitable, pero tal vez más a menudo que las letras de un alfabeto ordinario en un texto, en todo caso con una frecuencia del mismo orden.

 

En el reino del silencio absoluto, allí donde ninguna significación es imaginable, una serie de signos, sólo porque forman un todo, anuncian la organización rara y difícil, por principio exhaustiva, que constituye un alfabeto.  Subrayan una ley accesoria, a la vez constante, escondida y casi superflua, que quiere que los signos susceptibles de una explotación combinatoria, ilimitada y económica, surjan de la explosión accidental o intencional de estructuras independientes sometidas a finalidades o necesidades irreductibles: en el caso de una escritura verdadera las servidumbres que implica el paso de un sistema de símbolos visibles correspondientes, son propiamente las de todo alfabeto fonético; en el caso del alfabeto fantasma y sin empleo del granito gráfico, el conjunto de restos de aristas y ángulos resultantes de una estructura cristalina definida, se enfrenta a una organización que lo oprime, lo orienta, y lo rompe.  Una vez más me siento tentado a sacar de una evidencia trivial una conclusión temeraria: el granito gráfico no aporta ningún alfabeto, ofrece la matriz de todos los alfabetos, es un principio del cual podrán prescindir los verdaderos alfabetos el día que se conviertan en algebraicos.  Sin embargo, durante siglos, en parte habrían sido naturales.  Sus letras, con el mismo perfil, el mismo aspecto, se hacen identificables a primera vista y permiten que la mano humana, cursiva, las trace de una vez.

            Descifrar los signos del granito gráfico no tiene estrictamente ningún sentido.  Detrás de ellos nunca se encontrará, y en efecto no hemos hallado, más que estructuras de poliedros rotos.  Queda en los archivos ya provistos de la geología, disponible para otras operaciones todavía más inconcebibles, el modelo vacío de lo que mucho más tarde sería un alfabeto.  La comparación espontánea que en el primer momento seduce la conciencia de los ingenuos, a la postre no parece tan metafórica y futil como la reflexión nos persuade que es, cuando ésta se recobra, una vez pasada la sorpresa.