julio matas
nació en Cuba en 1931.  Cursó estudios de Derecho en la Universidad de la Habana y literarios en la de Harvard, mostrando siempre una total indiferencia ante la posibilidad de ejercer su Doctorado  en Leyes.  Desde 1948, año en que ingresó en el Seminario de Artes Dramáticas de la Universidad de la Habana, se dedicó al teatro en calidad de actor, primero, y director más tarde. Como director, dio a conocer en Cuba el teatro de Ionesco; también estrenó obras cortas cubanas.  Ha publicado un libro de poesía, “Retrato de tiempo” (1958), una colección de relatos, “Catálogo de imprevistos” (1962) y una pieza en tres actos, “La crónica y el suceso” (1964).  Tiene inéditos un libro de poemas, “Cómo salir del laberinto”, y otro de teatro que incluye varias piezas.  “Normandía” forma parte de un volumen de relatos suyos, “Erinia”, que publicará próximamente.

NORMANDIA

Julio Matas

    

            ...’pero nada comparable a la ofensiva aliada durante la segunda guerra mundial: frente italiano, avanzada rusa por el este europeo, campaña africana, contraataque en el Pacífico, desembarco en Normandía”...

            Trontl vaciló.  La señora Polski salía, muy pálida, sin mediar excusa.  Nadie pareció percatarse.  Trontl reanudó su exposición, todavía turbado.  La señora Bernstein, en primera fila, lo miraba enternecida, como siempre; Craig tenía la cabeza vuelta hacia la ventana, gesto que ya Trontl sabía no denotaba falta de atención; la señora Dodd tomaba apuntes en su cuaderno.  Las dos muchachas de segunda fila comparaban notas, y Sherman, al fondo, contemplaba problemáticamente sus zapatos.

            En la ventana, una rama, ya casi desprovista de hojas, arañaba el cristal con un ruidito intermitente.  Cuando sonó el timbre, Sherman dio un salto en su asiento y dejó escapar un grito ahogado.

—Tome las cosas con calma —le dijo Trontl en broma.  Todos los alumnos sonrieron, excepto Craig, que vino a la mesa a hacer una pregunta.  A Trontl le fastidiaban las preguntas de Craig, que eran de una simpleza inaudita, pero tenía paciencia suficiente para no mostrar su disgusto.  Había adquirido fama de amable en la universidad. 

Al salir, vio a la señora Polski, que lo esperaba junto a la puerta del aula.

—Le suplico que me perdone —dijo.

—¿Se sintió mal? 

—Sí. —Trontl observó que la mujer temblaba de modo raro.

—Espero que no sea nada serio.

—No, no, ya estoy bien —repuso la Polski haciendo un esfuerzo, porque casi daba diente con diente.

—Lo celebro.  Hasta el miércoles, pues —dijo Trontl con una sonrisa afable y se encaminó al ascensor.  La Polski lo siguió con la vista mientras se alejaba.

Después de dos horas en la oficina, Trontl se sentía mareado: había leído un informe, escrito varias cartas de recomendación, entrevistado a tres alumnos.  Subió al salón de recreo a tomar café.  Todavía le faltaba la reunión del Departamento, a las cuatro y media.  El local estaba en penumbra, pues se habían echado las cortinas; cerca del servicio de café, varios auxiliares de curso formaban un animado grupo.  Trontl deseaba estar solo; se sirvió café y fue a sentarse a un sofá desocupado, al fondo del salón.  No habían pasado dos minutos cuando apareció la Polski, lanzando miradas a un lado y otro, hasta que lo distinguió.  Se acercó con paso rápido.  Ya no temblaba, pero sus movimientos eran rígidos, los de una persona en estado de gran tensión. 

—¿Puedo hacerle compañía? —preguntó.

—Desde luego —respondió Trontl.

La Polski se llevó la mano derecha a la cabeza, cerciorándose de que su trenza rubia permanecía aun arrollada al cogote. 

—Se incomodaría usted cuando salí de la clase.

—Sólo me desconcertó un poco.  Pero supuse que le había ocurrido algún percance.  No se preocupe más por eso.

—Usted es tan comprensivo.  No sé, pero me parece que mi acción de hoy merece un desagravio.

—Por favor, señora Polski, no tome esa tontería tan a pecho.

—Profesor Trontl, necesito pagar por esto de alguna manera... ¿querría usted comer conmigo una de estas noches?

—Encantado... pero me tendría que dar direcciones muy precisas para llegar a su casa... mi sentido de orientación es nulo —dijo Trontl con una risa forzada.

—Uh... hay algo que debo explicarle...  Mi esposo es insociable, más bien antisocial.  Es un problema de nervios, ¿entiende?  Cada dos meses tiene que someterse a tratamiento en el hospital,  Vive totalmente aislado.  Si lo llegara a conocer a usted, con el tiempo lo aceptaría, pero así, de improviso...  Yo lo invitaré a un restorán... ¿le parece bien?

Trontl no sabía qué responder.  Siempre era difícil zafarse de aquellos compromisos.  Y a la Polski tendría que verla casi a diario durante cuatro semanas más. 

—Diga que sí —insistió la Polski.—  Ya que no lo puedo invitar a casa... no me prive de este gusto...

Trontl trató de leer en los ojos de la Polski.  Pero su azul acerado era impenetrable.

—Bueno... no tiene más que llamarme.  Tome mi teléfono —repuso al fin.

Trontl se sintió observado y paseó los ojos por el salón.  No lejos de allí, desde una de las mesas de ajedrez, el Profesor Magnotti, con su sonrisa de Gioconda, aprababa la escena dando lentos cabezazos.  Al encontrarse con la mirada de Trontl, sus ojitos se replegaron dentro de las bolsas que los contenían y enseñó los dientes y la punta de la lengua.  Trontl lo saludó con un gesto.  Magnotti era uno de los héroes de la tradición oral universitaria.  Hacía más de quince años del caso y aún se contaba con animación en oficinas y corrillos: muy aficionado a las jovencitas, Magnotti había sido acusado por una de sus alumnas de algo que el abogado calificó de “estupro con alevosía”.  Fue separado de su puesto y el escándolo amenazaba arruinar para siempre su carrera, hasta que el parto lo eximió de toda culpa.  La muchacha, de ascendencia sueca, blanca y rubia como buena hija de los fjords, dio a luz un negrito de ocho libras.  Magnotti fue reivindicado, pero, aunque seguía haciendo de las suyas a la chita callando, andaba con mucho cuidado en lo que a las estudiantes se refería.

La Polski se despidió después de anotar el número del teléfono y Magnotti vino a sentarse junto a Trontl.  Al punto se les unió Arnaiz, del Departamento Hispánico, antiguo miliciano de la guerra civil española, quien miraba a Trontl con mal disimulado desdén.  A pesar de la antipatía, o quizás a causa de ella, no dejaba pasar ocasión de dirigirse a Trontl.

—¿Cómo va su curso sobre las guerras mundiales? —le preguntó,

—Bien, bien —respondió Trontl sin entusiasmo.  Enseguida se disculpó por la reunión del Departamento y salió.

 

Cuando llegó a su apartamento, Trontl se despejó de la chaqueta y se echó vestido en la cama.  “Otra vez”, musitó.  Cerró los ojos y se fue quedando dormido.  El timbre del teléfono lo despertó.

Era la Polski.

—¿Profesor Trontl?  Lo llamo para ver si nos podemos reunir mañana...  ¿Le parece bien?  Como usted no tiene clases los martes y a lo mejor tiene compromisos para el fin de semana...

La voz salía como entre nudos por el auricular.

—Me parece muy bien, señora Polski.  ¿Dónde y a qué hora?

—Uh...  ¿Ha estado usted en el Goliath?

—No...  ¿Es ese restaurante de la calle Clark?

—No, no... ese es el Contini...  El Goliath está en Trenton y Sexta... en la misma esquina...  ¿Se da cuenta?

—Sí, ya sé dónde está.  Perfectamente.  ¿A qué hora, pues?

—A las seis... si no he llegado, pregunte por la mesa reservada a mi nombre...  ¿Le parece bien?

—Muy bien.  Nos vemos mañana.

La Polski colgó de golpe sin responder.

            Trontl se levantó, se desvistió, se acercó al espejo de la cómoda y se contempló largo rato (... “efecto del dorado de la piel sobre el rojo del diván”...).  El recuerdo volvía con su olor a membrillo y barniz...  Las sesiones de pintura, en Belgrado, todo ese año.  La voz infantil indicándole que se desnudara (los desnudos, ¿existirían aún?).  Después de una hora o algo más, Zaga dejaba el trabajo y traía té y frutas.  Se sentaba a su lado en el diván y empezaba algún juego (arrebatarle las frutas de la boca, hacerle cosquillas en las plantas de los pies...  El la perseguía por la habitación hasta hacerla caer jadeante sobre el diván y Zaga lo miraba entonces como un venadito acorralado implorando compasión...  Otras veces, apenas comenzado el trabajo, Zaga, al notar la urgencia de él, abandonaba todo y acudía sumisa al silente llamado...  Del sopor en que caía después, abrazado todavía a ella, lo sacaban los ruidos familiares del anochecer: un portazo, gritos de niños, la tos del vecino...  Latidos de la ciudad que, en ese duermevela que precede al despertar, a Trontl se le antojaba que surgían del fondo de su conciencia.  De vuelta a su casa, caminaba a grandes trancos, sintiendo un extraño placer a cada golpe de suela sobre el empedrado...  Al año siguiente, en Trieste, comenzó el infierno.  Primero, en Italia y más tarde en Saint Moritz, donde trabajó un tiempo como camarero.  En Saint Moritz acuñó la Gran Excusa, con la cual pagó la solicitud de varias damas erráticas.  “Se sentía mal, no sabía qué era, quizás la próxima vez”...

            Durante sus años de estudiante en América se había protegido con la preparación de sus materias y, cuando no quedaba otro remedio, escogía sus compañeras de salida entre las tímidas o las muy estrictas, las que se conforman con un beso de buenas noches.  Ya de profesor, la amenaza recrudeció.  La soltería era su mayor atractivo en el colegio de señoritas donde obtuvo una posición al graduarse.  La universidad que lo contrató después le pareció el paraíso deseado; la mayor parte de los alumnos eran varones y la Facultad se componía de hombres casados, de edad mediana y moralidad cuáquera.  ¿Quién podía pensar que el peligro estuviera precisamente en la Decana Murphy, cuya viudez parecía de las inexpugnables?  Aún le costaba trabajo a Trontl comprender cómo tuvo la osadía de dar aquel paso.  Cita en la oficina a deshora...  Y, luego, aquella furia de ménade, resuelta en llanto histérico a modo de gran final.  La presente era una universidad urbana, de ciudad grande; le resultaba relativamente fácil inventar compromisos.  Pero su resistencia tenía límites, bien lo veía...

            Trontl se había echado otra vez en la cama.  Se incorporó, tomó las tijeras de la mesa de noche y comenzó a cortarse las uñas de los pies. 

 

            Trontl llegó un poco anticipadamente al restorán.  Era uno de esos lugares adocenados con bar a la entrada, decoración mural de mal gusto y candeleros en cada mesa.  No se conseguía, sin embargo, la atmósfera de intimidad que se buscaba.  La iluminación general era excesiva y los ruidos de la cocina se percibían hasta en los rincones más apartados.  La mesa escogida era de las de vagón-comedor, encuadrada por altos tabiques que le daban aspecto de reservado.  La camarera le preguntó si deseaba un coctel, indicando que esto había sido previsto por la señora Polski, para el caso de que ella demorara.  Trontl rehusó.  Quería estar lúcido.  Por fin, con veinte minutos de retraso, llegó la Polski.  Muy elegante, vestido prusia, perlas al cuello, el cabello recogido en moño sobre la nuca.  Y más tensa que el día anterior.  Una sonrisa postiza estiraba sus labios, de un rojo violáceo que producía escalofríos, y sus ojos flotaban en una bruma azul.  Insistió en beber un coctel (y Trontl tuvo que acompañarla).  Lo apuró casi de un sorbo, como quien trata de darse ánimo antes de arrostrar un peligro, y pidió otro.  Sostenía la copa con las dos manos, pues de otro modo corría el riesgo de que se le deslizara de los temblequeantes dedos.

            La comida transcurrió sin cosa digna de contarse; sólo, quizás, que la Polski masticaba muy despacio, como los rumiantes.  Y que aún llevaba trozos de biftec a la boca cuando Trontl, los codos sobre la mesa, disertaba sobre la segunda guerra mundial.  Al llegar al desembarco en Normandía, la Polski depuso el cubierto, entrecerró los ojos y dijo, con voz enronquecida, algo ininteligible.  Trontl observó que enrojecía y se le hinchaban las ventanas de la nariz.  Le preguntó si le ocurría algo y ella dejó escapar una risita, negando con la cabeza.  No temblaba, al menos así le parecía a Trontl, pero se movía lentamente de un lado a otro, como un péndulo.  Puso las manos sobre la mesa y repitió como en una letanía:

            —Normandía, Normandía, Normandía...

            Trontl no sabía qué hacer.  Guardaba silencio, mientras la Polski se removía con más fuerza en su asiento.  Quedaba muy poca gente en el restorán y las camareras estaban reunidas junto a la cocina; aquello pasaba, por fortuna, inadvertido.

            —Deme una mano —demandó en un suspiro, los ojos en blanco, toda contraída.

            Trontl la obedeció, amedrentado.  La Polski apretaba su mano, mientras, elevando el torso, dejaba escapar estertores como de espasmo.  Trontl hizo ademán de levantarse, pero ella se lo impidió con el otro brazo, haciéndole seña de que no se moviera.  Con una sonrisa, aunque intensamente pálida, la Polski respiraba de nuevo normalmente.  Su tensión había desaparecido, dando lugar a una actitud de agradable fatiga, que subrayaba una mirada plácida y soñolienta.  Había soltado la mano de Trontl y llevaba la suya con indolencia a la nuca.

            —Permiso —dijo, conteniendo un bostezo, y se levantó.

            Trontl observó que andaba despacio, moviendo las caderas con aire de hembra satisfecha.  Al poco rato, se acercó la camarera y le entregó un sobre cerrado.  Dentro, escrito en mal francés, venía el siguiente mensaje:

 

Perdón si escribo en francés.  Así es más fácil de decir.  En Normandía hirieron a mi hombre.  Cuando volvió, ya no lo era, la metralla hizo demasiado estrago, ¿comprende? He sido fiel hasta hoy.  Olvide todo.  Hasta mañana.

 

            Trontl guardó el papel en el bolsillo y se dirigió a la puerta, pero al momento de salir cambió de idea, se sentó a la barra y pidió un whisky.  Tenía la expresión de un condenado a muerte.

            —¿Otro? —le pregunté, con solicitud de bartender incipiente, cuando terminó el trago.

            —Sí —respondió tras una ligera vacilación.

            Al tercer trago me estaba haciendo confidencias.