lourdes casal.  Nací en La Habana en 1938 (aunque, por motivos complicados, legalmente aparece como si me hubiera  precedido por dos años).  Vivo en N.Y. desde 1961 y me dedico a las artes ocultas (psicología, predicción del futuro) y a enseñar a los hijo(a)s de la pequeña burguesía en un “college” suburbano.  Tengo un gato pardo.  Escribo poco y publico menos; principalmente porque soy perfeccionista y miedosa.  Este relato es un episodio de una novela interminable

 

ENCUENTRO CON EL LEON

 

Salvador tenía que completar el largo viaje de la calle a su apartamento por lo menos dos veces al día.  Era magníficamente predecible: empujar la primera puerta de cristal, dos pasos hasta la escalerilla, levantar una pierna, vencer el primer obstáculo —dos robustos escalones (mármol venido a menos)— orine de perro, marcas de las ruedas de goma de los carritos del super-mercado; dos pasos más, segunda puerta, cerradura, búsqueda en los bolsillos, llave, vuelta, ligero crujido, diez pasos hasta la casilla de correos (cuentas, revistas, proposiciones arruinadoras), diez pasos hasta una segunda escalerilla, dos nuevos escalones, quince pasos hasta la puerta de su apartamento y ya sus pantuflas, su cama, su silencio. 

            Pero hoy, al aproximarse a la segunda escalerilla, Salvador advirtió un olor peculiar; no el habitual hedor (grasa y comida barata y flores viejas y cagadas de perro) sino un nuevo olor poderosísimo, pero no inmediatamente identificable.  Algo semejante a entrar en el cuarto de vestirse cuando Salvador hacía deportes; un olor vagamente animal, peculiarmente agrio y a la vez agradable, un olor a cuerpos sudados y a sobacos peludos y quizás a verijas no bien lavadas; olor a tabaco y risotadas y malas palabras y al vapor de las duchas colándose por la puerta.

 

            Salvador se detuvo después del quinto paso, pues entonces se le hizo visible el origen del olor.  Sentado modosamente frente a la puerta del apartamento, en pose de esfinge y con cara monalisesca, estaba un león.  No un cachorro, no un viejo león ajado por los años, sino un verdadero, sólido, viril león.  No uno de esos tigres de papel de la leyenda; no de los tristes y acartonados y castrados felinos que nos sonríen desde la televisión o que podemos poner en el tanque de nuestro automóvil por unos centavos, no un tigre alcahueto, no un pequeño felino prostituido, no un león de circo, no un león de pan, no un león de ricardos, ni de rubenes, ni de hipotéticos corazones, sino un león-león, que lo llenaba todo de perfume a macho excitado, aunque él pareciera permanecer insultantemente tranquilo.

            Salvador, de pie a diez pasos de su visitante, sacudió la cabeza para convencerse de que su cansancio no le estaba jugando una mala pasada.  El león, graciosamente, también sacudió la cabeza.

            Salvador se agachó.  Quería poner su rostro al nivel del león, y mirarle

 

 

 

 

 

 

 

a los ojos directamente, para que la fiera se diese cuenta de que Salvador —aunque sorprendido— no estaba atemorizado.  El león pareció interpretar esta pose como una señal y procedió a sentarse como el perro de la Víctor, cabeza ladeada y todo, esperando la voz de Salvador, que permanecía silencioso, en cuclillas.

 

¡Oh encuentro ancestral del hombre y el león!  Salvador sacó su cajetilla de mentolados y encendió un cigarrillo.  (Quizás recule ante el fuego).  Pero este león parecía ducho en los hábitos del mundo moderno y estiró su pata delantera.  Salvador interpretó el gesto y le hizo llegar un cigarrillo ya encendido.  El león comenzó a soltar unas artísticas bocanadas de humo que hubieran hecho babear a cualquier ejecutivo de Madison Avenue.  [“I rather kill than switch! (Roar)”]. Salvador se levantó con ánimo decidido; ¡hacia la puerta!  (Un león fumador no puede ser tan grande amenaza).  Pero el león se levantó al mismo tiempo y el cigarrillo cayó al suelo con la misma determinación que si hubiera sido lanzado por Humphrey Bogart.  El león se acercó a un Salvador ya medio paralizado y felinamente restregó su cabellera contra el muslo del hombre y hundió su hocico en la entrepierna.  Salvador dio un salto y corrió hacia la salida; se parapetó tras la escalerilla; la nariz apretada contra el mármol helado.  Aguantaba el aliento, pero sentía hordas de mongoles, caravanas de camellos, tres regimientos de húsares cabalgándole por las espaldas.  Salvador esperaba sentir en cualquier momento las poderosas garras del león trepándole por las nalgas temblorosas, tomando ventaja de su cuerpo sudoroso de miedo.  Tragó en seco, tragó en seco.  El león no llegaba; cerró los ojos.  El mármol frío en la mejilla era una sensación tranquilizadora.

            —¿Se siente mal, señor Ortiz?  (Era el matrimonio ecuatoriano del tercer piso). 

            —¿Le pasó algo?  (Con su hijo que jugaba baloncesto en la calle todas las tardes).

            —¿Alguien lo atacó?  (La señora, pequeño-burguesa trasplantada, llena de sobresaltos ante el crimen newyorkino).

            —No puede ser.  Esto ha estado tranquilo.  Mis amigos y yo hemos estado conversando a la entrada toda la noche.  (Manos de boxeador, piernas de futbolista, cada pierna una columna del templo de Diana, cada muslo la envidia del coloso de Rodas).

            —¿Tiene la llave en la mano?  Acompañémoslo hasta su puerta.  (¡Oh, sastre buen pastor, cara de indio noble, sastre protector!).

            La luz blanca, fluorescente.

            —Ya estoy bien, gracias.  (La puerta. Pasar el pestillo).

            Quince pasos más hasta el baño.  Veinte hasta la cama.